La Vespino bailable

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La primera vez que escuché a Blondie fue durante un viaje en moto. Tenía 17 años y junto a un amigo decidimos ir de La Manga a Los Mateos (un barrio de Cartagena) a conseguir un poco de hachís para fumar durante el verano. Yo no era muy ducho conduciendo. El Vespino de segunda mano que tenía, lo había comprado escasas semanas atrás y ya había sufrido alguna que otra caída. Así que le dije a mi amigo que condujera él. Yo iría de copiloto y lo guiaría al lugar exacto donde adquirir la droga.

Melómano obsesivo como soy, llevaba por entonces un walkman a todas partes y  cuando partimos de nuestra urbanización, introduje un casette de grandes éxitos del grupo neoyorquino que había comprado días atrás y, debido al movido verano, todavía no había escuchado. El cual, cuando comenzó a sonar, me transportó a otro mundo. Convirtió aquel viaje en mágico puesto que las canciones de Blondie lograron embellecer una tarde absolutamente prosaica sin interés alguno. Un viaje sin glamour que sin embargo, recuerdo con mucho agrado y emoción. Como si perteneciera a una hedonista y desenfadada película de adolescentes moderna con una profunda significación.

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Desde aquel día, Blondie gozaron de amplia relevancia en mi vida. No eran mi grupo favorito pero me bastaba escuchar uno de sus temas para conectar de una manera especial con ellos. Algo en absoluto difícil porque compusieron algunas de las canciones más bonitas de la historia del pop e hicieron suyas cada una de las melodías que versionaron. En esto último desde luego no creo que haya demasiadas dudas. Las versiones de Blondie parecen temas originales suyos. Cuando lees los créditos no puedes creer que no lleven su firma. En la batidora pop que fue el grupo neoyorquino, cualquier nuevo ingrediente era bien asimilado. Introdujeron, por ejemplo, el rap en sus discos con idéntica naturalidad con la que fluctuaron con los sonidos discotequeros, el punk, el funk, el reggae, el soul, las guitarras explosivas y el pop de los 60. Así que las versiones de Blondie no parecen versiones sino temas extraídos de su amplio fondo de armario compositivo. Canciones en las que experiencias narradas parecen haber sido vividas por ellos y no por otras personas.

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Blondie eran un batido. Eran energéticos y dulces. Pero también poseían las características de una gaseosa. Eran efervescentes. Ponían su entorno en combustión en cuanto levantaban sus instrumentos. Su música era una banda sonora ideal tanto para recorrer una ciudad moderna como, sobre todo, para buscar sexo en moteles o clubs nocturnos. Sus canciones poseen esa cualidad. En apariencia, hablan de amor y delicados sentimientos juveniles. Podrían pasar sin ciertos arreglos y la sensual voz de Debbie Harry como inocentes temas primaverales pero en el fondo, todos sabemos que hablan de sexo y drogas. De asuntos prohibidos. Poseen un regusto a Martini caro y cocaína. A tienda de moda y exposición de arte pero también a vicio. Al ritmo de la calle.  Debbie Harry desprendía sexualidad por todos los costados. Había algo en ella peligroso. Sumamente atractivo. Pero también algo inocente. No era una destroyer como Wendy O Williams. Pero tampoco un dulce cisne. Era una Marilyn Monroe más experimentada. Más curtida. Capaz de llevar los pantalones de una relación y un grupo de pop pero lo suficientemente sensible para dotar de credibilidad a sus interpretaciones y verse afectada por las fluctuaciones artísticas y sentimentales de su entorno. Lo suficientemente dura para no autodestruirse pero también lo bastante frágil para conmover con sus gestos y voz.

