Fútbol argentino: un mundo sin Dioses. (1)

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Probablemente, en algún momento todavía lejano del futuro, dedique muchos averías al fútbol argentino y al equipo, Boca Juniors, sobre el que llevé a cabo un libro llamado La Bosteriada. Pero para ello aún falta mucho. Porque teniendo en cuenta la pasión de los aficionados argentinos y la intensidad con la que se desarrolla la vida en aquel país, o estoy lo suficientemente maduro y preparado para emprender esta aventura o prefiero no hacerla.

La idea de la Bosteriada se encuentra basada en cierto modo en La Iliada homérica. Pero en vez de narrar allí la batalla entre griegos y troyanos, describo el combate entre las tropas bosteras (Boca Juniors) y las gallinas (River Plate) por hacerse con el dominio del continente americano (Copa Libertadores) y del mundo (Copa Intercontinental). Los jugadores no meten goles sino que clavan espadas, lanzas y tridentes a los porteros que se defienden con escudos y dagas de los temibles ataques de los guerreros y delanteros rivales. Y en parte, retrato y visualizo el fútbol argentino como si se tratara del circo romano o una especie de teatro de la crueldad gigantesco. De hecho, llego a realizar un recuento mitológico de dioses y héroes parecido al de Hesíodo que me sirve para explicar los orígenes ancestrales de las tropas bosteras rendidas a su dios Bosteus. Y además, desarrollo varios de los episodios que, a lo largo de un tiempo mítico, enfrentaron a  Bosteus con Gallius, (el dios de los seguidores de River Plate), hasta desembocar en su presente rivalidad en el clásico Boca-River.

Como casi todos los libros que he escrito hasta el momento, este también necesita una profunda revisión y corrección para ser publicado. No me atrevería a darlo a conocer tal y como se encuentra ahora mismo pues mi intención es que toque el corazón de los hinchas argentinos y sobre todo, los bosteros. Y para ello, debo aligerarlo de cultismos y expresiones ralas hasta conseguir que su lectura sea divertida y sencilla sin por ello dejar de tener pasión y calidad.

En próximos años, iré contando cómo surgió la idea de hacer esta novela y diversas anécdotas que me ocurrieron cuando la redactaba. Pero hoy en concreto, me gustaría dejar un texto que realicé hace casi una década sobre fútbol argentino. Ante todo, porque muchas de las ideas que desarrollaría en La Bosteriada se encuentran ya perfiladas en él. En particular, una que considero que es fundamental para entender mi épica novela y la locura que cientos de miles de personas experimentan con este deporte: el hecho de que la inmensa mayoría de ciudadanos argentinos sean hijos de la emigración, procedan de los barcos y habiten una tierra en la cual se exterminó a los indígenas. Lo que provocó que existiera una ausencia de referentes míticos e históricos para el italiano, el español o el alemán que devinieron argentinos (y perdieron su condición de europeos) por el mero hecho de desembarcar en aquellas tierras. Un vacío que ha cubierto en gran medida el fútbol pues ha sido a través de las hazañas de los futbolistas y equipos como, en muchos casos, se ha ido forjando la mitología heroica del país. Se ha intentado suplir esta carencia sobre la que Héctor Murena teorizara con impresionante lucidez en su  escalofriante El pecado original de América.

Obviamente, este tema da para mucho más y confío algún día poder desarrollarlo con la extensión debida. Pero mientras tanto, me parece que es suficiente con dejar un texto que fue el primero que urdí sobre este vehemente y apasionado fútbol. Y en gran medida, aclara las razones por las que desarrollé La Bosteriada de la manera en que lo hice. O al menos, da ciertas pistas de los caminos que fui recorriendo y los pensamientos que me fueron ocupando hasta componer la novela.

Eso sí, debido a su extensión, considero que es mejor dividirlo en dos partes. Hoy subo la primera y, mañana, si dios o Bosteus lo desea, haré lo mismo con la segunda.

