Boxeo

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Una sociedad que prohíbe la retransmisión de combates de boxeo

y permite las de corridas de toros

 ha de padecer de algún tipo de psicopatía seria.

Seguramente cronificada a lo largo de los siglos y los siglos.

Y es muy poco probable que se levante de la lona. Porque, en realidad, está KO.

Vive recibiendo órdenes y cumpliendo órdenes y sometida a las órdenes.

En un campo de batalla parecido a un cementerio. Un reino en el que si al toro se le ocurre levantarse y golpear con sus puños al torero, se lo denomina violento.

Sospecho por ello que el día en que el boxeo vuelva a ser emitido por televisión, sea respetado y considerado un deporte de raigambre épica e incontestable poder catártico, el mundo será más pacífico. Y probablemente también más libre. Y entonces, y sólo entonces será que tenga sentido un debate sobre su mayor o menor pertinencia.

Eliminar de la mirada pública el boxeo, en el caso de España, fue un prematuro intento de aniquilar la protesta y la autodeterminación individual. Un deseo de convertirnos a todos en posibles candidatos a toros dentro de la sociedad del espectáculo. De hecho, de ahí entiendo que surge la raíz de los tantos elogios que reciben los animales que, tras una encarnizada lucha y amplia resistencia, mueren bajo la espada del torero. Esos toros somos nosotros. Se nos premia por resistir el sufrimiento y morir. No por levantarnos, luchar y golpear a quien nos falte el respeto. Un boxeador, al fin y al cabo, combate respetuosamente contra su rival. Se enfrenta con oponentes de su altura. Destroza el muro de la soledad con sus impulsos ciegos. Construye su propia realidad. Teje su novela y hazañas y elige su muerte y derrotas. Vive ajeno al poder y a los recuerdos. Es, sí, un animal peligroso. Mucho más que el toro. Porque tiene conciencia y podría volverse un ejemplo a seguir. Una metáfora de cómo un solitario puede destruir ciento y un muros de opresión e indiferencia de un solo golpe.

Por ello se los criminaliza y estupidiza y se los pasea por los platós televisivos -como ocurre habitualmente con Policarpo Díaz- como si fueran monos. Porque interesa desvalorizarlos. Pues su masculinidad es descontrolada. No resulta fácil doblegarla frente a la pantalla de una computadora. Porque no son sumisos ni tampoco bestias rabiosas. Son más bien disidentes del mundo de la razón. Esclavos de la fuerza que, por encontrarse situados entre dos mundos, podrían aunar en torno suyo muchas voluntades. Ya que muestran que las manos no fueron creadas únicamente para ser plegadas en símbolo de adoración sino también para golpear. Destrozar el cuerpo de los cientos de cobardes y arribistas que rodean y velan porque no caiga la enorme cabeza del Estado moderno. El maldito mago de Oz. Shalam

 وعاد بِخُفّيْ حُنيْن

La col hervida dos veces, mata

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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