Socrates

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Sócrates fue un futbolista elegante. Puro pop. De esos pocos que piensan antes de golpear el balón y dar un pase. Era realmente fascinante contemplarlo jugar porque, a pesar de su agilidad y rapidez, siempre imprimía pausa a las jugadas. Se tomaba un segundo más de lo normal para ejecutar cualquier acción. Los defensas sufrían mucho al marcarlo porque a esa pausa le añadía agilidad e inteligencia en sus movimientos. De hecho, era un jugador que reflexionaba con o sin balón en los pies hasta el punto de que parecía tener siempre un plan en su cabeza. Facultad que lo convirtió en un organizador pese a que su verticalidad y peligro le hicieron ocupar el puesto de delantero en sus inicios. No obstante, su visión de juego era muy amplia y hubiera sido un desperdicio colocarlo junto al área puesto que, a pesar de que regateaba sagazmente y colocaba sus disparos con precisión artística y matemática, sabía intuitivamente organizar a su equipo, descargar el balón a las bandas y ocupar o liberar espacios para o bien tranquilizar o imprimir ritmo a los equipos que comandaba. Además, transmitía calma y serenidad y buenas vibraciones. Porque incluso en los partidos más importantes, Sócrates parecía disfrutar. Estar divirtiéndose o correr con la misma actitud de quien pasea por el monte, toma una copa en un bar o asiste a una clase voluntariamente. Consciente probablemente de que el fútbol no es un asunto de vida o muerte ni tan trascendente como tantos periodistas a sueldo del estado afirman que es, sino más bien una actividad lúdica y ancestral. Un rito del que participar para ampliar los conocimientos del ser humano. Razón por la que siempre respetó a los adversarios y admitió por ejemplo, con lucidez y franqueza, que Brasil podía haber recibido ayuda de los altos estamentos en su encuentro contra España durante el Mundial 86 por intereses económicos.

Los padres de Sócrates eran, además de unos impenitentes demócratas, cultos y leídos, y por ese motivo tanto su nombre como su comportamiento dentro y fuera del campo remitían al filósofo griego y a la conquista de la libertad. Si el fútbol brasileño es, en esencia, una samba continua, Sócrates era un miembro de Pink Floyd en medio de ese carnaval. Puro prog rock sonando en un festival playero. Una cita de Schopenhauer entremezclada entre las habituales noticias sobre fichajes y goles. Era, sí, un deportista ilustrado cuya sabiduría y saber estar aportaban glamour y una dimensión de trascendencia al juego. Alguien cuyo porte y figura (medía más de un 1 metro 90 y sólo calzaba un 37 de pie) pero sobre todo, su estatura intelectual iban mucho más allá de los clásicos futbolistas.

Fue de hecho respetado y admirado tanto por haber logrado licenciarse de doctor en la Universidad de Medicina como por sus agudas citas a Maquiavelo o Gramsci en tiempos en los que los periodistas se felicitaban si encontraban futbolistas capaces de reflexionar un poco sobre su actividad o hilvanar varias frases sin trastabillarse. Aunque sobre todo, fue querido como un líder y hermano por su activismo político. Su decisiva participación en la mítica Democracia Corinthiana. Un experimento único en la historia del fútbol (y casi en el de la sociedad en su conjunto) que merecería un avería aparte. Probablemente una novela acaso. Puesto que, durante dos años, todos los integrantes (también utilleros y masajistas) de la plantilla de Corinthians votaban para decidir el horario de entrenamientos, los horarios de viaje, alineaciones, nuevos fichajes y todo tipo de cuestiones más o menos importantes del club paulista. Lo que fue generando un clima de unión y armonía en un equipo que se empeñó en hacer realidad una utopía conquistando con autoridad y alegría dos ligas brasileñas que no sólo enorgullecieron al pueblo en su conjunto sino que pusieron en jaque a la dictadura militar de tal modo que, al calor de su éxito, el parlamento se vio obligado a retratarse rechazando unas elecciones presidenciales directas que no obstante, por fuerza de Sócrates y sus muchachos y las multitudes que los adoraban, cada vez se veían más cerca. Hasta el punto de que su ejemplo e impulso fueron claves para la progresiva disolución del autoritarismo brasileño y la llegada de un régimen mucho más blando con apariencia democrática que fue poco a poco poniendo las bases del sistema político del Brasil actual en el que la figura de Sócrates fue adquiriendo cada vez más relevancia. Tomando estatura mítica a pesar de que, tras su retirada, el jugador -inquieto de por sí y deseoso tal vez de vislumbrar el lado oscuro humano- no encontró mejor compañera con la que llenar sus vacíos existenciales, que la botella. Cayendo en el alcoholismo que fue responsable último de su muerte.

En realidad, Sócrates solía beber incluso durante su etapa profesional. También por supuesto fumaba sus cigarrillos de tanto en tanto. Porque para él, el juego era una forma de expresión. Un trance. Un medio de intentar ser libre. Y no tanto una obligación sometida a un rigor profesional. Y en esas condiciones, una copa de vino, un cigarrillo eran más condimentos para disfrutar la vida y saborear aún más su etapa como futbolista que obstáculos para su rendimiento deportivo. Al fin y al cabo, Sócrates estaba en contra de los ejércitos. De la disciplina absoluta. Y por eso no logró adaptarse al numantino, espartano y sumamente competitivo fútbol italiano de los 80. Pasó un año en la Fiorentina y volvió inmediatamente a Brasil. Porque él no era un militar. Era un artista. Transmitía sensaciones con el balón. Se entretenía tirando penaltis con el tacón durante los entrenamientos, pasando el balón al primer toque como si estuviera danzando y marcando goles que eran parecidos a lienzos renacentistas. Introducía ciertamente el balón en las porterías contrarias con la calma con la que subrayaba pasajes de la obra de Séneca en su salón e igualmente, cada uno de sus movimientos tenía una inmensa fuerza simbólica. Levantaba el brazo tras un triunfo con la fuerza y orgullo con la que lo alzaban los revolucionarios que luchaban en medio mundo contra el fascismo. Y todas sus palabras desprendían una inmensa franqueza. Humildad, capacidad de autocrítica y observación e incluso una enorme fuerza profética. Tanto es así que, como lo había deseado expresamente, el mismo día que murió, Corinthians salió campeón en Brasil y los jugadores rodearon el círculo central repitiendo el gesto de gladiador que lo hizo célebre. Conscientes de que con Sócrates no sólo moría un excelente jugador de fútbol sino un icono cultural. Un hombre solidario enamorado de su pueblo que, más allá de sus virtudes y defectos y de las lógicas fallas de su pensamiento político, había luchado por hacer del mundo un lugar más justo. Más digno. Se había dejado la vida por hacer realidad esa frase (real o verdadera) que reza que “no conoce la alegría quien no ha ido jamás a Brasil”. Shalam

يستخدم الإنسان للشرب دون الشعور بالعطش

El hombre acostumbra a beber sin tener sed

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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