Un aleph irremediable: el fútbol argentino

Cuenta Rodolfo Braceli en su excelente De fútbol somos, que semanas después del éxito obtenido por la selección argentina en el Mundial México 86, Carlos Salvador Bilardo arengaba sin cesar a unos chavales de 14 años durante un entrenamiento sin mayor trascendencia para todos menos para él. Bilardo gritaba y gritaba como si el éxito que embriagaba a la nación argentina fuese absolutamente irreal y su equipo hubiera fracasado en el mítico torneo. Como si no hubiera existido Maradona y el decisivo gol de Burruchaga contra el conjunto alemán no fuera más que un sueño forjado por la torpe mente de un demente. Bilardo gritaba y gritaba. ¿Por qué? Según parece, para que sus jugadores no erraran el pase decisivo en el Mundial del 90, para que ejecutaran bien los corners en el Mundial 94. Porque el tiempo es inclemente y no se cansa de rodar como el balón. Y Bilardo sabía bien que, atendiendo a una de las reglas no escritas de este deporte, quien es héroe hoy, mañana puede ser villano. De hecho, lo que se había conseguido ya estaba escrito. Pero todavía quedaban innumerables mundiales más por los que pelear y para los que prepararse, corrigiendo defectos, mejorando virtudes hasta el final de la humanidad que se corresponderá, porque la carne es la pelota y el césped la vida, con el del ocaso del fútbol.

Preguntado por lo excesivo de su actitud, por la locura de su expresión, Bilardo no se dignaba en contestar. Estaba fabricando a los futuros Simeone, Redondo y Ortega. Esto era más urgente que cualquier otra consideración y mucho más importante que él mismo porque el fútbol era más trascendental que su propia vida. De hecho, cuando se le preguntaba por la opinión de su familia sobre su comportamiento, Bilardo no tenía problema alguna en despachar la respuesta con su flema habitual, indicando que su mujer e hijos le querían y le amaban. Y porque lo hacían, comprendían que lo más importante para él era el balompié. Lo que, en cierto modo, demostraba que sólo su esposa podía ser su esposa y sus hijos, sus hijos, y le insuflaba aún más fuerza para entrenar a las futuras estrellas del fútbol argentino.

8 años antes, durante la final del Mundial 78 entre Argentina y Holanda, un poeta ciego, Jorge Luis Borges, que veía con claridad las tinieblas de su alrededor, comenzaba pacientemente y ante menos de 10 personas a dictar en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, uno de aquellos hermosos ensayos sobre la eternidad que le hicieron célebre. Y, mientras tanto, Ernesto Sábato, declaraba en uno de sus ensayos sentirse feliz por no haber nacido en Suiza. Un país sin conciencia trágica del tiempo ni de la historia. ¿Cómo  no iba a ser Suiza una nación gris, decía el escritor de El túnel, si su mito más conocido era el de Guillermo Tell? ¡Cuán diferente hubiera sido Suiza si Guillermo Tell hubiera fracasado en su intento y la flecha que lanzó hubiera impactado en el centro de la cabeza de su hijo y no en la manzana! ¡Estaríamos entonces ante una tierra trágica compuesta por poetas y héroes!

En fin, estas tres historias aparentemente sin un hilo conductor muy claro que las una, creo que son tres metáforas que devienen en analogías fecundamente misteriosas de un país condenado, por lo general, a enfrentarse con la promesa de lo que pudo ser -una potencia mundial- y lo que es -un país deudor-, y ayudan a centrar el tema que intentaré abordar y explicar: la relación sin igual entre los argentinos y su fútbol. Pues si bien los ingleses pudieron haber inventado el fútbol, se diría que únicamente a la Argentina pertenece este deporte al que han dado tres de sus más grandes embajadores: Messi, Di Stéfano y  Maradona. De hecho, pareciera que los argentinos no viven para el fútbol sino que es el fútbol el que vive por ellos de lo mucho que han jurado sacrificarse en voz alta defendiendo los colores de su escuadra favorita. Tanto es así que, en muchas ocasiones, el estado de salud mental de la nación ha dependido más de las paradas que pudieran realizar Gatti o Fillol que de su realidad social. Probablemente porque esta realidad ha sido muy esquiva, cruel y, ante todo, contradictoria. Pues, a pesar de ser un país en su mayor parte forjado por emigrantes, la riqueza nunca estuvo repartida equitativamente. Un pequeño grupo de terratenientes se hicieron con el control de inmensas tierras y el resto de la población tuvo que trabajar para ellos.

