Juan Román Riquelme: el último poeta.

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Hace casi más de un año que escuchamos decir a Juan Román Riquelme que dejaba como futbolista en activo Boca Juniors. Y, probablemente, para siempre el fútbol puesto que aunque hubiera decidido continuar jugando en Brasil o México, ya nada hubiera sido lo mismo ni para este mago del balón ni para sus seguidores de no poder verlo enfundarse la camiseta azul y oro. De hecho, resultaba difícil imaginarse al genial centrocampista a esas alturas de su carrera en otro club que no fuera el xeneize al que dio lo mejor de sí mismo y del que recibió afecto, pasión, amor y gloria dentro lo que fue una relación intensa, eufórica, épica y, por momentos, hasta apocalíptica que engrandeció a ambos. Afortunadamente, meses después, motivado por la vuelta al banquillo del equipo azul y oro del técnico que mejor lo entendió, Carlos Bianchi, decidió que se pondría de nuevo las botas y saldría corriendo al césped del estadio de fútbol donde tantos días de gloria vivió: la Bombonera.

En fin. Quiero dejar constancia meses después de este regreso porque en un mundo en el que el fútbol es una trampa mediática de control ciudadano y pareciera que no hay vida más allá de cinco o seis equipos y jugadores, para algunos -yo entre ellos- Román ha sido uno de los futbolistas más carismáticos y exquisitos de la última década. Al menos, con el que más he disfrutado. Un regateador de ensueño, de otra época, odiado y admirado a partes iguales. Una especie de artista rebelde e incomprendido del que se podía esperar cualquier cosa: un imprevisible e inesperado toque de balón, un regate de leyenda o una genial, inverosímil y precisa asistencia.

Aun recuerdo cuando una de las principales razones para levantarme los domingos era saber que ese día contemplaría de nuevo a este torero distraído desplazarse por una cancha, haciendo de cada partido, una obra de teatro, de un pase, un poema o de un chut a la portería, un momento mágico, sagrado. Merecía la pena ponerse en fila durante una hora únicamente para verlo. Observar sus ágiles desplazamientos o su templada conducción del balón, mientras la Bombonera en vez de latir, parecía que rugía y se incendiaba a través de gritos de sangre, pasión y locura que enaltecían a los gladiadores bosteros entre los que se destacaba, ante todo, él. Juan Román Riquelme. El emperador de aquel circo. El trapecista y el hilo. Una fina gacela que organizaba a todo el equipo a su antojo, cuyas carreras eran versos y sus regates puñales como su goles, símbolos de victoria para un pueblo herido que gritaba como un tiburón cuando Román agarraba el capote y decidía que esa, sí, era su gran noche, su día, su partido, y que todos los aficionados de Boca nos íbamos a ir a casa contentos.

¿Qué se puede decir, a día de hoy, sobre Juan Román Riquelme? Desde su debut en la Bombonera -de la mano de Carlos Bilardo- un 11 de noviembre de 1996 en un partido contra Santa Fe, se supo que no era un jugador corriente. Desde luego, no parecía el típico soldado bostero. Ni un militar xeneize. Por supuesto que era un guerrero pues de no ser así, no hubiera podido jugar en Boca ni hacer estallar la Bombonera como en tantas ocasiones conseguiría. Pero, en realidad, era mucho más que un bregador o un luchador. Mucho más. Se me ocurre ahora decir que se asemejaba una especie de caballero medieval que se planteaba el fútbol como un asunto de honor mientras, a su alrededor, la mayoría hacían cuentas de dinero o investigaban la forma de ganar un partido por las buenas o las malas. Pero tampoco sé si esta definición es exacta dado lo difícil que resulta describir a un jugador, ante todo, diferente. Distinto. Contradictorio. Ciclotímico. Tímido y explosivo al mismo tiempo. Como los grandes genios. Una especie de poeta maldito que, cuando estaba inspirado, era capaz él solo de desquiciar a los contrarios, tumbarlos en la lona y dejarlos sin ganas de jugar al fútbol durante una temporada. Un centrocampista de los de antaño que poseía además, algo de visionario y de incendiario en su forma de desplazarse por el campo puesto que se intuía, se sabía, que controlaba los espacios abiertos, libres del rectángulo de juego con solo echar un vistazo al posicionamiento de sus compañeros y los contrarios. Lo que lo hacía temible y reconocible. Radicalmente.

