Fútbol argentino: un mundo sin Dioses (2)

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Dejo a continuación la segunda parte del texto sobre fútbol argentino que colgué hace unos días; el cual fue la primera incursión que realicé sobre un fascinante tema que me me condujo hace años a escribir un libro, La Bosteriada, que confío publicar algún día. Cuando sea el momento adecuado.

Ahí va:

Habría que matizar que el fútbol no sólo significó una ventana y oportunidad de ascenso para los excluidos y marginados de la Argentina. No. De ser así, desde luego, hubiera gozado de una popularidad masiva pero, en ningún caso, habría llegado a convertirse en esa pasión que parte el alma de gran parte de la nación para lo que fue necesario que jugara el papel de metáfora heroica. Ocurre que en un país que no tenía más de cien años de historia, con apenas batallas sobre las que enorgullecerse, símbolos y mitos a través de los que forjar una identidad, el fútbol y sus mejores intérpretes, los futbolistas, vinieron a cubrir este hueco. Gracias a este deporte, los argentinos podían demostrarse a sí mismos y al mundo que eran capaz de vencer a cualquier nación practicando el deporte más popular de todos los tiempos que, con razón, se convirtió, con pleno derecho, en epifanía de la nacionalidad, en reivindicación de la argentinidad: rito colectivo, juego que psicoanalizaba al pueblo y le confería una identidad, heroísmo, pasión y vida a su imaginario simbólico colectivo. Cualquier victoria, teniendo en cuenta las circunstancias sociales antes aludidas, era un Aleluya, una exaltación de la patria; de su presente y futuro destino de grandeza; y de la importancia que ese nuevo país de la América del Sur estaba obligado a tener en el mundo. Los partidos de futbol fueron vivenciados, se experimentaron como si fueran batallas de guerra (pero sin sangre ni muertos) y el deporte en su conjunto comenzó, a su vez, a cumplir el papel de una religión que, al fin y al cabo,  había llegado a América a través del amor y no la espada y en cuyo nombre se habían cercenado millones de cabezas. Muy al contrario, el balompié no mataba a nadie. Sólo alegraba a unos muchos y entristecía a otros tantos. Hacía pasar mejor el rato. Aunaba colectivos, daba esperanza y forjaba identidades a gran y pequeña escala. Y llevado a su máxima expresión, podía ejercer como sustituto de la violencia y lo sagrado, convirtiéndose en una especie de maná orgiástico y catártico de una sociedad que cayó lógicamente fascinada por las diferentes escuadras que fueron haciendo leyenda en la Argentina: el Alumni de Jorge Brown, la Academia fundada en Avellaneda con el nombre de Racing Club, la maquina infernal del River de Labruna o el Boca Juniors de Mario Boyé.

Para los ciudadanos de una tierra que acababa de entrar en la vida de las naciones y se encontraba necesitada de instituir un estatuto y relato mitológico; un país que no tenía sus respectivos Ulises, Zeus, Eneas o Gilgamesh ni tampoco sus Quetzalcoatl o Huitzilopotchi (dado que se habían exterminado a la inmensa mayoría de los indígenas), los futbolistas, los equipos antes mencionados jugaron este rol. No fueron únicamente estrellas mediáticas y admiradas por su dinero; (esto fue una consecuencia a posteriori y por añadidura); sino que, en esencia, fueron héroes, guerreros, mitos y legendas; como los periodistas ejercieron el papel de  cronistas de sus batallas y luchas.

Además, los mitos iniciáticos de la Argentina eran en su mayoría ténebres. La primera fundación de Buenos Aires finalizó con la muerte de los conquistadores que desembarcaron allí, quienes llegaron a comer la carne de sus compañeros muertos para sobrevivir. Se exterminó a los habitantes legítimos de aquellas tierras, los indígenas, y las luchas a puñal o ciertas expresiones artísticas como el tango (que fue, en su inicio, un baile entre hombres que aguardaban su turno en la puerta de las prostitutas) no fueron reivindicadas sino hasta muy entrado el siglo XX dadas las connotaciones arrabalescas que traían consigo. Y, desde luego, un símbolo como Martín Fierro puede tener un gran interés literario o ser una especie de espejo a través del que muchos de los emigrantes llegados a la Argentina han podido comprender mejor su suerte pero, acaso por su aspecto salvaje, su destino maldito en la Pampa así como su historia de continuos vaivenes, en ningún caso, ha podido competir en lo que se refiere a impacto emocional con los goles de Kempes, los mágicos regates de Bocchini o aquel inverosímil primer gol que marcó Grillo en el mítico 3-1 que endosó Argentina a Inglaterra en el Monumental, allá por el 1953, que acunó tantos sueños de ciudadanos argentinos de la más diversa procedencia y, por supuesto, de futuros futbolistas empeñados en conquistar la gloria y la épica.

Observando todos estos antecedentes, tal vez se comprenda mejor (aunque sea sólo un poco) las razones por las que para los argentinos, el fútbol no ha sido tanto un deporte sino una batalla épica y, por momentos, una religión. Porque no existió allí un Aquiles encolerizado por la muerte de Héctor, un Hamlet obsesionado con el fantasma muerto de su padre, un don Quijote cabalgando hacia  el Toboso o un Prometeo corriendo tras  las manzanas doradas de los dioses, etc. Y, en definitiva, los mitos que fueron forjándose, surgiendo a lo largo de los escasos años de la historia de Argentina, no fueron lo suficientemente positivos y llamativos como para enraizarse en el inconsciente colectivo del pueblo.

Sabemos, sí, de historias de pillaje, de robo o del gran bulo de la riqueza fácil y muchos ejemplos que nos remiten a ellas pero ninguna consiguió lógicamente hacer soñar a niños y grandes, haciéndoles unirse en torno a un relato grupal que les permitiera elevarse como sí lo harían, por ejemplo, los regates de Diego Armando Maradona. Quien, convendremos, parecía estar destinado a nacer en aquellas tierras que, revisando sus condiciones históricas y sociales así como sus expectativas, estaban necesitadas de encontrar un héroe inmortal e invencible. Que, en este caso, además tomó connotaciones religiosas llegando a ser tratado de santo, o ser considerado un nuevo Mesías o incluso Jesucristo.

El Jesucristo de una de las religiones laicas, el fútbol, más poderosas del mundo actual. Una especie de Mesías capaz de unir en su persona, cualidades y características propias del inmisericorde y justiciero Dios del Antiguo Testamento,  (recordemos la victoria a Uruguay en el mundial 86 con la cual por fin Argentina se vengaba de la final perdida en el año 30; o los dos goles contra Inglaterra, el primero de los cuales  le hizo declararse elegido por dios), con las del Cristo del Nuevo Testamento, crucificado tanto por los hipócritas poderes legislativos de la FIFA (que encadenaron sus piernas rotas a la cruz del banquillo en USA 94 por un positivo todavía discutido, todavía comentado) como por su pueblo prometido, el italiano, (que si bien le acogió en Nápoles como si fuera un hijo pródigo o un santo, no le perdonó que comandara con su destreza habitual la selección argentina que eliminara a la italiana en la semifinal del Mundial 90).

De hecho, a Maradona únicamente le faltaba resucitar para agigantar su mito, y lo consiguió a lo grande, volviendo, (cuando muchos lo daban por muerto) en 1997 al club de su corazón: Boca Juniors. Con algún kilogramo de más y un tatuaje del Che a lomos de su magullado esqueleto, se convertía en voz y símbolo de una América rebelde que nunca se resistiría a ser doblegada por el primer mundo. Y, de esta manera, por si faltase algo ya, no sólo igualaba a Cristo sino que lo superaba (llegó a jugar más de 3 días al fútbol) en una carrera hacia las entrañas del mito en la que apenas tiene competidor. Porque finalmente se ha convertido en una especie de superhombre nitzscheano, más allá de lo humano y lo divino, tan cerca de lo grotesco y ridículo como de lo sublime, que ha demostrado ser capaz de superar lo insuperable: la paliza que Alemania le dio a su país en el mundial del 2010, cólicos renales, crisis de hipertensión, ingestiones abismales de droga, frecuentes separaciones de mujer y novias, hijos ilegítimos, envidias, juicios por evasión de impuestos, inquisitivas y maliciosas respuestas de periodistas, etc.. Es decir, se ha convertido en un tótem, más allá del bien y del mal, cuyo fuelle y poderes parecen no acabarse pues, como refleja alguna risueña caricatura, ha sido capaz de transmitir sus poderes divinos a su hijo futbolístico natural, su verdadero sucesor, Lionel Messi, que obviamente no podía ser de otra nacionalidad sino argentina.

