Un lector de Lautreamont

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Laurent Fignon era un hombre de extremos. Una explosiva combinación entre un burgués mimado y egocéntrico y un rebelde. Podía, de hecho, haber pasado perfectamente por uno de aquellos jóvenes que volcaban coches en las calles durante mayo del 68.

A lo largo de su trayectoria, hubo muchas personas que se escandalizaron por sus salidas de tono, mal humor o irreflexivos actos como aquel violento escupitajo que pegó a una cámara durante el Tour del 89, pero debo reconocer que no es ese mi caso. A mí su comportamiento me parecía normal. Pues el arisco carácter de sus compatriotas sumado al intenso amor que Fignon siempre confesó hacia la cultura, lo convertían en alguien difícilmente manejable y manipulable. Una persona con tendencia al exabrupto. Una bomba de relojería a la que podía uno imaginar perfectamente leyendo durante los inviernos a Lautreamont en un café; renegando de los mass-media con la sangre hirviendo mientras citaba una frase de Guy Debord; o, mismamente, apoyando alguna causa política tras asistir con su novia al pase de una película de Philippe Garrel en un cineclub.

De Fignon no recuerdo ninguna cualidad en concreto sobre la bicicleta más que su temperamento y carácter luchador porque, realmente, se le veía sufrir encima del sillín. Era uno de esos ciclistas de los que casi que podíamos sentir el vaho escapándose por su boca al expirar y las gotas de sudor deslizándose por su cuerpo.

Fignon reflejó básicamente de dos maneras la rabia y la furia que anidaban en su corazón a lo largo de su carrera: a través de su insistente esfuerzo, esa tendencia a continuar pedaleando en las condiciones más difíciles, y también por medio de su comportamiento irreflexivo. Pues si se le cruzaban los cables era capaz de realizar un demarraje o un sprint intrascendente aunque eso perjudicara su posición en la general. Algo, por otra parte, comprensible teniendo en cuenta que el ciclista francés era prácticamente un verso abisal de Rimbaud.  Parecía un ángel aparecido en medio de un arroyo en las páginas de un ensayo de Baudelaire y llevar grabado en su ADN la memoria de miles de revolucionarios heridos en su orgullo por la sociedad de consumo y el imperialismo francés.

Fignon, sí, era pura contracultura. Sexo libre, nudismo y unas pocas dosis de malditismo. Pero, ante todo, un mito del ciclismo. Un deporte en el que, desde su primera aparición, se convirtió en un cromo del álbum de los elegidos. Ganó un Tour (1983) siendo un desconocido y otro (1984) imponiéndose a Bernard Hinault con una insolencia y autoridad incontestables. Realmente, estaba llamado a marcar una época. Convertirse en un enfant terrible. Un impertinente maniquí de carácter orgulloso e introvertido cuestionado por la mayoría de los ciclistas del pelotón. Odios de los que se refugiaba en el amor conyugal y las tensiones metafísicas de los dramas de Shakespeare. Sangrientas puñaladas literarias que eran la mejor metáfora para describir sus pedaladas por los Alpes y Pirineos.


En cualquier caso, sus líneas de la mano debían encontrarse trabadas puesto que su destino no fue la gloria sino el claroscuro. Ser amado con idéntico frenesí por la gloria y la derrota, la victoria y la tragedia. Fingon perdió un Giro, por ejemplo, porque no corría contra otros deportistas sino contra todo un país. Un redil de mafiosos que utilizaron todos los trucos y trampas imaginables para desconcentrarlo, arrebatarle un triunfo que le pertenecía y entregárselo a uno de sus hijos: Francesco Moser. Y además, sufrió una lesión de rodilla que lo apartó de la primera línea del batallón durante 3 años y casi acaba prematuramente con su carrera. Pero el ciclista galo era un orgulloso jabato y no sólo volvió sino que se tomó la revancha de aquel viejo Giro robado. Al momento, un redil sumiso de periodistas se postraron ante su figura anunciando que había regresado el rey, el profeta del ciclismo en los 80 pero, a las pocas semanas, perdería un Tour por 8 segundos. Un trauma del que ya no se levantaría y lo perseguiría de por vida, casi como el fantasma de su padre a Hamlet. Tan grande fue el dolor que debió sentir que, probablemente, viéndose ya incapaz de reverdecer viejas hazañas, revelaría años más tarde un secreto a voces que sólo un inconformista salpicado por el drama como él, estaría dispuesto a confesar con desparpajo: que se había dopado durante gran parte de su vida deportiva como, por otra parte, la mayoría de sus compañeros. Otro escupitajo a ese capitalismo que lo había encumbrado y destrozado, al que parecía tener más rencor que aprecio.

Parece obvio que la muerte de Fignon no podía ser justa ni tranquila, tal y como se desarrolló su vida. De hecho, fue tan prematura como su ascenso al Olimpo de los elegidos o sus lecturas de autores malditos y sesudos ensayos. Víctima de un cáncer a los 50 años, nos dejó para siempre dando razón al odio y rencor con que parecía manejarse tantas veces en la vida. Esos gestos airados que, en el fondo, eran ramalazos de impotencia de un espíritu hastiado y desencantado por las trivialidades de la existencia. Alguien furioso por no ser inmortal, haberse convertido a la fuerza en un exiliado del Edén y poder únicamente soñar con recuperar su lugar junto al árbol del bien y del mal gracias a aquellas arrancadas, escapadas llenas de dinamismo y fuerza que realizaba por majestuosas montañas. Carreteras que se abrían a su paso como si fuera un hijo proscrito de los cielos porque Fignon parecía correr para escapar de las llamas del infierno o destruir el firmamento. En definitiva, conseguir con el ciclismo aquello que ansiaba Rimbaud: la iluminación de los infiernos. Shalam

 خْزَى اللَّهُ الرأَيَ الدَّبَرِيَّ

¡Que Dios maldiga el consejo tardío!

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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