Después del Apocalipsis

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La final de la Copa Libertadores no defraudó. Como estaba previsto, fue una guerra que, tras su celebración, dejó un panorama desolador. Demostró que el fútbol en Argentina es un virus contagioso. Una enfermedad parecida a la rabia. Y que hacerse hincha de un equipo es casi como entrar al ejército. Salir a la intemperie. Agarrar una metralleta y comenzar a disparar a todos lados.

No ha existido hasta ahora una final más tensa en la historia y probablemente tampoco tan intensa. Tan visceralmente emotiva. La razón era muy clara. Quien perdiera sería torturado por el recuerdo de esta derrota durante décadas y probablemente expiraría recordando sus errores. Mortificándose por no haber sabido parar a un rival o haberse esforzado más durante los momentos claves. En realidad, no estaba en juego la gloria sino la honra. El honor. La salud mental. La posibilidad de mirarse al espejo diariamente. De ser enterrado en paz. Y esto lo sabían los cientos de miles de argentinos que, de una manera u otra, empujaron inconscientemente con su angustia las manos de los hinchas que apedrearon el autobús de Boca obligando a la suspensión del partido que iba a celebrarse en el Monumental. Y, por supuesto, también era conocido por dios que, contagiado probablemente del pánico de ambas hinchadas y los continuos resoplidos nerviosos, decidió atenuar la emoción provocando la lluvia que obligaría a la postergación del primer partido en la Bombonera. Algo en parte lógico porque perder -repito- suponía para millones de personas una tragedia. Un drama inconcebible e imposible de aceptar. Una afrenta tan grande que para algunos era deseable la muerte. 

Creo que esta final la empezó a ganar River varios años atrás. Concretamente, el fatídico día que descendió a la B. El club gallina llegó a encontrarse por debajo de la losa del suelo y de ahí, ciertamente, únicamente se puede subir. Quien toca fondo y lame el polvo -en caso de que logre recuperarse- es mucho más peligroso que quien se mantiene estable sobre los cielos. Si sobrevive a las burlas, lo más probable es que el que ha sido ridiculizado y humillado se convierta en un navajero vengativo. En un terrorista destructivo mucho más difícil de abatir que previamente lo había sido. Además, el club millonario ha tenido la suerte de contratar a Marcelo Gallardo. Un técnico inteligente de temple maquiavélico y luchador que como entrenador ha desarrollado y amplificado dos virtudes muy importantes que ya mostraba cuando era jugador: saber leer muy bien los partidos y ser un motivador nato. Por contra, en la otra vereda se encontraba un equipo con el zurrón lleno. Harto y saciado de ganar títulos locales, que venía de atravesar la mejor etapa de su historia. Pero que había ido poco a poco perdiendo los referentes de su época dorada.

A base de éxitos y dinero, el club xeneize ha atenazado a River durante los últimos 20 años y se ha sentido inmensamente superior a su eterno rival. No obstante, lo cierto es que lleva casi cinco años sin ser capaz de volver a conformar un auténtico equipo y casi una década sin una Libertadores. Boca es un plantel de intensos y notables jugadores que sólo tienen actualmente un mandamiento claro: que deben poner huevos en el césped y dejarse la piel a base de tesón y entrega. Pero, eso sí, saber a qué juegan exactamente es un misterio. Algo de lo que es responsable directo el que hasta hace pocos días era su entrenador: Guillermo Barros Schelotto. Un ídolo bostero que no supo interpretar los diversos lances de ambos partidos y siempre se vio superado por Gallardo en cuestiones tácticas. No fue flexible, tuvo excesivas fijaciones y tomó decisiones muy dudosas que, en vez de fortificar a su equipo, lo debilitaron aún más. Abrieron las vías por las que comenzó a desangrarse.

Boca era levemente inferior a River pero no perdió la final por esa desventaja futbolística sino porque no supo jugar bien sus bazas y no fue capaz de hacer bascular su esquema táctico según le conviniera. Porque no fue consciente de que, desde hace tiempo, tiene un problema serio -mucho más grave de lo que parecía en principio- llamado Marcelo Gallardo y es urgente que encuentre el antídoto. De hecho, este River no es en absoluto el mejor River de los últimos tiempos. No considero, desde luego, que la plantilla actual sea superior a la de Ramón Díaz. Pero sí que, ciertamente, es muy reconocible y competitiva. Sabe desenvolverse en situaciones adversas, sobrevivir en medio de la tormenta y tiene un plan y estilo definidos. 

El conjunto xeneize jugó atenazado en muchos momentos de la eliminatoria. Nunca se sintió ganador y mucho menos dominador. Y cuando se puso en ventaja, en vez de machacar la eliminatoria, dejó entrever todas sus dudas pues, internamente, sus futbolistas no se sentían capaces de detener los vaivenes futbolísticos de River.

Boca fue débil en muchas de sus especialidades. No tuvo a un Bianchi detrás que leyese con sobriedad cómo debía actuar. Tuvo más miedo y certeza de perder que deseo de ganar. Y ofreció un juego ramplón que permitió que el conjunto gallina se rearmara y completara su labor. Boca, sí, esta vez no fue un tiburón. Vivió a expensas del error contrario. Embarró el campo. Cometió algún fallo infantil. Y atacó como un equipo de colegio. Fue un perro rabioso que mordió hasta en tres ocasiones con ira el brazo de sus enemigos pero terminó por caer enceguecido y desesperado al suelo. Abrumado por su ansiedad y salvajismo. Por no plantear más que una sola variante táctica durante más de 180 minutos. Fue un boxeador sin control que más que nunca se acordó tanto de las exquisiteces técnicas de Riquelme como de su tradicional instinto asesino. Y aun así, estuvo a punto de ganar. De tener la oportunidad de definir el duelo en la suerte máxima. Porque Boca es Boca y, aunque no estuvo a la altura de su mito, nunca perdió la mística. 

La final no fue, obviamente, brillante (existía demasiado en juego) pero sí una muestra increíble de tesón y garra. Fue una vuelta al fútbol de los 80. Una  descarnada batalla realmente atractiva porque -a diferencia del balompié europeo- cuando contemplamos a los jugadores argentinos sentimos, en cierto modo, que nosotros también nos encontramos en el campo. Que no existe tanta diferencia entre la danza guerrera que ellos ejecutan y la que nosotros podríamos llevar a cabo de disputar el partido. Y, afortunadamente, se jugó en Madrid porque, de haberse disputado en Buenos Aires, habría habido muertos, batallas campales y cientos de heridos independientemente de quien hubiera ganado puesto que en ese país el fútbol es una bomba atómica cuyos componentes son los impulsos y pasiones de sus hinchas.

En realidad, la mejor enseñanza que dejó el partido fue que cuando finalizó, no se escucharon explosiones. Todos seguimos vivos de una manera u otra. Y lo que se presuponía como un drama inenarrable -la derrota- y un éxtasis desbordante -la victoria- demostraron rápidamente no ser más que estados pasajeros. Porque, al fin y al cabo, la vida continúa. Pronto volverá a ponerse en marcha el balón. Aunque pasen cien años, River y Boca están destinados a encontrarse en otra final de Libertadores. Y exactamente, una derrota no es una tragedia sino uno de los resultados lógicos y necesarios del juego. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

La sabiduría se ríe de sí misma

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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