Duelo

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Buyo y Futre protagonizaron algunas de las jugadas más intensas y comentadas de la historia del fútbol español. Su duelo fue mítico. Ambos pertenecían a dos clubes tradicionalmente enfrentados cuyos presidentes -Jesús Gil y Ramón Mendoza- tenían una pésima relación. El Atlético de Madrid le tenía unas ganas enormes al Madrid. Vivía acomplejado y enrabietado a su sombra y deseaba desquitarse de la manera que fuera. Y para ello, había fichado a Futre. Un habilidoso e impresionante regateador que había llevado al Oporto a la gloria, al que desde su llegada a la capital de España se le inoculó a fuego el odio al equipo blanco.

El delantero portugués comprendió desde sus primeros días en el Calderón que el éxito atlético se encontraba íntimamente unido a la desgracia madridista y que a veces una victoria en el derby justificaba una temporada. Sabía que para ser leyenda atlética debía dejar en las hemerotecas unos cuantos goles al Madrid y se obsesionó con grabar su sello en esos partidos. Algo muy factible teniendo en cuenta sus cualidades de no haber sido porque el portero de aquel equipo que se paseaba en góndola por la liga española era Paco Buyo. Un guardameta con una moral indestructible y unos reflejos muy potentes capaz de ejecutar las paradas más inverosímiles -palomitas de época o estiradas a lo Superman- al que de tanto en tanto, se le aflojaba un tornillo y realizaba las famosas “buyadas”: salidas a destiempo, despejes a la zona equivocada o discusiones absurdas con árbitro, rivales e incluso compañeros.

Buyo era un tronco. Un hombre sin matices ni sutilezas. Era mucho más fácil imaginárselo trabajando en la construcción que leyendo a Flaubert; como un fontanero disponible 24 horas al que llamar ante cualquier emergencia que en el palco de un teatro. En realidad, era un hombre obsesionado con su profesión. Totalmente concentrado en su trabajo con unas ansias de triunfar tremendas que muchas veces le hacían sobreactuar, lucirse con paradas excesivas que no necesitaban del artificio que les imbuía o saltar al campo con unas cuantas más revoluciones de las adecuadas. Desde luego, se le escapaban pocos detalles, era obvio que estudiaba a sus rivales antes y después de los partidos y que siempre que era necesario, marcaba territorio: miraba con gesto asesino, profería unos insultos en voz baja o daba un codazo en medio de un saque de esquina.

Buyo se había propuesto desquiciar a Futre y en parte, lo consiguió. Por ejemplo, en una ocasión, perdiendo por tres goles, con la mirada nublada y tras unas cuantas provocaciones, el delantero portugués le quitó el balón con las manos siendo expulsado al momento. En verdad, el objetivo del guardameta era que cada vez que se acercara al área, el luso se sintiera intimidado. Y para ello, le insultaba cuantas veces se le ocurrían y no dudaba en salir a pararlo con los pies, el cuerpo o los brazos ni en dejarle un recado en forma de desplante o mirada autoritaria. Obviamente, Futre no se quedaba callado. Era un genio. Un mago del balón. El líder de un equipo en combustión, en crisis continua, que necesitaba desesperadamente de su talento, y en cuanto podía, le decía a Buyo con sigilo dos insultitos al oído o le sugería la profesión a la que se podía consagrar su madre. Y cada vez que le marcaba un gol o contribuía decisivamente a uno, antes que regocijarse festejando, se volvía a mirar a su querido amigo y dedicarle unas cuantas palabrejas. Con el tiempo, estas anécdotas se fueron conociendo y obviamente, todas las miradas estaban posadas sobre ellos cuando el arbitro daba comienzo a los partidos.

Ciertamente, había al menos cuatro derbys. El de las aficiones en las gradas. El de Gil contra Mendoza en los palcos. El de los equipos en el campo. Y el de Buyo y Futre. Un derby este último que escribió una de sus páginas más polémicas durante el clásico del Bernabéu de la temporada 88-89 cuando ambos deportistas protagonizaron una jugada tan controvertida y escandalosa como divertida y mítica, digna de aparecer en cualquier película de Berlanga.

Buyo cortó un balón a Futre en las inmediaciones del área. Se gustó, se sintió sobrado y le dio por imitar a Higuita y salir cual lateral hacia la banda. El extremo luso olió sangre y corrió tras él. Contra cualquier otro equipo y jugador, probablemente hubiera optado por bajar los brazos. Pero aquel que tenía enfrente era Buyo, ni más ni menos que Buyo, y se echó un nuevo sprint, alargó el pie y casi le quita el balón. Pero en cuanto sintió la presencia del atlético, apenas su aliento, el portero gallego saltó por los aires como si hubiera recibido una agresión y empezó a reptar por el campo cual militar herido. Ante una treta de tal calibre, el portugués tampoco se quedó corto e imitó a su archienemigo, agarrándose en este caso la barriga. Ambos estaban destinados a ganar un premio de interpretación y recibir sendas tarjetas amarillas. Lo que hacían era más cómico que trágico. Una comedia de enredos. Pero finalmente, Buyo fue el que se llevó el Goya. Pues ante la llegada del “motorcito” Orejuela pidiéndole explicaciones no se sabe si respecto su actitud o respecto a la escuela donde había aprendido sus habilidades escénicas, se puso a temblar como un animal enrabietado lo hace antes de morir, provocando la determinante expulsión del asombrado e indignado centrocampista atlético. Y que muy probablemente su Madrid -con superioridad numérica- lograra el triunfo en los últimos minutos de un partido inolvidable que es más historia de este deporte por este lance que por otro motivo. Shalam

الْبَعُ وضَةُ تُدْمِي مُقْلَةَ الأَسَدِ

El mosquito hace sangrar el ojo del león

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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