Fiesta

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A pesar de que la historia reciente de Boca se encuentra llena de noches memorables, recuerdo pocas como la que acabamos de vivir. Una de esas para enmarcar y no olvidar jamás. Para relatar a los nietos en las colinas y cuevas del Nuevo Mundo. Ante todo, porque las posibilidades de salir campeón eran escasas. River dependía de sí mismo. Venciendo en Tucumán, la Superliga era suya.

Marcelo Gallardo se había obsesionado con la conquista del título y no parecía dispuesto a dejar perder esta oportunidad después del trauma que supuso despedirse de la última Libertadores en cinco fatídicos minutos. No obstante, Boca es Boca. Un club que siempre dice presente en las malas. Resistente y luchador como los viejos boxeadores. Y por eso el ambiente anunciaba milagro. Todos los mimbres para una noche de ensueño, una velada de novela, estaban activados. Bosteus miraba desde los cielos a sus soldados tomándose una cerveza con aire socarrón. Maradona -actual técnico de Gimnasia y Esgrima- se encontraba en la cancha y era recibido con los honores que merecía. Con una tremebunda fiesta que confirma el amor eterno que le profesa la hinchada. Riquelme en el palco transmitía seguridad e inteligencia. Como un personaje shakesperiano velaba en las sombras por los destinos del club. Y nada más salir al campo, se percibía en la mirada de los jugadores esa mística que tanto Bermúdez, el Chelo Delgado o Battaglia como Miguel Ángel Russo están intentando transmitirles y que durante la nefasta presidencia de Angelici en parte se perdió. Sus ojos transmitían seguridad y firmeza. Parecían tigres, gladiadores y no simples jugadores de fútbol. Y se sentía, era patente que iban a darlo todo. Transformar la Bombonera de nuevo en un templo guerrero.

Ciertamente, del partido no hay mucho que decir. Fue mediocre. Boca está mejorando pero su juego aún no fluye como debería. Además, la mente se encontraba puesta en lo que sucedía en el norte de Argentina. Los jugadores estaban bien plantados y sabían que antes o después su oportunidad llegaría aunque, tras errar una ocasión clara, los nervios comenzaron a florecer y las imprecisiones a sucederse. El recuerdo de recientes noches de amargura contra las tropas gallinas podía perfectamente haberse instaurado en la Bombonera. Sin embargo, ayer fue todo diferente. Bastaba ver a Román tomando mate con tranquilidad en el palco para comprenderlo. El gol de Tucumán se gritó con rabia y desesperación. El empate de los soldados gallinas provocó una inmensa incertidumbre. El silencio imperó por instantes ante el peligro de asistir a un nuevo funeral bostero. Pero conforme los minutos pasaban y el ejército rojiblanco no marcaba, la confianza aumentaba por más que el ansiado gol de Boca no llegaba. Gimnasia es un equipo duro, aguerrido y el conjunto de Russo estaba espeso. La tensión crecía hasta que el mundo xeneize se partió en múltiples trozos y estalló definitivamente tras una mágica combinación entre Fabra y Wanchope Ábila que culminó Carlitos “hijo pródigo” Tévez con un derechazo para la historia que entró por toda la escuadra.

De lo restante no hay mucho que decir. Fue una locura infartante. Boca movía la pelota de un lado a otro intentado que el tiempo transcurriera y mientras tanto, a cientos de kilómetros, River se lanzaba a la desesperada contra el arco contrario. Pero todos sus esfuerzos fueron infructuosos porque ayer era día de azul y oro. De Dieguitos y de Mafaldas. Ayer era carnaval. Tocaba joda en el barrio de la Boca. Baile, vicio y fiesta. Tango, canto y alcohol. Y la hinchada azul y oro lo gritó como nunca. Como si fuera el primer título de la historia. Como si fuera el más importante y deseado en el mundo. Porque estaba en juego el orgullo. La inmensa necesidad de recuperar la mística. La aureola sagrada. Y demostrar así a los dioses que los gladiadores han vuelto para quedarse y están dispuestos a morir luchando.

Los aficionados al fútbol español recordarán sin dudas las dos Ligas de Tenerife. Aquellas que el F.C. Barcelona conquistó en las últimas jornadas al Real Madrid. Esos campeonatos fueron fiestas. Golpes psicológicos que en cierto sentido comenzaron a modificar el eje de mando del balón hispano. Quiero pensar que este título tan explosivo va también a empezar a variar el viraje que en los últimos tiempos se había producido en el fútbol argentino. Y que Boca volverá a reinar. A conquistar esa Libertadores tan ansiada.

En cualquier caso, no puedo imaginar un desenlace más orgiástico y orgásmico que el vivido ayer para la conquista de, precisamente, el título 69 del historial copero de Boca. ¡Disculpadme pero voy a ver el gol de Tévez otra vez! ¡Hijos de Bosteus estamos de vuelta! ¡Gracias Dios por el fútbol, por la vida, por hacerme de Boca! Shalam

يمكنك قياس شجاعة الرجل مقابل العمل الذي يكلفه عن تثبيته

Se puede medir la valentía de un hombre por el trabajo que cuesta desalentarlo

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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