De todas formas, independientemente y más allá de Maradona, Messi, Labruna, Riquelme y otros futbolistas elevados a la categoría de héroes y -como hemos visto- santos y Dioses por el pueblo, existe otra faceta a la que es necesario referirse para comprender ciertas características de la pasión (y en ocasiones ceguera) de los argentinos por su fútbol. En parte, ya hemos aludido a ella anteriormente pero conviene matizarla. Me refiero a la manipulación que los distintos gobiernos que han mandado en la Argentina han realizado del deseo y necesidad colectiva de la población por tener mitos. Al hecho de que hayan utilizado este amor sin freno al deporte rey para ir construyendo un imaginario (que revela un destino inmortal y grandioso para la nación) a la medida de sus intereses y que en absoluto se corresponde con el día a día de sus ciudadanos; a que se hayan aprovechado del fútbol  para intentar borrar o disimular aunque sea durante 90 minutos las diferencias existentes entre las clases altas y las pobres del país y, en su momento, (como es el caso de la dictadura de Videla), para silenciar las muertes y torturas que se estaban realizando. En cualquier caso, precisaré más esta última consideración pues considero que es bastante más importante de lo que se piensa.

Teniendo en cuenta que la mayoría de la población tiene un origen emigrante y que quienes llegaron al país durante el siglo XX y finales del XIX tuvieron que trabajar muy duro para hacerse con un hueco en el escalafón social, la liga nacional se convirtió en el espacio catártico, ideal para liberar tensión y dirimir las injusticias que vivían diariamente. Seres desclasados de los más diversos orígenes que peleaban diariamente por unos míseros pesos y se peleaban con todo tipo de obstáculos, encontraron en los equipos de su barrio una especie de consuelo y estímulo. Un símbolo con el que identificarse. Una especie de ejército al que seguir y defender con puños, violencia, gritos o como fuera, frente a otras hinchadas a través del que conseguían hacerse ver, ser escuchados aunque solo fuera por un instante, demostrando que existían, no eran nadie y esa tierra también les pertenecía. Pues tenían consigo un grupo de once guerreros que morirían por defender sus derechos sobre el césped de la cancha de fútbol. Por lo que se entenderá que no sea en absoluto extraña -más bien una consecuencia lógica- la violencia que hay tras los partidos y derbis del fútbol argentino (desde el enfrentamiento crucial, derbi de los derbis, que es el clásico de los clásicos argentinos, Boca vs. River o River vs. Boca hasta los Newells- Rosario central, Racing– Independiente, Huracán–San Lorenzo o Excursionistas– Defensores de Belgrano) y que sea lógico que exista (o se encuentre latente) tanto en los partidos de la máxima categoría como de la última. De hecho, teniendo en cuenta el comportamiento del ejército y las dictaduras antes mencionadas así como la violencia con la que las clases altas trataron a las bajas durante el siglo XX, lo extraño es que no haya habido más muertes en el campo y las gradas de juego dado que para muchísimos argentinos, el momento del partido del fúbol era y todavía es el único momento de gloria de la semana. O al menos el que justificaba gran parte de una existencia castrada y destinada a sostener a esas clases altas que, por otra parte, -como ya hemos sugerido- han estado siempre de acuerdo con la popularización de este deporte y mantener la situación como hasta ahora, para que la violencia real se dirimiera simbólicamente en el campo de juego, entre equipos, futbolistas e hinchadas rivales y no contra ellos. ¿Cómo pretender entonces que toda Argentina no se desangre en el día a día del fútbol o y que se cante la muerte del hermano y, al mismo tiempo contrario en todos los clásicos?

