El Almarjal

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Es un lugar común mencionar el sistema total patentado por Rinus Michel en el Ajax de Ámsterdam y perfeccionado por Johan Cruyff tanto en Holanda como en el F.C. Barcelona como el principio del fútbol moderno. Aunque para diferenciar el antiguo del actual, yo también aludiría a la distancia sideral que existe entre aquellos viejos estadios parecidos a plazas de toros y circos con olor a estiércol, sudor, castaña y salchichas recalentadas que comenzaron a desaparecer desde el comienzo de la era neoliberal en media Europa y los nuevos, asépticos, espaciados y confortables recintos con vocación polideportiva.

Para mí al menos, la divergencia que hay entre aquellas canchas con sabor a coliseo romano y las actuales es parecida a la que encontramos en su momento entre los discos y el CD. El CD era definitivamente mucho más transportable e higiénico que el disco. Se podía escuchar a cualquier hora en el coche y ocupaba menos espacio. Cabía, por ejemplo, en el bolsillo de ciertos pantalones e incluso camisas, se ajustaba perfectamente al tamaño de una cazadora y, desde luego, si le caía cualquier líquido, existían muchas menos probabilidades de que se estropeara. Sin embargo, ni su calidad de sonido ni su tamaño justificaban su precio bastante más elevado que el de los discos cuyas dimensiones daban un relieve inmenso a las portadas y convertían las cubiertas en auténticas obras de arte. Libros llenos de embrujo simbólico que servían de mágica introducción al contenido.

El CD era la viva imagen de la industria imponiendo sus dictados en el mundo de la música y, por contra, el disco un objeto en el que arte e imaginación trabajaban al compás de los adelantos técnicos. Una relación realmente interesante que dio como resultado joyas inolvidables del arte gráfico y, repito, es extrapolable a lo que ocurre con los campos de fútbol. Pues, exactamente, en los nuevos estadios -como es el caso del Cartagonova en la ciudad de la que procedo- prima, ante todo, la comodidad y la visibilidad. Muchos de ellos son centros comerciales deportivos encubiertos cuyo último fin es casi más el consumo que el partido. Parecen haber sido creados no tanto con la finalidad de disfrutar de hazañas épicas sino del deporte como espectáculo y, por consiguiente, para que el público se recree y entretenga con ciertas jugadas, regates y goles, más que con la totalidad de los lances competitivos. Por lo que el juego ha pasado, en cierto modo, de ser una batalla (pacífica y en buena lid) por el honor a transformarse en un acontecimiento mediático. Motivo por el que suelo preguntarme muchas veces cuándo implantarán máquinas en los sillones que permitan a los hinchas repetir a su antojo los goles de su equipo o los posibles penaltis en cualquier dispositivo o videomarcador público o directamente, se transformarán en cines.

Obviamente, se pueden observar con mayor detenimientos las distintas variables del juego en los estadios actuales que en los antiguos, pero yo prefiero los de antes. Para empezar porque aquellas viejas y entrañables estructuras de césped y hormigón se percibía que se encontraban construidas, ante todo, para la práctica del fútbol. Que cualquier otro evento -un concierto o un espectáculo de baile- hubiera quedado totalmente desnaturalizado allí.

En El Almarjal, (el antiguo estadio del Cartagena), por ejemplo, se iba a ver fútbol y punto. Y por eso se olía a sudor, se respiraba entrega y casi que se comía fútbol desde que se accedía por los torniquetes. Y sin embargo, da la sensación de que en El Cartagonova o la Nueva Condomina cualquier evento puede ser llevado a cabo. Desde una exhibición de los Harlem Globetrotters, un concierto de Alejandro Sanz hasta las recreación histórica  de las bodas de Aníbal e Himilce.

Ocurría además que, debido a la estructura de sus gradas, aquellas viejas superficies futbolísticas donde se olía a grasa y aceite y si llovía, decenas de charcos y el barro amenazaban la disputa del partido, lograban convertir a los socios en una familia común. Existía una intensa y avasalladora sensación gregaria que dotaba al fútbol de una dimensión más humana y menos robótica. Quienes pagábamos la entrada formábamos parte de una tribu. Del barrio. Éramos una banda con los colores de su equipo. Existía una comunión muy clara y directa, casi orgánica, con los jugadores a los que alentábamos porque los espectadores éramos también protagonistas. No nos encontrábamos tan separados en distancia y alma como ahora de los intérpretes del balón. Y por eso existía mucho menos tendencia a juzgarlos, criticar o detectar sus posibles errores y se tendía a comprenderlos e incluso a justificarlos. Pues defenderlos a ellos era defendernos a nosotros mismos.