En gran medida, por ejemplo, la famosa separación entre civilización y barbarie propuesta por uno de los próceres de la patria, Sarmiento, en su Facundo, fue una división interesada. Una treta sutil de un agudo gobernante que entendió que, colocando a su clase en el bando de la civilización y a los contrarios en el de la barbarie, (para lo que le fueron de mucha ayuda la existencia de rivales como Rosas y Facundo, de los que se encargó de realizar una caricatura monstruosa cuantas veces pudo), podría legitimar sus intereses.

No es un capricho recordar, sin ir más lejos, que el mismo Sarmiento que narraba con nostalgia y encanto sus memorias en su Recuerdos de provincia y que, en cuanto le era posible, elogiaba el concepto de civilización, presentándolo como un ideal que debía instituir la grandeza de Argentina en América y el mundo, en cuanto dirigía la vista al desierto, exigía la matanza de los indígenas que aún vivían en su patria, despreciaba a los nuevos emigrantes procedentes de la Europa meridional y emitía teorías denigratorias contra los individuos de otras razas, ajeno a cualquier posibilidad de fecundo mestizaje. Y también merece la pena recordar que ayudó a implantar en la psique colectiva ciertas ideas procedentes del colonialismo inglés que, con las décadas, desembocarían en la progresiva descapitalización de las materias primas de su nación hacia determinados centros europeos y norteamericanos. Tampoco parece baladí, por otra parte, citar el fracasado proyecto liberal de Alberdi, el de Hipólito Yrigoyen, o los sucesos ocurridos en la década infame a partir de 1930 como grietas a través de las que se fueron sentando las bases y edificando las estructuras para que el país argentino terminara desembocando en su impotente e injusta situación actual. De la cual en parte es responsable, entre otras muchas causas, la inteligencia con la que Domingo Perón fue capaz de hacerse con el aprecio de las clases trabajadoras del país gracias a que, al no participar Argentina en la Segunda Guerra Mundial, había suficientes reservas para contentarlas y calmarlas dándoles en mayor o menor medida lo que demandaban. Consiguiendo, por tanto, dar un cierto aire marxista y nacionalista a su política que no obstante, continuó respetando a las élites y en ningún caso, hizo que los terratenientes o las clases altas perdieran sus privilegios. Un hecho esencial que explica tanto la dictadura de Videla como las otras tantas que se sucedieron a lo largo del siglo XX en un país, en esencia, rico, lleno de recursos naturales que, sin embargo, en cuanto tuvieron oportunidad, los militares no tuvieron vergüenza alguna en ceder a las potencias extranjeras en contra de los intereses de sus ciudadanos humildes a cambio de dinero fácil. De esa mítica plata (“argentum”) que da nombre al país que, según una leyenda mentirosa (gracias a la cual se consiguió atraer a varios conquistadores y aventureros durante el siglo XVI a estas tierras), fluía a borbotones de los ríos y afluentes del cono sur, con tanta naturalidad como el agua o la sangre lo hacen por el cuerpo.

Realmente, vistas -aun con brevedad- estas circunstancias, tal vez se comprenda cómo el fútbol se convirtió rápidamente en una especie de “buena nueva” para los marginados y nuevos emigrantes, cómo su práctica se convirtió en sinónimo de promesa, sueño a través del que podían hacerse un hueco en la sociedad. Llegar a ser reconocidos e incluidos en las vértebras de un mundo que los condenaba en un principio a la exclusión.

En el fútbol, al contrario que en la vida, no había diferencias. Todos podían jugar con el balón y ser aceptados por la sociedad gracias a su habilidad. El fútbol era la democracia y la libertad tantas veces prometidas por gobiernos ominosos. Un juego que donaba libertad de elección del individuo. Pues le permitía driblar obstáculos a izquierda y a derecha y decidir si centrar al raso o al aire o disparar para extasiarse en el coito inimaginable con la portería que establecía el balón cada vez que se introducía en ella y se escuchaba el grito de gol. (Continuará)

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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