De lo que estoy seguro es que los ciudadanos argentinos no necesitan que se añada mucho sobre él. Y la mayoría corroborarán mis palabras puesto que han crecido viéndolo realizar jugadas angelicales y goles prodigiosos donde importaba casi más la ejecución que el gol en sí mismo. Pero me atrevería a subrayar que, a pesar de haber jugado prácticamente cuatro años en España y de estar en la era de Internet y la televisión por cable, todavía hay que explicar quién fue este muchacho, a muchos españoles y europeos que no supieron comprender ni entender su peculiar personalidad, dónde radicaban su magia y encanto y, todavía se preguntan el por qué en Latinoamérica se le considera un astro del fútbol. Lo que es comprensible. Porque, en realidad, es muy difícil descifrar muchos de los códigos de comportamiento según los cuales se regía Román en el terreno de juego y en la vida si no se ha vivido en Argentina. Si uno no se ha ensuciado las manos comiendo un asado con los amigos, destrozado unos botines pegándole patadas al balón en un potrero, visitado una villa o  presenciado en directo un partido de fútbol -no importa de qué categoría-. Ya que la personalidad de Riquelme -como la de otros tantos futbolistas argentinos, Carlos Tévez, “Burrito” Ortega, Diego Maradona- se fue forjando, construyendo en esos espacios. En lugares donde la pobreza era norma, el postre un lujo, la familia o los amigos íntimos, el más grande de los tesoros y el fútbol -sin dejar de ser el más lindo de los placeres- era el último madero al que agarrarse y hacer frente al naufragio cotidiano: trabajos mal pagados, hambre, situaciones límite o alcoholismo.

Si se entienden estas circunstancias, se comprenderán muchos de los momentos claves de la carrera de Riquelme así como algunos de sus inexplicables, contradictorios comportamientos para los europeos. Román tenía una debilidad -sus diez hermanos-, una pasión -el fútbol-, un sueño -jugar en Boca Juniors-, un gran amor -su novia de toda la vida- y varios amigos leales -su padre Enmanuel Ruíz que le transmitió su afición por el conjunto xeneize y varios chicos del barrio en que creció-. Y el resto no importaba. Nunca fue decisivo para él. Un hombre humilde, leal y fiel a sus principios. Educado en la calle y en el sudor de los pastos. Y, por tanto, poco capacitado para fingimientos, hipocresías o desenvolverse con soltura en ambientes sofisticados y cosmopolitas como los que conoció al llegar a España. Aquella España del 2002 en que  se encontraba extendido un alto grado de consumismo y frivolidad en amplias capas de la sociedad y cualquier club fichaba jugadores con sueldos galácticos como si fueran muñequitos de plomo.

Era obvio que Riquelme, -que no hubiera desentonado como extra en una película de Pier Paolo Pasolini- no iba a encajar en la España de Aznar. El era una especie de pícaro noble, un digno señor de los humildes con cierto aire melancólico y triste que lo hacía irresistible que lo único que pedía era que se le valorara por su rendimiento como futbolista y no por alguna otra circunstancia. Lo que lo alejaba de los deportistas tipo de aquella época quienes no admitían de pareja una mujer que no fuera modelo. Y estaban estructurados física y mentalmente como máquinas. Que es lo que nunca fue Román. Quien siempre vivió, se alimentó de la inspiración, en muchas ocasiones de su estado de ánimo y en otras, de su extraordinaria técnica y su clarividente visión del juego, para desplegar todo el fútbol que llevaba dentro.