De alguna forma, la lucha entre las hinchadas argentinas recuerda a la de Caín y Abel. Dos hermanos que son maniatados, según las teorías gnósticas, por el Dios Yahvé, para enfrentarse entre sí y que reine el oscuro tiempo del diablo en este mundo. Caín sería el emigrante, el pobre, el desclasado rebelde a las leyes y Abel, el adinerado y rico que obedece las leyes porque le convienen. Si nos fijamos, el enfrentamiento Boca-River (dos equipos que nacieron en el mismo barrio) responde a estas coordenadas. Los aficionados  de River estarían de parte de Abel y los de Boca, de Caín. Un hermano, Abel, sería el civilizado, (River), el afrancesado dispuesto a lanzar su champagne de buen fútbol, exquisito y de calidad a los salones  de fútbol europeos, (como hacían los millonarios extravagantes de la Argentina a principios de siglo en los  principales campos de burguesía de todo Occidente), y el otro hermano, Boca, sería la voz de los negros, de los oprimidos, de los emigrantes que no tuvieron apenas más que un pedazo de carne al llegar a esta tierra y además tuvieron que aguantar las burla y bromas de los (así llamados) millonarios de la clasista sociedad argentina. Algo que explica el que en los cánticos de los hinchas de Boca se celebren la vagueza y arrogancia frente a un grupo social que quiso humillarles y tuvo que callar ante su buen hacer futbolístico.

Sucede, si nos fijamos, que tanto unos como otros  (los aficionados de River y de Boca) son, en su mayoría, pobres, (es decir, se estarían enfrentando caines contra caines) y que son manipulados por la dirigentes de los dos clubs que sí son ricos (Abel) y, en parte, ejercen el papel del Dios Yahvé en el mito del Génesis (al que sin duda sirven), que para los gnósticos era el diablo. Con lo cual es inevitable que, en gran parte de los casos, la fiesta fubolística degenere en violencia. ¿Cómo sino cuando el poder la ejerce  impunemente y el partido de fútbol únicamente sirve como arma manipuladora y atenuante de otro día más de violencia, real, administrativa, metafórica, absurda, vivenciada por el individuo como hastiante y absolutamente castrante? ¿Y cómo, por otra parte, no entender a ese argentino que está solo y espera y que no cesa de hablar y hablar porque está solo y espera algo que cree que no vendrá jamás que sería la justicia, y el orden y un país regularizado, normalizado donde no existieran ya más el  secuestro de almas o de dinero?, ¿cómo no comprender a ese argentino que, entretanto, de tan solo que está, lo único que puede hacer es ir a cantar un gol y reír aunque sea un segundo y volver al día siguiente, renovado en parte, a la vida cotidiana?

En fin, supongo que ha de ser difícil de seguir el tema del que hablo pero confío en haber ayudado a esclarecerlo en alguna medida y que, por ejemplo, ahora se entiendan mejor las razones de hablar de tres personajes tan dispares como Borges, Sábato y Menotti al principio de mi escrito.  Pues, al fin y al cabo, después de todo lo dicho, ¿cómo no comprender que cuando Jorge Luis Borges decidió impartir una charla sobre la cábala o Dante o la rosa de Milton el día de la final del Mundial 78 fue porque, de algún modo, estaba diciéndole a los políticos que su poder era de este mundo pero únicamente de este y por tanto, destinado a perecer; que no hay mejor manera que luchar contra una maquina de violencia que ignorarla? ¿Quién sino un esclavo, parecía decir Borges, podría extasiarse con un gol de Kempes cuando podría tener toda una eternidad por delante en un texto de Dante? ¿Quién es más afín al régimen del terror, un ciudadano cainita que, a pesar de las injusticias, canta los  goles de Luque a Perú en tiempos de horror u otro, Borges, que no reconoce al poder pues en el más principal de los actos del régimen imperante organiza su propio evento alternativo que invalida al poderoso de cualquier posibilidad de manipularle?

