El clásico

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Hoy juegan Boca y River una final. Disputan un título. Una Supercopa. Sí, lo sé, un torneo menor. Pero cualquier trofeo oficial entre estos dos equipos es trascendente. El clásico del fútbol universal no es Real Madrid-Barcelona. Tampoco Brasil-Argentina o Alemania-Italia o Inter-Milán. Es River-Boca. Porque los dos equipos no juegan al fútbol. No compiten. Hacen la guerra. Luchan. Se baten en duelo. Por lo general, el clásico es una batalla. No es una rivalidad deportiva sino un asunto de vida o muerte. De matar o morir. Hay personas que harán hijos hoy si su equipo gana una simple Supercopa. Otros que en el caso de que pierda, tomarán una pastilla y no se levantarán en varias horas. Algunos beberán hasta desmayar. Y no pocos visitarán prostíbulos. La mayoría en cualquier caso, gritarán, llorarán, se emocionarán. Porque Boca-River es, ante todo, histeria. Rayos y truenos de pasión deportiva convertidos en fábula. Historia mitológica.

Yo he visto varios clásicos en ambos campos -Monumental y Bombonera- y puedo asegurar que el ambiente es inenarrable. Porque la victoria de uno u otro equipo lava frustraciones, redime almas, convierte los pesares en bendiciones. El fútbol se inventó en parte para sustituir a las guerras. Como una metáfora que venía a paralizar los duelos a cuchillo y revolver. Frente a la dictadura de los tanques, llegó la del balón. Y el partido entre los dos monstruos de Argentina lo demuestra. Las hinchadas celebran los muertos que se han conseguido cobrar a lo largo de los últimos años. Hay continuas amenazas de muerte. Armas y fuego. Y la salud mental del país depende de los 90 minutos de juego. Los entrenadores no son entrenadores sino generales. Los presidentes, emperadores. El público, soldados y los jugadores, gladiadores. Sé que muchas personas en España pagarían por jugar un clásico entre Madrid y Barcelona pero no creo que sea así en Argentina. Porque lo que está en juego no es un trofeo. Es el honor. Es la paz. La honra. La salud. La vida. TODO, absolutamente TODO se pone en juego en este clásico. Y estoy seguro que muchos futbolistas preferían morir antes que perderlo. Porque este partido se juega para la gloria, para la inmortalidad. Como un acto de contricción hacia los dioses. Se juega para demostrar que merece la pena haber nacido. Y para enterrar al rival y escupir y pisar en su tumba si es posible.

Boca y River son gemelos. Hermanos de la misma ciudad y nacidos casi en la misma calle. La leyenda cuenta que a principios de siglo, ambos clubs vivían en el mismo barrio. No había espacio para ambos y decidieron jugar un partido para decidir quién se quedaría en su lugar de nacimiento. Ganó Boca y desde entonces, se cree que nació la paternidad de victorias que todavía hoy sostiene el club xeneize sobre los millonarios. Pero supongo que si el historial de triunfos cambiara de bando, la historia se contaría al revés. En cierto sentido, si nos fijamos, no importa quién gane o pierda. Lo que es determinante es que ambos son equipos nacidos del mismo vientre y que mamaron de la misma teta. Porque esto da a su rivalidad una dimensión ancestral.

Boca y River son Caín y Abel viéndose las caras varias veces al año y también Thor y Loki. Dos perros luchando por un único pedazo de carne. Dos mitades que desean destruirse pero que sin su presencia mutua, no podrían sobrevivir. Son el bien y el bien destrozándose en medio del césped y el mal contra el mal. Son locura. Efervescencia. Boca simbólicamente representa al pueblo. Al obrero. Al “negro”. Al emigrante. Y River, al burgués. Al europeo. Al empresario. Aunque obviamente, la teoría no se cumple en la práctica. El palco de Boca está lleno de gente a la que la sobra el dinero y mucha gente humilde acude cada semana al Monumental. Posiblemente, ambos bandos se diferencien sobre todo, por la actitud. Los aficionados de River desean ganar bonito. Oler bien. Sin esfuerzo. Son amantes del fútbol técnico. Y los fans de Boca son gladiadores. Boxeadores. Adoran el sudor. La garra. El partido ideal para River consiste en golear al contrario, torearlo, sin casi despeinarse. Y el de Boca, ganar en el último segundo y en el descuento tras llevar a cabo una remontada. En realidad, ambos equipos tienen una mitad del rostro semejante y otra diferente y por eso se complementan. Porque son la misma persona y a la vez, distinta. Son gemelos. Y por ello es espectacular su lucha. Porque el público no va a ver a dos desconocidos pelearse. Va a ver a dos hijos nacidos del mismo vientre que se odian como si hablasen distintas lenguas y hubieran nacido en dos países extranjeros. Shalam

اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ

Muchos son capaces de tener odio pero muy pocos de despreciar

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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