Además, llegó al Futbol Club Barcelona en el peor momento de su reciente historia. Justo en los años en que lo presidía Joan Gaspart. Y se encontró con Van Gaal. Un entrenador que no pudo comprenderlo porque hablaban códigos diferentes. El holandés era una especie de sargento obsesionado con las teorías de fútbol total implantadas por Rinus Michels y, más tarde, perfeccionadas por el Milan de Arrigo Sacchi. Y Román, Román… no sé si realmente las conocía. Seguro que sí. Pero no lo aparentaba. Al contrario, parecía proceder de un lugar distante llamado utopía en el que la táctica no fuera importante a la hora de jugar al fútbol. Donde todavía se concibiera este deporte como un juego vistoso, emocionante o una actividad vibrante. De hecho, por su forma de concebir el fútbol, probablemente no hubiera desentonado, jugando junto a Garrincha, Puskas, Di Stéfano o Kubala. En aquel tiempo en que las televisiones transmitían los partidos en blanco y negro, y el, así llamado, deporte rey era considerado por muchos de sus aficionados como un divertido pasatiempo, y todavía no era el perverso negocio que hoy es.

Únicamente hay que revisar algunas de sus declaraciones y concepciones futbolísticas para cerciorar esta última afirmación. Juan Román nunca se cansó de repetir que para él, era el balón el que tenía que desplazarse por el césped y no el jugador. Por lo que desconocía conceptos como pressing o marcaje zonal. Además, decía disfrutar más dando una asistencia de gol a un compañero que marcando un tanto para su equipo. Y cuando se le preguntaba su opinión sobre tal o cual defensa cuya misión iba a ser obstaculizarle a lo largo del próximo partido, su respuesta solía ser clara y  concisa: lo más lindo del fútbol es crear. Esto es; asistir al compañero. Regatear. Conseguir que en el rectángulo de juego el espectador pueda contemplar algo muy parecido a una representación teatral o una obra de arte. Que es lo que él realizaba cuando se pasaba la pelota con sus compañeros como si tuvieran el balón pegado en una mano.

Efectivamente, Román no era un jugador común sino más bien  un eterno amateur al que no le sentaba bien el traje de profesional. Porque él estaba en el fútbol por la pasión, la elegancia, el arte, la belleza y no el rigor, la consistencia y el triunfo; aunque, obviamente, no le hacía ascos a este último como demuestran los muchos títulos que consiguiera con la camiseta de Boca Juniors. Y creo que fue ese aire de anti-futbolista, de poeta maldito, lo que nos hizo enamorarnos a mi y muchos otros de su estilo futbolístico. De aquellos dribling, tiros libres y pases que parecían sacados de una novela, de un cuento mágico  que ejecutaba con letal indiferencia, como si no fuera la cosa con él.

En fin. En otra época, en un mundo más justo -en el que no existiera la diferenciación entre primero y tercero- Juan Román Riquelme habría desarrollado toda su carrera en Boca. Y se hubiera ahorrado esos años de destierro -pues, en cierto modo, pueden ser considerados así- en España. Sí. Todos sabemos que se sintió muy bien en el Villarreal F.C. Momentáneamente. Pero nunca se le vio pleno. Absolutamente satisfecho. Como cuando entraba en la Bombonera, miraba a las tribunas, tocaba el suelo con una de sus manos y caminaba sonriendo junto a sus otros diez compañeros a saludar al enrabietado, desenfrenado público. Y aun así, gracias a su entendimiento con Mauricio Pelegrini  y su compenetración con todos aquellos sacrificados, dignos y, en algún caso, geniales futbolistas -Forlán, Cazorla, Arruabarrena, Senna, Sorín, etc- que formaron parte del submarino amarillo en los años -2003 al 2006- en que Román desembarcó en la ciudad valenciana, estuvo a punto de conseguir el pase a una final de la Champions.

