Mágico

0

Con Mágico González se produjo un fenómeno especial. Generalmente, es el público que llena los estadios el que desea parecerse a los astros del balón pero en el caso del futbolista salvadoreño fue al revés. Él prefería ser (o al menos no le hubiera importado) como el vendedor de periódicos o salchichas. Se sentía más próximo de un fontanero a un albañil que de uno de esos atractivos titanes olímpicos que deambulaban por los terrenos de juego porque no buscaba la fama ni el reconocimiento. Era diferente, sí, un privilegiado, pero amaba al pueblo. Era un futbolista pasoliniano. Disfrutaba con la gente común. La vida en los barrios. Invitaba a comer a quien se le pusiera delante y si veía un pobre en su puerta pasando frío lo mismo le daba su chaquetón que le ponía unos cuantos billetes en la mano. Jugaba para divertirse, como si estuviera echándose una pachanga con los amigos o disfrutando de una comida en un mercado. No competía. Salía al campo a hacer arte. Dar algún taconazo. Probar una vaselina. Comprobar si se podía regatear dos o tres jugadores de una tacada por la banda. Y si se veía muy exigido por sus técnicos, no era extraño que posara su vista en la grada anhelando la suerte de muchos jóvenes que podían trasnochar sin tener por qué esconderse; sin la presión de tener detrás suya los anhelos futbolísticos de una ciudad entera y detectives pagados por los directivos vigilándole.

En Cádiz medio mundo miraba con asombro sus arrancadas imprevisibles desde el centro del campo y su despliegue de imaginativos y precisos pases y él miraba a los gaditanos con secretos deseos de disfrutar de los partidos de su equipo en las gradas compartiendo una copa de vino y unas pipas con sus colegas.

Para Cádiz, Jorge González era mágico y para Jorge González, Cádiz era mágica. No tenía comida ni en el frigorífico ni en la despensa sino en los bares y restaurantes. Cuando pisaba el Carranza siempre era febrero. Tiempo de carnaval. De chirigotas, baile y alegría. Una jugada suya valía unas cuantas veces el precio de la entrada pagada. Daba sentido a la vida. Despejaba los cielos. Era como un arranque furibundo a cantar de Camarón en medio de una noche de luna llena. Y cuando el Mágico estaba un poco triste o aburrido, esperaba que comenzara a anochecer, salía a darse una vuelta por sus calles y regresaba uno o dos días después con el bolsillo vacío, unas ojeras de caballo, el hígado roto y la camisa llena de manchurrones pero una sonrisa de santo de oreja a oreja. Contento de haber nacido, ser partícipe del milagro de la existencia -las buenas mujeres, el vino, el mar y la comida- y de no ser un esclavo más del capitalismo.

Mágico González fue el último de ocho hermanos y procedía de El Salvador. Un país donde se celebra estar vivo. La existencia consiste en dejarse ir. Fluir si es posible y disfrutar de la suerte poder comer y dormir bajo techo. Y obviamente, no tenía ni la mentalidad de un guerrero ni la de un atleta. No quería títulos. No buscaba la fama. Deseaba pasar por este mundo sin trabajar. Durmiendo a las horas que se le antojara. Por lo que cuando el Paris Saint Germain quiso ficharlo ni se presentó a firmar el contrato, en Valladolid jugó como si estuviera retirado hace tiempo porque el clima frío le deprimía y echaba menos el sol de Cádiz y no quiero ni pensar qué hubiera ocurrido si Berlusconi hubiera llamado a su puerta y le hubiera dicho que tenía que cortarse el pelo y vestir de Armani si deseaba fichar por el Milan.

En realidad, Mágico era un compadre. El loco en el Tarot. Un amigo hasta para sus rivales. Cuando los regateaba lo hacía en nombre del arte y no para desequilibrar un resultado. En ningún caso, para humillarlos o por alguna rencilla personal. El se dedicaba a pintar en el campo. Hacer lo que le salía del alma. A ir a su bola. No tenía estructura. Su ética era el placer, pero tenía unas condiciones técnicas que Maradona envidiaba, una visión de juego de águila y le bastaban cuatro o cinco intervenciones en los partidos para crear peligro y ordenar de manera intuitiva a su equipo. En un fútbol que se jugaba cada vez más rápido, él se empeñaba en hacerlo un poco más lento logrando que cuando agarrara el balón se hiciera el silencio en el Carranza como si fuera un torero o un sabio. Aunque se parecía más a un colega de Joaquín Sabina o a un gorrilla que a esas figuras. Por más que si hubiera que compararlo con alguien sería lógicamente con un cantaor flamenco. Uno de esos que hacen llorar a la luna cuando se parten la camisa a altas horas de la madrugada tras haber vaciado con el resto de los músicos una botella y durante el día duermen como marmotas y hacen esfuerzos por no incomodar demasiado a su mujer.

A día de hoy, Mágico es un misterio para muchos. Gente que no entiende a los cronopios ni saben lo que es el duende, miden a los futbolistas por sus estadísticas, a los artistas por sus premios y ventas y a la comida por su precio. Pero lo único inexplicable de Jorge González es su talento. Ese don divino. Cómo logró hacer con un balón profesional lo mismo que hacía con las latas de plástico con las que jugaba de niño. Cómo fue capaz de cintar jugadores con tanta plasticidad y agilidad sin necesidad de ser explosivo. O por qué lograba que la mayoría de sus goles poseyeran un sello tan suave y delicado. Que el balón cruzara la portería -o al menos diera esa impresión- a menor velocidad por lo general que la lograda por el resto de futbolistas. Algo que supongo que se debe en cualquier caso a que Mágico estaba más preocupado por la belleza de la ejecución que por el gol en sí mismo o la efectividad. A que Mágico cuidaba con idéntico mimo la pelota que el cuerpo de sus amantes. No la golpeaba. La acariciaba. La abrazaba. Le daba cariño. Y a continuación, la ponía con respeto y amor allí donde deseaba. La escuadra, el pie de un compañero o en la cabeza del delantero centro haciendo sonreír Dios y a los mortales. Shalam

إذا كانت الحياة تمنحك الليمون ، فقم بصنع الليمون

Si la vida te da limones, haz limonada

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo