Montañas

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Hay algo en los escaladores absolutamente incontrolable y quijotesco. Los ciclistas más carismáticos y enigmáticos del pelotón siempre son ellos. Así a bote pronto, me atrevería a decir que la fascinación que producen se debe al hecho de que todos tenemos la impresión de que no implica demasiada dificultad rodar en llano o descender un puerto. Cualquiera de esas actividades las puede realizar todo el mundo. Forman parte de nuestra vida normal y no tanto de la deportiva. Pero escalar una montaña son palabras mayores. Para eso ya hay que prepararse a fondo. Muchos ciclistas profesionales hacen el ridículo cuando las suben. Quedan expuestos al escarnio público. Lo que produce la impresión, supongo, que las cuestas son más para héroes que para deportistas. Y entre ellos, un grupo muy reducido cuyos integrantes se encuentran caracterizados por unos rasgos muy peculiares.

De Pedro Delgado, por ejemplo, lo sabemos prácticamente todo. Parece bastante claro que es un alma transparente que apenas guarda secretos. No hay que batallar con él para que desvele jugosas anécdotas de su profesión. Pero, aún a pesar de su predisposición, su personalidad continúa estando envuelta por un aura enigmática. Básicamente, porque era absolutamente ciclotímico. Imprevisible. Era más un poeta que un titán de la bicicleta. Y ninguna de sus palabras ni declaraciones han logrado oscurecer ese brillo eterno que tienen las imágenes de sus míticas subidas a puertos españoles y franceses: Lagos de Covadonga, Luz-Ardiden o Alpe d’Huez. Porque, repito, los escaladores irradian una luz especial a la que cuesta ciertamente encontrar una explicación.

De hecho, lo mismo que acabo de afirmar del ciclista segoviano creo que se puede indicar de alguien tan reservado y educado como Lucho Herrera, un hombre tan correcto como Fabio Parra y no digamos ya de individuos del cariz de Marco Pantani, Luis Ocaña o José María «el Chava» Jiménez cuyos gestos delataban que vivían en otra frontera y siempre al límite.

Marco Pantani, por ejemplo, era un incontrolable aventurero. No subía las montañas sino que las abordaba. De ahí su sobrenombre -(es un decir)- del pirata. Un guerrero salvaje para el que, cuando se subía a una bicicleta, no existían normas. Tan sólo hazañas que realizar. Motivo por el que cuando lo veíamos pedalear, parecía estar realizando un concierto de post-punk y no una empresa deportiva. Demoliendo carreteras a ritmo de un tema hardcore. ¿Y qué decir de Luis Ocaña o «el Chava» Jiménez? El primero corría como un nihilista. Era un eterno descontento. Competía porque era un rebelde. Por odio a la normalidad y no tanto por amor a un ideal. Se nutría de contradicciones. Se motivaba más cuando perdía con Merckx que cuando de tanto en tanto le vencía. Salir campeón era casi una vulgaridad. El principio del fin. Y el segundo, más que un ciclista, parecía un artista maldito. Alguien que se subía a una bicicleta para luchar contra sus demonios y abordaba los puertos de montaña como Rimbaud las leyes métricas y los típicos ripios poéticos. Para incendiarlos y crear un nuevo mundo espiritual. Exigir misericordia por su alma como pudiera hacerlo un místico arrepentido por haber pecado.

La grandeza de los escaladores radica, en cierto modo, en que unen suplicio crístico y éxito profesional. Sufren públicamente. Su intimidad queda al descubierto en cada una de las rampas que suben, las cuales son metáforas de sus deseos de trascender. Alcanzar un nuevo estadio espiritual. Por eso da la impresión de que con la mayoría de ellos se pueden tener profundas conversaciones. Si hay un filósofo en un pelotón ciclista, casi seguro que es el que se alza como una gacela cuando las carreteras se empinan. Aquel que mira antes que nadie hacia el cielo. Están en definitiva acostumbrados a retos tan mayúsculos que siempre he tenido la certeza de que podía mantener conversaciones sobre los asuntos más trascendentes de la vida con ellos. Que cualquiera de sus gestos estaba cargado de un significado especial. Porque, en realidad, siempre han estado del lado de los débiles y los raros.

Gracias a sus enormes condiciones físicas, Miguel Indurain se transformó en un buen escalador. Tony Rominger también. Y eso los hacía respetables, pero no admirables. Porque ninguno de los dos era un escalador puro. Eran rodadores, contrarrelojistas que subían perfectamente cualquier puerto. Con la técnica adecuada y la potencia precisa. Pero lo hacían sin poesía. Se admiraba su constancia. Su profesionalidad. No su genialidad. Porque no eran artistas. Y, querámoslo o no, (no importa que sea un mito falso) la facultad de un escalador tiene más que ver con el talento puro que con el trabajo metódico. Más con lo imprevisible y la inspiración que con la prosa y la disciplina. Los contrarrelojistas y sprinters son parecidos a máquinas. Sus músculos tienden a parecer utensilios tecnológicos. Los escaladores sin embargo son tan parecidos al resto de los humanos como a los héroes. Así que no resulta extraño que muchos de ellos hayan terminado trágicamente con su vida. Porque son equilibristas. Siempre están a un golpe de pedal de la gloria y a otro del abismo.

Las grandes gestas ciclistas se han escrito en las montañas. Uno no lee un libro de ciclismo para saber de una escapada si no es para completar un dato ni ve un vídeo de una antigua vuelta o Tour por un motivo distinto. Uno abre las páginas de la historia del ciclismo para leer sobre las grandes etapas de montaña. Lo hace para saber de los míticos puertos en los que se han escrito las mayores hazañas.

El nombre de un ciclista grabado con tiza barata en el Mortirolo podría pasar perfectamente por encontrarse embalsamado en oro. Posee un fulgor que parece eterno. Puro acero. Pero ese mismo nombre dibujado en una meta volante o junto a una valla en el transcurso de una etapa en llano parece pasajero. Volátil. Destinado a borrarse y confundirse con el olvido y no a permanecer obstinado en la memoria como los nombres de quienes elevaron sus brazos o simplemente dieron guerra o se alzaron durante unos minutos sobre el sillín de sus bicicletas al atravesar las rampas y curvas de, por ejemplo, El Passo dello Stelvi o el Angliru. Del mismo modo, cuando el público contempla y anima al pelotón en una ciudad o una recta larga situada en una autopista, podría decirse que aplaude a fantasmas espectaculares. Símbolos deportivos. Ídolos televisivos. Pero que cuando lo hace en una montaña, abre el paso a espíritus inmortales. Santos. Hombres que recorren senderos ignotos. Shalam

الحسنات الإجبارية ، والواجب هو الرق

Los favores obligan, y la obligación es esclavitud

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:..cuando en blanco y negro un ciclista de cuenca se cayo bajando y perdio el tour…muy capacitado….
    2ºimagen:…..empinado en la bicicleta se movia a impulsos….. meses despues de ganar el tour la medicacion fue dada como doping………….
    3ºimagen:…..el banco de mario conde……ciclista y rockero….de los del club de jim morrison……..
    4ºimagen:…..ciclista y rockero…..de los del club de jim morrison……….

    • 1) Ese rostro resuena a bares de carretera de antaño. Quién sube es un deportista heroico pero podría ser un esclavo romano. 2) Aquí dos galeotes que reman junto a Charlton Heston en Ben-Hur. 3) Podría pasar por ser el mejor compañero de El Jabato. Uno que lucha junto a él en segundo plano pero con enorme gallardía. 4) Soy una vícitma del rock and roll

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