Era la gloria eterna o el destierro absoluto. Tras un heroico y sufrido partido en el Emirates Stadium de Londres donde habían perdido por un gol a cero, el Villarreal jugaba ahora contra el reloj. Porque el marcador señalaba empate a cero en el Madrigal y se acercaba el minuto 90. Fue entonces, rozando el tiempo reglamentario, que José Mari fue derribado por un defensa “gunner”, y el arbitro señaló penalti. Durante unos segundos, el tiempo se detuvo. Si el Villarreal marcaba el gol, nos iríamos a la prorroga. Y, tal y como se estaba desarrollando el partido, era muy probable que los jugadores del submarino amarillo acorralaran al Arsenal en su área y terminaran por rematarlo. Obviamente, el encargado de lanzar el penal sería el líder espiritual, moral del equipo, Juan Román Riquelme.

No sé bien lo que le pasaría por la cabeza en aquellos momentos. Si hubiera marcado el gol, la gesta hubiera sido considerada como épica. Su figura, revalorizada. Y posiblemente se hablaría del equipo valenciano hoy en día, como se continúa haciendo en ciertos ambientes sobre el Nápoles de Maradona. Pero no sucedió así. Porque el destino se escribe con renglones torcidos. Román tiró a colocar, sin convicción ni fuerza, el arquero Lehmann bloqueó el balón sin excesivos esfuerzos; y, desde aquel momento, como en  sus primeros meses en Barcelona, Riquelme ya no estuvo más en la península ibérica. Desapareció mentalmente de allí y, más tarde, -tras forzar intencionadamente un conflicto con Pellegrini– físicamente. Probablemente porque sabía que nunca más tendría la posibilidad de jugar una final de Champions en un equipo como el Villarreal, incapaz de competir en presupuesto con los grandes equipos europeos. Y porque, probablemente dentro de sí, intuía que, de haber jugado en Boca, donde sí lo conocían y no lo valoraban únicamente como futbolista sino por quién era realmente, de haber tirado el penal, el balón sí que hubiera ido dentro. Seguro. Sin dudas algunas. Pues su corazón era azul y oro. Como el color del paraíso.

Lo cierto es que el recuerdo de aquel penalti perseguirá toda su vida a Riquelme. Cuando se haga un resumen de lo que fue su carrera en Europa, será inevitable citarlo. Pero sería injusto únicamente acordarse de este momento. Porque, en su etapa en Villarreal, Román tuvo tiempo de deleitarnos con partidos inconmensurables -¿quién puede olvidar su partido de fantasía, su actuación de tenor, frente al Inter de Verón y Zanetti en la vuelta de los cuartos de final de la Champions 2005/2006?- que, algún día, los verdaderos aficionados a este deporte rescatarán de las hemerotecas. Y además, como todos sabemos, esto fue una mínima parte de su vida. Pues la mayor parte de su carrera la desarrolló en Boca donde -aquí sí, sin dudas de ningún tipo- triunfó a lo grande y consiguió repetidas veces los más grandes títulos. Ok. Es cierto. Es verdad. Se le vio llorar alguna vez. Por ejemplo, cuando perdió la final de la copa Intercontinental del 2001 frente al Bayern de Munich. Y se le  vio también muy enojado, hace más de un año, tras perder la final de la copa libertadores frente al Corinthians brasileño. Pero esto, en realidad, no son más que meras anécdotas. Porque la historia de Román con Boca no es únicamente una historia de amor. Lo es, sobre todo, de sonrisas, júbilo, pasión, locura y  éxito. Mucho éxito. Como prueban las tres Copas Libertadores que ganó con el equipo, los múltiples títulos locales que conquistó o aquella mítica Intercontinental ganada al Madrid en el año del 2000 con un despliegue impresionante de este malabarista del balón detrás del que corrían incrédulos los jugadores blancos sin saber qué hacer.