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En realidad, los discos de Blondie son una actualización de las canciones de radiofórmula soul de los 60. Una puesta a punto necesaria. Poseen, sí, algo del espíritu agresivo del punk (mucho más diluido del que afirman algunos) pero, sobre todo, son refritos llenos de talento y añoranza de la época, por así decirlo, más inocente del pop. Dicho esto, si llevaron a otra dimensión las canciones radiables de los 60 fue porque siempre tuvieron muy en cuenta el sonido. Las producciones de sus discos están muy logradas. Muy trabajadas. Son bailables. Poseen un irrefrenable espíritu cool. La batería a veces se confunde (siempre sutilmente) con los bombos de un tema disco. El bajo es directamente una pasada. Es imprescindible. Suena profundo y grave, pero al mismo tiempo impone un ritmo, una pulsión intensa a cada tema. Y las guitarras son contagiosas y pegadizas. Son divertidas. Más que acompañar a la voz de Debbie, se diría que la envuelven, la acarician y le imprimen peligrosidad. En realidad, su discografía es como un antiguo jukebox situado en un club lleno de parejas follando, drogatas, algún yuppie y unos cuantos estudiantes desorientados con ganas de pasarlo bien.

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La mayoría de sus fans consideran a Parallel lines su gran disco. A mí por supuesto me encanta. Pero tal vez por la influencia de aquel viaje en Vespino realizado durante mi adolescencia, tiendo a pensar en sus grandes éxitos como su gran obra. Pocos grupos son capaces de reunir un conjunto de singles tan consistente y deslumbrante hasta el punto de que, durante muchos años, sentí pereza (y miedo) de escuchar cada uno de los LPs en los que estos temas aparecían para no sentirme decepcionado. En lo que a mí respecta, Blondie eran los autores de un solo album: The best of Blondie. El resto eran descartes más o menos logrados e interesantes de una obra descomunal: esos insuperables hits que levantaban el ánimo y hacían feliz a cualquiera que los escuchara.

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Durante este verano, leí la biografía de Debbie Harry. Y debo decir que si bien conocí datos de su vida y personalidad bastante significativos, no me aportó demasiado para comprender la obra de Blondie. Probablemente porque no haya mucho que entender allí. Blondie hicieron temas instintivos e instantáneos que golpeaban a la bilis y el corazón. Si al escuchar «Dreaming» no sientes alegría o ganas de bailar, directamente estás muerto.

Por otra parte, en sus mejores momentos, fueron prácticamente perfectos. Algunas de sus canciones podrían aspirar al premio de la canción juvenil ideal. Y ante eso no hay mucho que decir. Por más que no puedo negar que me siento realmente sorprendido por la forma en la que lograron idealizar y embalsamar el sentimiento adolescente partiendo de la mugre y la calle. En medio de la tormenta y la furia. Algo que, en cualquier caso, explica perfectamente por qué fueron considerados el mejor grupo pop de la era punk. Shalam

الفنانين يكذبون لقول الحقيقة

Los artistas usan mentiras para decir la verdad

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:….https://www.youtube.com/watch?v=NbdRLyixJpc….esto es un «pepino» como tu vespino …jajajj.. miley cyrus—heart of glass……….
    2ºimagen:….en el muro del fondo, una caña de cerveza(ellos se emborran)…….
    3ºimagen:… la mayoria de los chicos decian que debbie harry estaba muy buena….los 4 ojos derechos al balcon de «el perro andaluz»…….
    4ºimagen:…..el callejon de los artistas soft-pop……(azules y rosas pasteles)…………….
    5ºimagen:….un desproposito de imagen para un grupo de musica como blondie….sudores para su autor…..
    6imagen:….starlines sin voz…el primero por la izq me lleva el peinaico de «alan vega»…….sonrisa…..

    • Alejandro Hermosilla on

      1) Me ha gustado bastante la versión. Me esperaba un desastre, pero realmente suena bien. Nada mal. 2) Parece una imagen de jóvenes drogadictos o jóvenes mod. Entre uno y otro. El moreno mira a la cámara como lo hace quien está dispuesto a entrar en el país de las maravillas. 3) Involuntario homenaje a la BattleStar Galactica del siglo XXI. Desfile espacial. 4) Puro Blade Runner. Entre la peli de Scott y un vídeo de Michael Jackson. 5) A mi me gusta mucho la bola de luz. Debbie Harry explicaba el por qué de la foto en su autobiografía. Creo que lo hacía aunque lo olvidé. 6) Pose no de grupo sino de pandilla adolescente de instituto. Pose real. Buena foto.

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