Yo me crié viendo fútbol en el Almarjal. Animando con mi mejor atención al Efesé comandado con mano firme por Trasante y Sagarduy que tenía en Arango a un espolón seguro en el lateral derecho. Y la sensación que tenía era de hermandad con todos esos baluartes del balón. Era consciente de que daban lo mejor de sí mismos y los apoyaba y defendía como si compartiera habitualmente la mesa con ellos.

Esa es una diferencia radical. Que aquellos hombres eran amigos que respetábamos, héroes comunes, y los de hoy son tan sólo jugadores. Estrellas mediáticas. Personas con la vida resuelta. Y por eso no nos importaba tanto el sueldo que ganaban sino que dieran la cara. Y no era, ciertamente, tan definitiva y trascendente la dimensión estética del juego como la voluntad y la fuerza. El empuje y la habilidad. La garra y la furia.

Yo, por ejemplo, contemplé muchos partidos en el Almarjal realmente mediocres que no aplacaron mi entusiasmo sino que me hicieron amar más el fútbol. Porque la diferencia entre aquellos muchachos que corrían con el balón y yo no era tanta y el campo se encontraba estructurado de tal forma que, a pesar de que la visibilidad no era correcta y el césped solía encontrarse en mal estado, sentíamos perfectamente lo que ocurría allí con los latidos del corazón sin necesidad de un cálculo milimétrico. Además, la incomodidad de la hinchada formaba parte del placer de ir al fútbol los domingos. Casi tanto como la atenta escucha de la radio portátil, comer pipas o tatarear los cánticos de aliento al club de nuestros amores. Y no era, por ello, un inconveniente sino un acicate. Porque aquellos campos eran calderas. Trincheras. Fosos taurinos. Y la pasión y la diversión era preferible con mucho al confort o al análisis. Algo parecido a lo que ocurría, asimismo, en el antiguo San Mamés o Atocha y es muy difícil encontrar actualmente al menos a este lado de Occidente.

Más allá de sus habituales extremismos y sus continuos conatos de violencia, gran parte de la mística que conserva y atesora el fútbol argentino se debe, sin dudas, a sus estadios. El Monumental tiene asientos que se caen. Necesitaría diez lavados y ser construido desde sus cimientos de nuevo para mostrar un aspecto decente. Algo que, en gran medida, también le ocurre al Estadio Libertadores de América; la cancha de Independiente. Y, por otra parte, La Bombonera hace ya demasiados años que se ha quedado pequeña para las masas de fanáticos que mueve Boca que, no obstante, en su mayoría suelen votar obstinadamente en contra de la construcción de un estadio más moderno porque los 60000 que pueden acceder actualmente, se sienten realmente privilegiados. Y todo lo que no fuera conservar la antigua y mítica estructura, sería entendido como un atentado contra la identidad del club. ¿No se respeta La Sagrada Familia de Gaudí y se restauran cientos de iglesias en el mundo? ¡Pues que se haga lo mismo con este templo futbolístico!, suelen gritar a coro los hinchas bosteros.

De hecho, lejos de ser un problema, los reiterados esfuerzos por conseguir una entrada al templo xeneize, transforman el acceso a las gradas en un orgasmo absoluto. Convierten el partido de fútbol en un ritual ajeno al circo mediático. Una intensa e inolvidable experiencia parecida a lo que suponía para los niños de mi generación introducirse en el Almarjal y sentir que, a medida que el humo de tabaco invadía nuestro rostro en combinación con los papelitos que volaban por las gradas, allí sólo se venía a hablar de fútbol, a jugar al fútbol y sentir el fútbol. Y lo demás -novias, deberes escolares, trabajo, traumas y satisfacciones- no importaba ni existía. Era absolutamente circunstancial y pasajero frente a la dictadura y el éxtasis del GOL. Shalam

لا تَكُنْ حُلْوًا فَتُزْدَرَدَ وَلاَ مُرًّا فَتُلْفَظَ

No seas dulce, pues serás comido, ni amargo, pues serás escupido

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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