¿Y cómo no entender que Borges eligiera ser enterrado en  Suiza, (donde ciudadanos de distintos países europeos consiguieron convivir armoniosamente en un espacio neutral) alarmado y asustado ante el comportamiento de sus compatriotas enfrentados constante y mutuamente entre sí, que no lo  aceptaron en su integridad hasta que murió? ¿Cómo no recordar que Borges era ciego pero veía que más que la mayoría de sus contemporáneos?

¿Y cómo no entender que Ernesto Sábato (que siempre achacara a  Borges su escasa implicación con la realidad) optara por una ética existencial por y para el pueblo y eligiera morir en Argentina? ¿Cómo no comprender que años antes de su muerte paseara por la cancha de San Lorenzo, el nuevo Gasómetro, repartiendo libros a gentes que lo abrazaban y reconocían como aquel que compartía su destino trágico con ellos; se sentía horrorizado del escaso sentido trágico del país suizo y que fuera en oficinas de, en sus palabras, oficinas como Estrasburgo o Ginebra donde se diseñaran los destinos de los niños que se le abrazaban y que cantaban cada domingo los goles de los equipos de fútbol como si cada uno de ellos fuera una salida en el túnel de asfixiante soledad al que les condena el hambre o la ausencia de derechos? ¿Y cómo no comprender que frente a la miseria de gran parte de la población, la ausencia de mitos y héroes de un pueblo partido entre la indiferencia de Borges y la raíz trágica de Sábato, muchos   futbolistas consideraran que debían ponerse al mando del país para sacarlo adelante? ¿Cómo no entender que Maradona amenazara tras la crisis del 2002 con presentarse como presidente o que  Carlos Salvador Bilardo lo intentara sin programa ni partido, afirmando que con trabajo y trabajo y trabajo igual que pudo construir y formar a los Redondo, Simeone, Ortega del futuro, sería capaz de erigir los sostenes, los futuros héroes civiles de un país que en cuanto un arbitro de por iniciado un partido volverá a estar separado de nuevo; deseando que pierda o gane la barbarie (Caín) o la civilización (Abel) sabiendo en el fondo, que acaso ambos estén derrotados debido a la ancestral ceguera del ser humano?

¿Cómo entonces, después de todo lo dicho, no comprender el ruido de las bestias que desde las tinieblas de la razón que son la Bombonera,  el nuevo Gasómetro, o desde el Monumental alientan a su equipo? ¿Cómo no entender que cientos de ciudadanos sin posibilidad de tener voz e influencia real en la vida social alienten al equipo de sus sueños, (ese que sienten en lo más íntimo, ahí dentro y solamente justo ahí dentro), gritando como salvajes entre llamas que desearan ser liberados de su condena, aquello de “Boca, River, San Lorenzo, Independiente, esta campaña volveremos a estar contigo/ te alentaremos de corazón/ que esta es la hinchada que te quiere ver campeón/ no me importan lo que digan/ lo que digan los demás/ yo te sigo a todas partes/ cada vez te quiero más”? Y a estas alturas, y supongo que ya en confianza, ¿cómo, decidme, cómo podemos pretender conocer, comprender a Argentina sino es por su fútbol y gracias a su fútbol que no podrían existir el uno sin el otro?, ¿cómo no entender la trascendencia que existe detrás del movimiento de un balón para esos chicos que juegan en las calles, en el potrero y las villas soñando con un gol que les saque del hambre o haga delirar a una nación que si la vida fuera justa, debería ser lo único necesario para ser feliz y vivir y cantar y celebrar esta existencia con alegría como si fuera un carnaval y no el funeral en que tantos políticos y militares la han acabado convirtiendo? Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

 Cuando el carro se rompa, muchos os dirán por dónde debiáis haber pasado

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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