Diego

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Diego Armando Maradona es la exageración hecha carne. No es un mito ni un dios sino mucho más que eso: un tractor espacial; un cohete futbolístico; una bomba atómica. Un hombre que parece haber surgido directamente de un balón de cuero y haber sido engendrado tras el encuentro entre Dionisos y una portería. Una mezcla futbolística entre los Sex Pistols, The Who, The Rolling Stones y Guns N’ Roses. Entre Mozart, Beethoven y Wagner. En definitiva, sí, un barrilete cósmico de dimensiones incalculables. Un choripán gigantesco y demoledor. Un pedazo del cuerpo de Zeus capaz de poner de manifiesto con dos o tres declaraciones y unos cuantos toques a la pelota qué es lo mejor y lo peor del pueblo argentino y casi que de la humanidad. A cuánto llega su soberbia y a cuánto su humildad. A cuánto su genialidad y a cuánto su capacidad de desilusionar. De qué están hechos los sueños y a qué saben las pesadillas.

Maradona no es un mito. Es una religión. Un cruce gamberro entre el Che Guevara, Cristo y un delincuente napolitano. El no jugaba al fútbol. Se divertía. Se iba de juerga. Se emborrachaba de felicidad. Convertía el césped en un carnaval y a sus oponentes en muñequitos de futbolín. De Maradona, como de la pornografía o los dioses del Olimpo, no se puede hablar normalmente. Hay que hacerlo con superlativos. Con esplendorosos adjetivos calificativos porque todo él es una barbaridad. Una bestialidad. De hecho, creo que este avería debería estar escrito en mayúsculas o ser un cántico entonando ese nombre que su inmensa fama y popularidad prácticamente han convertido en un apodo. Porque no existen términos medios para referirse al Louis Amstrong y al Picasso del balompié. Un hombre que nació con el esférico pegado a los pies, no se drogaba sino que se enchufaba por la nariz la mitad de Colombia y cuando golpeaba a la pelota parecía que lo hacía al mundo entero. Tanto es así que no importa dónde uno se encuentre y en qué situación, puesto que basta aludir a su figura para despertar ilusión y sonrisas en taxistas, maleantes, rockeros y oficinistas trajeados. Y también un innumerable reguero de insultos e improperios. Los habituales aullidos de la jauría. La cólera salvaje de la plebe y el soberbio desprecio de los burgueses.

Diego era tan intenso y provocativo jugando que causaba orgasmos constantes. Messi es perfecto pero Maradona único. Puro corazón imposible de explicar y analizar. Cuando corría por el campo, se intuía la presencia de dios. De algo inexplicable y visceral. El grito sagrado de la creación. Y cuando realiza declaraciones o aparece ante una pantalla, todos sabemos que la va a liar. Que va a destrozar la cámara, salir apaleado o provocar un vendaval como el más osado rockstar.

A Diego no se le puede analizar. O se le odia como al peor de los bandidos o se le ama como a un hijo. No existen términos medios para un hombre que ha llevado cargada a las espaldas desde su infancia la responsabilidad de hacer feliz a todo un país y de transformar al fútbol en un espectáculo más allá del deporte y lo intangible. Un señor que era capaz con un par de regates de demostrar que la inspiración existe y con su obstinación y cabezonería de hacer entender lo que un bostero es. Lo que se siente en la Bombonera y en los potreros argentinos. Qué es bailar tango con el balón, correr como Gardel danzaba y realizar pases con la destreza con la que Borges colocaba el adjetivo exacto delante de un sustantivo y la potencia y seguridad con la que Perón se metía al pueblo en el bolsillo en cada uno de sus discursos.

Para poder hablar de los goles y pases de Maradona, creo que hay que encontrarse en otra dimensión. Haber nacido y muerto varias veces. De hecho, ha vivido unas cuantas vidas en esta. Y ha caído en tantos charcos y atravesado tantas tormentas que no me siento capaz de hacerlo. Porque el personaje es tan grande que opaca todo lo que se pueda decir sobre sus zarpazos de tigre durante el Mundial del 86, sus bodas de sangre con los napolitanos o sus continuos zapatazos a José Luis Núñez y los directivos de la FIFA.

A Maradona hay que rezarle o cantarle. Hay que dedicarle poemas o dedicarse a ver sus vídeos. Porque nada en él es racional. Ni sus doping, ni su cabellera, ni su gordura, ni sus vicios ni su visión del juego ni sus ruedas de prensa. Todo en él es sentimiento. Nostalgia y destino. Guerra, santidad y bucolismo. Una borrachera tan grande de emociones que prácticamente convierte en inútil cualquier análisis y todo aquello que no sea corear su nombre. En realidad, para ser justos con él, este avería debería consistir únicamente de una sola palabra alargada durante páginas y páginas: diegooooooooooooooooooooooooooolllll. Porque Diego es el Diego. Su zurda es la zurda. Su Mundial es el Mundial. Y su gol a Inglaterra el gol. Un gol que resume un deporte y que da sentido a los esfuerzos de cientos de miles de jugadores durante más de un siglo. Justifica una vida y un país, demuestra -repito- la existencia de Dios y es responsable directo de que para muchas personas haya merecido a pena vivir y yazcan en el ataúd con una sonrisa fija y eterna en los labios.

Diego además, tiene algo de superhombre nitzscheano. Ha vivido más allá de las opiniones y el nihilismo y ha trascendido depresiones con atracones de comida, insultos, mentadas de madre a los periodistas y cabezazos a las cámaras, demostrando que no sólo es humano sino que es demasiado humano. Una persona que no es ni mejor ni peor que cada uno de nosotros y probablemente incluso sea más vulgar que la mayoría, pero nació con la capacidad de transformar el balón en una ostia divina y hacer sentir lo que es el paraíso a quienes ni tan siquiera han atisbado un pedazo de dicha en esta vida y están destinados siempre a llevarse la peor parte en el reparto de los bienes. Por lo que se le perdona y le consiente lo que a nadie. Algo que él internamente sabe y cree que merece porque demostró con unos cuantos cabezazos y carreras por el centro de un terreno de juego al resto del mundo que el cielo y el sur, sí, como cantaba Serrat, también existen. ¡Vaya sí existen! Shalam

المَوْتُ الفَادِحُ خَيْرٌ مِنَ اليَأْسِ الفَاضِحِ

La muerte calamitosa es mejor que la desesperación deshonrosa

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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