Agassi

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André Agassi fue siempre un tenista especial. Un personaje digno de protagonizar una novela de David Foster Wallace. De aparecer en La broma infinita y unas cuantas películas independientes. Pero tal vez se hubiera sentido más a gusto haciéndolo en una acaramelada película de Hollywood con cierto mensaje moral. Porque Agassi era un clásico producto americano, sí, pero tenía una personalidad que rompía todas las expectativas. Era imprevisible, osado y rebelde pero también obsesivo, fuerte y seductor. Su padre, un inmigrante árabe con un carácter de hierro que había sufrido mil y una penalidades para conseguir integrarse en la floreciente sociedad americana, lo moldeó a su antojo. Convirtió su vida desde su niñez en una escalera hacia el número 1 del tenis mundial. Transformó su infancia en un entrenamiento continuo lleno de enfrentamientos contra contrincantes mayores que él, torneos y viajes. De hecho, no paró hasta que consiguió adquirir una casa cuyo jardín tuviera las dimensiones de una pista de tenis. Asegurándose así que el joven Agassi practicara diariamente bajo su supervisión. E inventó una máquina -el dragón- que lanzaba bolas a velocidad de vértigo sin interrupción que su hijo debía devolver sí o sí si quería dormir en paz. Incluso llegaba en ocasiones a subir la red varios centímetros para que las dificultades fueran forjando su carácter de campeón. Por lo que se entenderá que, pronto, Agassi estableciera una relación de amor/odio con el deporte que lo encumbraría al éxito. Para André, cada partido era una tortura psicológica. Para él, no era una opción jugar. Era una obligación. O más que jugar, ganar. Y su mente se llenó de miedos a no estar a la altura de lo que se le exigía que probablemente, lo convirtieron en el jugador irregular que fue durante determinados momentos de su carrera. Temores que sólo su inmenso talento y el haber sabido escoger los entrenadores adecuados, le permitieron superar hasta convertirse, por sorpresa y cuando nadie lo esperaba, en un modelo de héroe y deportista norteamericano al final de su carrera.

La irrupción de Agassi en el circuito internacional de tenis fue una bomba. Su melena atigrada, sus pendientes o sus pantalones vaqueros lo convirtieron en foco de atención desde el primer momento. Agassi era A.O.R. Van Halen. Al salir a las canchas, se escuchaba detrás suya una de esas fardonas canciones ideales para escuchar en las autopistas norteamericanas. Muchos creyeron equivocadamente que se encontraban ante un chulo de manual. El enésimo ego arrogante y narcisista surgido de la cantera estadounidense. Sobre todo, porque Agassi tenía un talento especial pero en ocasiones, perdía los nervios. Era inmaduro e irascible y se iba prematuramente de algunos partidos por su escasa capacidad de concentración. Agassi, sí, parecía más un playboy que un jugador de tenis. En vez de formar parte de un deporte de caballeros, parecía un joven surfista. Alguien que iba a disfrutar de una caipiriña en un chiringuito y que, por tanto, era incapaz de comprender o respetar las reglas de sagrados templos del tenis como Wimbledon o Roland Garros. Si en vez de restar y sacar, se hubiera puesto a tocar la guitarra en medio de una cancha de tenis, nadie se hubiera sorprendido.Y por ello, a medida que su imagen hacía furor, recorría el mundo y miles de jovencitas llenaban las canchas de tenis para verlo jugar, se ganó los odios y envidias de muchos de sus compañeros de profesión y periodistas. Profesionales incapaces de comprender que, en realidad, Agassi no tenía nada de arrogante. Podía ser inconsciente, un tanto inmaduro, un carácter en formación, pero no arrogante. Y si vestía como lo hacía era tanto por su loable espontaneidad como para protegerse del mundo adulto. Contrarrestar la severa formación recibida en Academias y Escuelas de tenis donde se le habían escapado la niñez y la adolescencia. Agassi había experimentado en carne viva los rigores y exigencias del deporte profesional desde muy temprano, y reaccionaba a ellos tintándose el pelo, usando pantalones vaqueros para jugar y con ciertos comportamientos impredecibles que insuflaron aire fresco al circuito. E introdujeron al tenis en la era global. Para bien o para mal, Agassi siempre fue tenis y publicidad. Nunca fue solamente un deportista. Su imagen era mucho más exportable que la de anteriores campeones. Tal vez no había habido un jugador tan carismático desde Björn Borg y, obviamente, se convirtió pronto en imagen publicitaria. Un prematuro jugador-anuncio. Carne de portada de revista. A lo que contribuyó, desde luego, su relación con Brooke Shields. Un romance que convirtió su vida en un folletín, le restó concentración para el tenis y lo llevó, durante sus vacaciones, de isla en isla. De playa en playa.

En sus inicios, Agassi era un muchacho con duende pero no se sabía si tendría alma de campeón. Él, desde luego, tenía sus dudas. No había finalizado la escuela secundaria y no tenía más opciones en su vida que el tenis. Pero el tenis era su martirio. El tenis destrozaba su cuerpo. Había convertido su vida en un maremoto de hoteles. Le había robado su juventud. El tenis era lo que más odiaba pero el único eslabón al que aferrarse. Y jugó toda su vida con esa condena. Tal vez por ello, en sus comienzos perdió varias finales importantes. No dio lo mejor de sí en momentos decisivos. El miedo a perder y el recuerdo de su padre amonestándolo, eran más grandes que su deseo de ganar. En las canchas, no luchaba tan sólo con los rivales. Lo hacía también consigo mismo. Sobre todo, con él mismo. La presión a la que estuvo sometido fue tan grande que sus primeros éxitos le parecieron triviales. Y a pesar de que, tras varias frustraciones, conquistó al fin tres Grand Slams, nunca terminó de sentirse satisfecho. Siempre parecía estar por debajo de las expectativas que se había marcado. No disfrutaba jugando. Sufría cuando perdía y cuando vencía. Siempre se sentía juzgado. E incluso en alguna ocasión, perdió adrede un partido. Por lo que es lógico que en un momento determinado, se drogara. Intentara escapar por vías alternativas a su insufrible destino de jugador de tenis.

