El cochinillo

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De los años en los que jugué con pasión al fútbol, me quedó clara una lección. Que el rival más peligroso no era en muchas ocasiones el club adversario sino el público. Recuerdo un señor calvo y grueso parecido a un profesor que estuvo todo un partido gritándome. Me exigía con voz agria y potente que marcara goles o lesionara a los arietes del equipo contrario. Yo solía desenvolverme en el centro del campo. Era un 10 con llegada al área. Un centrocampista incansable e intenso que destacaba, ante todo, por su entrega. Debido a mi posición, solía jugar con cierta libertad. Pero, de tanto en tanto, también tenía algún defensa pendiente de mis movimientos. Recuerdo enfrentarme contra varios muy experimentados. Me empujaban levemente para desconcentrarme. Me daban una patada en el momento justo para intimidarme. O me susurraban al oído alguna palabra que pudiera humillarme intentado enojarme.

Esa presión era, en cierto modo, soportable. Formaba parte del fútbol. Un gaje más del oficio. Mucho peor, sin embargo, era la del público. En otra ocasión, un señor con aspecto de dócil jubilado (sólo le faltaba el Marca o una caña de pescar en sus manos para encajar perfectamente en el retrato) estuvo gritándome todo un partido porque lo había mirado con rabia unos instantes harto de escuchar sus improperios. Enojado, su reacción fue acrecentar sus insultos que sólo pude contrarrestar focalizándome totalmente en el juego. Encontrando motivación en su odio para avanzar más y más. De hecho, durante mucho tiempo, entrené insistentemente para callar la boca de padres de familia que, un fin de semana tras otro, me gritaban con obstinación ciega que era un chulo o un estúpido o, directamente, un hijo de la grandísima…

Sé por ello que a los futbolistas no les pagan únicamente por ganar partidos. Una parte del sueldo cubre su estoicismo para aguantar los improperios del público que llena los estadios. La masa los utiliza como chivo expiatorios. Desahoga sus frustraciones vitales en ellos. Los convierte en pelotas de ping pong. Una justificación de sus fracasos y luchas interiores no resueltas.

Creo que hay que haber pasado hambre o ser extremadamente maduro para soportar esa presión. La mayoría de personas ponen una denuncia en comisaría ante una simple ofensa. Se enojan por recibir una sencilla amonestación. Pero muchos futbolistas ni se inmutan aunque les escupan o quemen su imagen frente a ellos. Creo que porque son muy conscientes -aunque no lo hayan racionalizado- de que el fútbol es un juego y pertenece, por tanto, a un orden simbólico. Es una metáfora de la realidad pero no es la realidad.

Yo, en verdad, lo considero un ritual. Un sustituto de las batallas entre pueblos y comunidades de antaño. Y por eso no encuentro en absoluto exageradas ciertas reacciones y comprendo que duelan tanto, por ejemplo, determinados actos como que un jugador de nuestro equipo pase a formar parte de la plantilla de un rival directo. Una traición cuya gravedad ni tan siquiera las inmensas cantidades de dinero que mueve el fútbol hoy en día, ha conseguido atenuar.

Creo que no hay una imagen que ilustre mejor mis palabras que el cochinillo que arrojaron a Figo en el Camp Nou tras su fichaje por el Real Madrid. La cabeza cortada de aquel animal no era únicamente un símbolo de impotencia y frustración ni, desde luego, una exposición de un manjar culinario ni de la rica gastronomía catalana. Era, ante todo, la manifestación de un deseo: que fuera la cabeza del interior luso la que rodara por el césped. Una prueba, en cualquier caso, de que en los campos de juego, la venganza no se sirve en plato frío sino en caliente (y a veces hasta recién salida del horno). Y de que hay un instinto bélico innato en las masas que el fútbol ayuda a canalizar. Una violencia que el deporte paraliza, orienta y conduce a ese desagüe de insultos y gritos de rabia y odio que se escuchan normalmente en los estadios que, en otras épocas, podrían haber terminado degenerando en batalla, heridas, sangre y muerte. Tragedia bélica. Motivo por el que creo que a los futbolistas no sólo se les paga -repito- para jugar sino también para evitar guerras. Ser escudo de conflictos inmemoriales. Barrera tanto de odios ancestrales como de momentáneos.

No quiero pensar, por ejemplo, de no existir Figo donde estarían ahora los desafortunados enemigos de los genios que estuvieron pensando durante semanas cómo lograr pasar un animal descuartizado al campo, burlar el control en las puertas de acceso y fueron además capaces de arrojarlo al césped sin ser vistos por las decenas de cámaras de vigilancia. Ni tampoco quiero imaginar qué hubiera sido de la desgraciada familia de aquel señor que comenzó a insultarme como si su vida no tuviera otro sentido y propósito que la de destruirme por jugar más o menos bien al fútbol, de no haber aparecido yo providencialmente en su vida. Shalam

إِنَّ الرِّجَالَ لاَ تُكَالُ بِالْقُفْزَانِ، وَلاَ تُوزَنُ فِي الْمِيزَانِ

La muerte de un joven es un naufragio y la de un viejo atracar en un puerto con total normalidad

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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