Por eso, apenas hay tristeza cuando uno se refiere a Román. Todo lo contrario. Ante todo, hay agradecimiento por los cientos de jugadas y momentos que nos legó y forman ya parte de nuestra memoria colectiva. Aquellos pases de porcelana, medidos al milímetro que eran medio gol, que daba a Palermo o a Guilermo Barros Schelotto. Su impresionante, excepcional partido contra Palmeiras en Brasil en la Copa Libertadores del 2001. Tantos partidos decisivos, épicos frente a River  en que siempre daba lo mejor de sí mismo. Sus tiros libres de leyenda frente al Cucuta en la semifinales de la Libertadores del 2007. Aquellos regates inverosímiles con aroma de ángel y sabor de espectáculo. Tantos taconazos. O su monumental desempeño ante Gremio de Porto Alegre en la última Libertadores que conquistó Boca. Además de, ¿cómo no?, dos de sus más grandes obras maestras: los caños al Cata Diaz y a Yepes. Dos jugadas inverosímiles, picassianas, que únicamente un iluminado, un ser predestinado a jugar al fútbol antes de nacer, hubiera podido trazar, inventar o pensar realizar. Dos jugadas que resumen una personalidad, un carácter y que valen por todas las palabras de este texto. Pues ante ellas es mejor callar y dar las gracias a Dios por el fútbol y Román.

Un jugador especial que -además de todo lo referido anteriormente- nos ha legado una celebración de gol maravillosa conocida con el nombre del “topo gigio”. Una celebración que  dio la vuelta al mundo y que no me resisto a relatar. Pues fue, gracias a ella, que conocí a Román. Que vi por primera vez su estampa de poeta melancólico desplazándose por la cancha como si se tratara de un ángel caído. Y ya para siempre, caí hechizado por la Bombonera, Boca Juniors y el fútbol argentino. Con el puño en alto y los ojos encendidos por la pasión y el fuego que no se agota ni se apaga como las luces del alma de los corazones de la hinchada bostera. Listos para sonreír al cielo. A las tinieblas del corazón. Como arcángeles de piedra. Sabiendo que las victorias ya van a venir y no se nos pueden escapar.

En aquellos momentos, año 2002, Riquelme tenía problemas con la dirigencia de Boca por diferentes motivos como su deseado traspase al Barcelona, su ficha económica, etc. Y, después de marcar un gol con la cabeza en el clásico frente a River, -producto de un rebote tras haber errado un penal-, Román fue corriendo al centro del campo, alejando de sí a todos los compañeros que deseaban abrazarlo y, sin que nadie lo comprendiera en un principio, colocó sus dos manos sobre sus orejas y se quedó mirando, con actitud y rostro desafiantes, al palco presidencial de la Bombonera.  Un gesto monumental, inesperado e impredecible. Pues Román no despegó las manos de su cabeza durante segundos que parecieron siglos mirando a los dirigentes de Boca que no sabían cómo actuar: si festejar o mostrarse airados por la conducta de su hijo predilecto que ahora se mostraba díscolo, desafiante, rebelde mientras el público rugía coreando el nombre del gladiador, del luchador, del guerrero. Aquel que daba su alma sobre la cancha. Y hacía soñar a los fanáticos bosteros con goles y títulos que no cesarían mientras él tuviera el mando del equipo, el 10 a su espalda, y conservara en buen estado sus piernas y su mente privilegiada para inventar y trazar jugadas inverosímiles, eternas, infinitas. Sí. Poéticas.

En fin. Aquel día comenzó una pasión. Mi pasión inextinguible, secreta, pública y de amor por un equipo de ensueño que forzó a Joaquín Sabina a componer un himno inmortal -“De dieguitos y Mafaldas”- y conseguiría hacer temblar cada vena de mi piel repetidas veces gracias a tantos y tantos goles que quebraron mi garganta e hincharon y deshincharon mis pulmones conforme contemplaba cientos de batallas futbolísticas. Las decenas de goles marcados por Román en la Bombonera. El templo de los Dioses. La catedral que tanta felicidad me dio cada vez que veía aparecer por allí al profeta xeneize. Alguien que cuando se retire, desde luego no voy a olvidar. Y dejará un vacío en mi alma que me obliga a preguntar en voz alta ¿quién volverá a conmoverme, como lo hizo esta paloma mensajera del balón, sin aparente esfuerzo y con la inconsciencia y rabia que se le presupone a los genios? Dale Román. Y dale Boca. Eternamente. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

Quien no comprende una mirada, tampoco comprenderá una larga explicación

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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