Lógicamente, sus entrenadores tuvieron que realizar un gran trabajo físico y psicológico con él. Agassi era un talento bruto al que le costaba serenarse. Buscaba siempre “lo imposible”. El golpe perfecto. Televisivo. La jugada de marca. Era un restador brutal y deseaba acabar con un golpe el punto. Y a veces, bastaba con pasar la bola sobre la red. Esperar el fallo del rival. Estudiarlo, dejarlo hacer su juego y contrarrestarlo. Agassi tuvo que convencerse de que los partidos se jugaban con los rivales. Que no se trataba de dar siempre esa imagen de tenista superior que su padre le había inculcado. Bastaba con ser mejor que la persona que tenía enfrente. Y fue así que, lentamente, se fue convirtiendo en otro tipo de jugador. Más experimentado y maduro. Un hombre mucho más difícil de vencer que asombró a propios y extraños, con su resurrección deportiva casi rozando la treintena. Pues conquistó cinco Grands Slams, alcanzó el número 1 y, sobre todo, el respeto de casi todo el mundo del tenis que pareció darse cuenta al fin del inmenso jugador que tenían ante sus ojos. Que detrás del icono publicitario se escondía una persona que sufría, sí, pero también amaba el tenis con una fuerza desmesurada. Casi tanto, sí, como lo odiaba pero a esas alturas de su carrera, eso ya no importaba. Porque el último Agassi era un jugador que disfrutaba compitiendo. Más sereno. No se encontraba paralizado por su obligación de ganar sí o sí y parecía, ante todo, disfrutar de su presencia en las canchas.  El último Agassi es, de hecho, el verdadero Agassi. Un jugador que extraía lágrimas con sus golpes. Al que emocionaba verlo correr o realizar cualquiera de sus espectaculares drives.

Es difícil, no obstante, hablar de Agassi y no hacerlo de Peter Sampras. La bestia negra de su carrera. Su némesis. Si Agassi era Jagger, Sampras Lennon. Aggasi era alguien imprevisible y rebelde y Sampras era el yerno perfecto. Agassi era un rockero y Sampras un abogado. Agassi era be bop y Sampras jazz orquestal. Ambos se complementaban y contrarrestaban totalmente. Sampras era un sacador letal. Allí donde ponía el ojo iba la bola y además, a velocidad de vértigo. Muchos partidos en los que estaba siendo arrollado por Agassi en el juego, los solventó Sampras con su saque. Desmoralizando a un oponente cuyo punto débil era precisamente, su servicio y que deseaba que sus partidos con Pete se alargaran lo más posible para superarlo por prestancia física. La rivalidad, no obstante, nunca pasó a mayores. Ambos siempre mantuvieron una respetuosa relación. Pero estaba claro que eran antitéticos.  Y en las ocasiones en que charlaron sobre tenis o temas ajenos a su deporte, nunca se pusieron de acuerdo. Donde uno veía un gris, el otro un amarillo y viceversa. Aunque sus enfrentamientos los engrandecieron a ambos. Y de hecho, probablemente Agassi fue más respetado por haber perdido con Sampras varias finales que si hubiera sido otro jugador su verdugo o incluso que si las hubiera vencido.

Obviamente, Agassi tuvo otros rivales importantes. Entre ellos, Boris Becker. El rubio alemán lo destrozó con unas declaraciones sensacionalista e insensatas y Agassi no cesó de entrenar hasta conseguir vengarse de él en una histórica semifinal del US Open. Los partidos con el titán alemán fueron realmente memorables. Los golpes entre ambos echaban fuego. Ninguno de los dos se atrevía a mirarse a los ojos y la tensión era palpable. Había en sus duelos algo incendiario. Que olía a batalla funeraria. Épica de libro. Pero Agassi ha dejado varios partidos de antología más. La final que conquistó en Roland Garros contra Andriy Medveded es directamente de novela. De cuento de hadas. Y sus partidos contra James Blake y Marcos Baghdatis, otra vez en el US Open, dignos de aparecer en un poema heroico. En la Biblia del tenis mundial.

Algo lógico porque Agassi fue siempre emoción y pasión. Alguien incontrolable. Imprevisible. Detestaba la escuela en su adolescencia y acabó fundando una en un barrio conflictivo para contribuir a la educación de los jóvenes de su nación. Odiaba el tenis y fue número 1, conquistó los cuatro torneos del Grand Slam, acabó casándose con la mejor tenista de la historia y siendo el último de su generación en retirarse. Vestía como un dandy pero era tímido e instropectivo. Y apenas ha leído libros pero su autobiografía Open es una desquiciada joya. Lo dicho, un torbellino contradictorio que convirtió la pistas de tenis en una caldera de incontrolables emociones. El grito histérico y aguerrido del capitalismo. Shalam

آخِرُ الدَّوَاءِ الْكَيُّ

El que conoce poco, lo repite a menudo

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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