Hugol

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Más que un futbolista, Hugo Sánchez era un gimnasta. Un trapecista del área. Un malabarista al que muchos confundieron con un payaso porque convertía el campo de fútbol en un circo. Su actitud, de hecho, era la de un astro del espectáculo. Esperaba su momento pacientemente hasta que el balón llegaba a sus pies y a un toque y en menos de dos segundos, solía inventarse goles de fábula. De esos que abren tantas bocas como cierran. Por ello no importaba que Hugo apenas regateara ni defendiera. Ni que su despliegue físico no fuera avasallador ni fuera un futbolista especialmente táctico. Porque Hugo era el gol. Un delantero infalible. Obsesivo. Alguien que tenía entre ceja y ceja la portería contraria desde el minuto uno y le bastaban tres o cuatro intervenciones en un partido para dejar su sello. Hugo, de hecho, tenía el mérito de realizar con extrema sencillez disparos imposibles, era capaz de marcar de cabeza desde cualquier lugar del área y ejecutaba con idéntica soltura y desparpajo una chilena que un penalty. Convertía los centros al área en penas máximas y cualquier balón que tocaba en una oportunidad. Y desafiaba constantemente las leyes de la gravedad y la lógica elemental a través de remates que de haber aparecido en un dibujo animado nos hubieran parecido inverosímiles. Ocurre que además, no era precisamente un hombre humilde. Era de esos jugadores que están encantados de conocerse y disfrutan de su condición de estrellas sin remordimiento alguno. Gozan haciendo girar las cabezas a su paso. Por lo que pronto se convirtió en objeto de admiración e ira de muchos aficionados. Un hombre polémico y controvertido.

No creo, no obstante, que Hugo fuera una persona arrogante. Sí creo que era bastante egocéntrico. Un hecho consustancial a la mayoría de delanteros centro. Jugadores que suelen ser juzgados no tanto por su contribución al juego sino por los goles que marcan y además de luchar por los torneos colectivos a los que pugnan sus equipos, compiten por uno individual: el trofeo a máximo goleador. Y también pienso que era bastante orgulloso. Una característica que le fue de mucha ayuda a lo largo de toda su carrera pues sin ese amor propio rayando el narcisismo que le caracterizaba no creo que hubiera podido afrontar con garantías los dos máximos desafíos a los que se enfrentó: su desembarco en el fútbol europeo desde México y convertirse en el delantero centro del Madrid de la Quinta del Buitre. En cualquier caso, creo que Hugo era, ante todo, un hombre seguro. Tanto que a veces caía en la arrogancia o en un exceso de confianza que, en algún momento, le hizo no estar concentrado como debiera en el campo. Algo que no obstante, no era habitual pues Hugo era un valor sumamente confiable.  Era un acorazado. Vivía de su olfato. De su habilidad para estar en el lugar exacto. Y era muy difícil que se desconectara del juego porque no era tanto de tener el balón en sus pies ni de organizar las jugadas sino de remacharlas. Se sabía que podía estar sin tocar la pelota durante muchos minutos pero bastaba con que la rozara para que algo sucediera. Se sintiera el peligro, la verticalidad, el deslumbrante aura que acompaña a los asesinos del gol. Era, por tanto, un jugador de instantes, de segundos. Un rayo apareciendo en medio de la lluvia inesperadamente.

Hugo Sánchez siempre fue en cierto sentido, alguien incómodo. Procedía de una familia demasiado acomodada mexicana como para convertirse en el ídolo de las clases populares. Y sin embargo, en España le tocó ser insultado en muchos campos y ser considerado un “panchito sudaca” por trabajadores que ni en varias vidas podía soñar con echarse al bolsillo el dinero que ganaba en una temporada. Fue un “europeizado” en su país y un “negro” jugando en el Madrid. Pero fue esa seguridad de la que he hablado antes la que le permitió sobrevivir e imponerse en ambientes hostiles y afrontar retos heroicos. Hugo, sí, era vengativo pero también frío. Un témpano de hielo hostil. No importa los gritos que recibiera que no parecían afectarlo. Actuaba con indiferencia a ellos y, en algún caso, hasta lo motivaban. Jugaba, sí, como si en vez de recibir constantes mentadas de madre, alguien lo estuviera halagando al oído. Pero bastaba que lograra un conquista para constatar que no olvidaba. De hecho, sus goles se hicieron famosos tanto por la belleza acrobática con que solía ejecutarlos como por la voltereta con la que los festejaba y los gestos de desprecio que muchas veces dedicaba a quienes habían intentado hacerle la vida imposible durante los 90 minutos.

Así era Hugo. Una mezcla entre un educado caballero y un sangriento salvaje. Un gentleman que se tomaba un whisky tranquilamente con su peor enemigo mientras iba acomodando su cuchillo en la espalda. Podía parecer distraído mientras un rival lo criticaba pero cuando menos se lo esperaba, aparecía con su cabeza en las manos sonriendo satisfecho y dedicaba un corte de mangas a los familiares del muerto. Alguien capaz de tomar té con un hijo de la reina de Inglaterra y extraerle una muela con extrema eficacia en su consulta de dentista y minutos después, tomarse unas cervezas en Tepito con Cuauhtémoc Blanco, realizar unas declaraciones explosivas o aparecer comandando un ritual en medio de la noche en honor a Tezcatilpoca con el rostro airado. Alguien tan imprevisible como genial. Tan difícil de interpretar en la vida como en los terrenos de juego. Tan duro y rocoso como para soportar con admirable estoicismo la pérdida de un hijo y su hermana dando un ejemplo de comportamiento como lo suficientemente sensible para desarrollar una extraordinaria capacidad de empatía y no olvidar jamás las afrentas cometidas contra él. Alguien, sí, sofisticado y barrial pero sobre todo, muy ambicioso. Con unas ganas de triunfar enormes. Pues sólo así se entiende que sin haber cumplido los 18 años ya estuviera integrado en la selección mexicana, que aguantara carros y carretas durante sus primeros meses en el Atlético de Madrid y hasta aceptara una bajada de sueldo para no regresar prematuramente con la cabeza agachada a su país o que aceptara con total naturalidad la titularidad en el Real Madrid. Convirtiéndose en el puntal de una generación de futbolistas a los que sólo le faltó la conquista de la Copa de Europa para trascender.

No es cierto en cualquier caso que Hugo no comprendiera el fútbol. Su idilio con el gol fue tan grande que algunos aficionados han llegado a pensar que en realidad, no era más que un ariete. Un superhéroe del área. Pero hay que recordar que un partido no consta tan sólo de las jugadas que aparecen en los vídeos sino que depende de innumerables detalles. Y Hugo tenía en cuenta muchos de ellos. De hecho, era tanto el rey del remate como del desmarque. Sabía jugar muy bien entre líneas y leía perfectamente, segundos antes de que se produjera, el sentido de la jugada. Y además, podía hacerlo en carrera. Tenía instinto. No necesitaba estar parado para comprender hacia dónde iría el balón. De hecho, esa era su gran virtud. Que era muy ágil mentalmente. Sabía lo que iban a hacer sus compañeros y rivales instantes antes de que ejecutaran sus acciones. Descifraba mentes. Era un adivino solar. Y si a eso, le unimos su flexibilidad y su instinto ganador, se comprenderá hasta dónde pudo llegar: a tocar el cielo con los pies y prácticamente convertir los campos de fútbol en su rancho privado. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

Los ancianos no tienen más futuro que su pasado

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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