Déjame entrar

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Déjame entrar es un filme fascinante. Sé que, teniendo en cuenta la nacionalidad sueca de su director, lo que voy a decir no deja de ser un tópico pero creo que es la película que hubiera rodado Ingmar Bergman de estar interesado en el cine de vampiros y encontrarse aún vivo. En este sentido, una gran diferencia entre el filme de Tomas Alfredson y la gran mayoría de obras cinematográficas de este género radica en que Déjame entrar funciona en múltiples direcciones. Es una película de una enorme profundidad que recuerda al cine europeo psicológico de los 60. Puesto que, en realidad, es más una exploración de la soledad del ser humano que de la violencia. Pero además es una obra que, en cierto sentido, trasciende el género detectivesco y está rodada con un realismo visceral que hace pensar en los experimentos Dogma o determinado cine vanguardista y de autor.

En otras palabras, Déjame entrar es un hito. Una película sutil y sugerente que requiere varios visionados para dar al espectador todo lo que contiene. Es una obra que mira con acidez y sin misericordia al disforme estado del bienestar de los opulentos países del norte de Europa (en este caso, Suecia) y al mismo tiempo describe impiadosamente el ansia y necesidad de sangre de un vampiro, Eli, como prácticamente nadie lo había hecho hasta ahora. Sin glamour alguno. Con una crudeza que convierte definitivamente a los filmes de zombies en películas de palomitas y contribuye a despojar de gran parte de su fáustico y fastuoso oropel a una figura, el vampiro, que cuanto más real se vuelve más temible e insoportable se torna.

Déjame entrar transforma lo familiar en un abismo insondable y el miedo en un compañero cercano.  Subvierte y lleva un paso más allá a todo el género vampírico por no tratarlo como algo excepcional. Por filmar los actos de vampirismo con el mismo espíritu con el que un cineasta social podría rodar una jornada de trabajo en la cocina de un restaurante o una fábrica. Motivo por el que la escena que menos me gusta es aquella en la que una mujer, tras ser mordida por Eli, se suicida en un hospital al abrir las ventanas y ser atravesada por los rayos del sol. Más que nada porque la explosión con la que es fulminada es más propia de otras películas mucho menos sugerentes que esta.

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Dejame entrar posee otro gran mérito. Resulta difícil citar películas que superen o amplíen el espectro de las obras literarias en las que se basan. Pero posiblemente porque el escritor John Ajvide Lindqvist participó del guión y estuvo detrás durante todo el proceso creativo, el filme de Thomas Alfredson es uno de ellos.

En la novela, eso sí, hay escenas más turbias que en el filme. Por ejemplo, el lacayo de Eli es un amoral pedófilo que aspira a poder disfrutar sexualmente de ella y, asimismo, queda mucho más claro el origen y sexualidad del vampiro: un niño castrado siglos atrás por un noble. Aunque igualmente, la película supera en algunas ocasiones a la novela como en la hermosa, lírica y sangrienta escena de la piscina. Una de esas inolvidables secuencias que es imposible no citar entre las mejores del cine contemporáneo. Una maravilla que termina de cuadrar el círculo perverso de esta obra al hacernos gozar con la muertes de dos muchachos: un niño engreído y un joven abusivo.

Déjame entrar es tan sutil e inteligente que logra casi sin que nos demos cuenta que aplaudamos los asesinatos de un vampiro. Alguien que, al fin y al cabo, se comporta con absoluta fidelidad a su naturaleza. Cuando mata no lo hace tanto por maldad como por supervivencia. Porque no tiene otra opción. Y en eso es mucho mejor que la mayoría de sombras que lo rodean.

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La solipsista banda sonora de Johan Söderqvist es otro de los grandes méritos del filme. Puesto que condensa perfectamente la soledad metafísica de la historia. Es inquietante y punzante como una aguja o un cuchillo afilado. También por supuesto es necesario mencionar la sórdida pero colorida fotografía de Hoyte van Hoytema. Ya que combina perfectamente tonos tenebrosos con instantáneas pop que parecen salidas de una Kodacolor y retrata a la perfección la sordidez de los extrarradios de la ciudad donde se lleva a cabo la historia. Y, obviamente, es inevitable citar la maravillosa interpretación de los dos niños llevada a cabo por Lina Leandersson y Kare Hedebrant.

Según parece, ninguno de los dos actores ha logrado cuajar artísticamente desde su participación en el filme. Pero aquí concretamente lo bordaron. Es difícil no empatizar con Oskar. Sus miradas, sus gestos reflejan perfectamente el asombro infantil, ese paseo por el mundo de las maravillas en que se convierte su relación con Eli, así como su fragilidad, su debilidad, su ingenuidad y, sobre todo, su amoralidad. Esa sensación que da de no saber distinguir lo que está bien ni lo que está mal porque ni en la sociedad adulta está claro ni tampoco en su cerebro aún por desarrollar. Y, por supuesto, resulta imposible no elogiar el trabajo de Lina Leandersson. Alguien capaz de provocar tempestades con un solo gesto, con una sorda mirada.

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Siempre he relacionado las películas de vampiros con las deudas del sistema capitalista. Cuando uno pide un préstamo vive para pagarlo incluso cuando duerme. Por eso, aunque probablemente no tuviera razón, ligué el estallido de este género que se produjo a comienzos del siglo XXI con la crisis de las hipotecas subprime. De alguna manera, casi todo la población se encontraría forzada a vivir endeudada o pedir enormes préstamos para adquirir una vivienda o una gran parte de bienes de consumo y series como Crepúsculo o True Blood lo celebraban ritualmente con un baño de sangre en la pequeña pantalla.

Déjame entrar no se encuentra obviamente alejada de este impulso. Aunque creo que, como he dicho antes, va más allá porque su carnicería realista a lo que apunta es a la imposibilidad del ahorro. No ya únicamente a la necesidad de endeudarse sino a la castración económica de las clases medias europeas, las cuales, por más que lo intentaran y por más saneadas que estuvieran sus cuentas, se verían obligadas en muchos casos a vivir al día. Salir diariamente a por la dosis de sangre (o alimento) correspondiente para sobrevivir. Y en la mayoría de los casos no tendrían más relación que con espectros. Las negras fuerzas del ThánatosShalam

الحرب هي أفضل مدرسة للجراحين

La guerra es la mejor escuela del cirujano

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:…..symbolom, la mano y su sombra (dos en uno)….
    2ºimagen:….nada de sol……
    3ºimagen:….insistencia del symbolon, la sombra y la cabeza…
    4ºimagen:….¿es mas importante donde van o lo que han dejado en la habitacion?……
    PD:….guapo johan soderqvist,….me suena mucho a muchos musicos los que mas a weather report, tambien me atrevo con steely dan……
    https://www.youtube.com/watch?v=ATiwSRu3rU4…..varias ratas & ratones….1993… j. soderqvist
    PD2:….el icono de la hormiga negra transportando hoja rosa(fairground)….(surrelismopop)..jajajjj…..

  2. Alejandro Hermosilla on

    1) Persona de Ingmar Bergman. 2) Amor oscuro. 3) ¡Te reto a una competición! 4) Miradas metafísicas. PD: No conocía esta faceta de Soderqvist. Me parece interesante. Yo sólo había escuchado las bandas sonoras de sus dos películas oscuras.

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