Virrey

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Carlos Bianchi no es un hombre fácil de desentrañar y descifrar. Sus años como jugador en Francia, lo convirtieron en un argentino cartesiano. El opuesto a esos locos llenos de coraje y garra que pueblan los banquillos. Un enamorado del fútbol que no hizo de su pasión un delirio ni se excusó en que las canchas sean una caldera para perder los estribos sino que mantuvo siempre cierta contención que le permitió acertar en los momentos decisivos. Es difícil encontrar vídeos que nos muestren sus cualidades como delantero. Pero en los escasos que he podido ver, se percibe su inteligencia. Unas distinguidas nociones tácticas que le permitían estar siempre en el lugar adecuado. Bianchi tenía un buen control de balón pero sobre todo, sabía colocarse en el campo. Encontrar el hueco libre y por lo general, era letal con el balón en los pies. No se complicaba mucho. No se gustaba. No humillaba a los rivales. Era cauto pero firme y habilidoso. No era el típico regateador. Era más bien un delantero con un olfato de gol muy acusado porque era capaz de pensar fríamente en situaciones de tensión. Para entendernos, una mezcla entre dos jugadores a los que luego le tocaría dirigir: Guillermo Barros Schelotto y Martín Palermo. Alguien muy ágil mentalmente que distinguía perfectamente cuál era la mejor opción de pase y sobre todo, para situarse en el área. Cuando Bianchi hacía goles los estudiaba. No sólo los celebraba, los analizaba. Y por eso, sin tener un físico espectacular ni destacarse especialmente en ninguna faceta del juego, hizo muchos. Porque tenía un cerebro superior a la media. No jugaba sólo con los pies sino, sobre todo, con la mente. Estudiaba las debilidades del rival y potenciaba sus cualidades. Sobre todo, su altura y su rapidez. Lo que le permitió convertirse en ídolo tanto en Vélez y el Stade Reims francés como en el PSG. Y, más tarde, lo catapultó a los banquillos.

De Bianchi como técnico no se habla hasta aludir a su primera obra maestra: el Vélez de principios de los 90. Pero antes, estuvo casi una década trabajando en Francia. Dirigió al Stade de Reims, al OGC Nice y al PSG. La mayoría de veces sin gran éxito -aunque al Stade lo llevó dos veces a unas semifinales de Copa- pero también sin grandes tragedias. Pero lo más importante es que esta formación le permitió desdramatizar el fútbol. Relativizarlo. Y le hizo distinguirse del resto de técnicos cuando volvió a Argentina. Pues donde muchos de sus colegas veían bombas, batallas y guerras, él veía simplemente fútbol. Partidos. Un trabajo que debía hacerse con profesionalidad pero no iba más allá. No podía destruir la vida de personas ni provocar muertes ni depresiones. Y esa serenidad, unida a sus privilegiados conocimientos tácticos, le sirvió de mucho para transmitir positividad a sus equipos. Convertir grupos de jugadores mal encarados en familias. Sacar lo mejor a sus dirigidos y que se expresaran en el campo con la menor tensión posible. Bianchi, sí, no era solamente un matemático del fútbol. Una mezcla entre un filósofico socrático y un científico del deporte. Era un padre. Un amigo. Un tío para ellos. Un educador. Algo sin lo que no se puede comprender el grado de empatía que despertó en futbolistas de los que conseguía sacar un plus más de rendimiento de lo normal. Y creo que es clave para comprender su éxito en Argentina. Un país donde errar un gol puede destrozar la vida de una persona para siempre. Pero también, para entender por qué nunca terminó de triunfar en sus posteriores excursiones europeas: la Roma y el Atlético Madrid. Clubs altamente profesionalizados en los que no podía ejercer el rol paterno para sus jugadores y su mensaje de calma chocaba con la visión maquinista de un deporte que no es tanto pasión sino negocio y son los representantes las figuras de confianza de los jugadores y no tanto el entrenador. De hecho, si la lucidez afectiva convirtió a Bianchi en Argentina en alguien admirado, en Europa su carácter templado y bondadoso no le permitió estallar. Le hizo casi que quedar ridiculizado en medio de la psicopatía resultadista cotidiana y precipitó su vuelta a un fútbol donde era idolatrado. Era considerado el Séneca de los banquillos.

Los equipos de Bianchi se destacaban por dos características: ser muy ordenados y muy pasionales. Eran metódicos e instintivos. Pero extrañamente, a pesar de encontrarse muy trabajados, siempre transmitían cierta naturalidad. Algo de picardía. Bianchi no era un técnico que tomara riesgos. Era muy calculador. Sus equipos se armaban a partir de defensas inexpugnables con laterales voluntariosos y amplio recorrido físico, centrales con planta de guerrero y un infatigable tesón y porteros con vocación de estrellas cuyo liderazgo moral era máximo: Chilavert, Óscar Córdoba y Abbodanzieri. El centro del campo también solía funcionar como un mecano porque aunque para él era una prioridad guardar sus espaldas, le gustaba controlar el juego. El ritmo de los partidos. Y nutría esa parte del campo con jugadores que manejaban bien el balón pero, a la vez, tenían la capacidad de sacrificarse y cubrían las zonas del terreno de juego precisas. Y sus delanteros solían estar muy bien colocados. Realizaban los esfuerzos justos y necesarios y solían recibir los consejos adecuados para extraer lo mejor de sus prestaciones.

Fue con esas pautas y sobre todo, transmitiendo humildad, garra y confianza, generando un ambiente sano, que Bianchi, por ejemplo, convirtió a un equipo de barrio, Vélez Sarfield, en una locomotora imparable de fútbol que no sólo conquistó varias veces el trofeo argentino sino la Libertadores y sobre todo, la Intercontinental. He visto en dos ocasiones el partido contra aquel Milán que venía de destrozar al Barcelona de Cruyff en Atenas y es realmente, una obra maestra. Resume en 90 minutos todas las cualidades de los grandes equipos de Bianchi: minimizar sus propios fallos, concentración máxima, eficacia, naturalidad, estudio absoluto del rival y una fe, obstinación y complicidad que subía cuatro cuerpos el rendimiento de cada uno de los jugadores. Aquel Vélez no era un máquina de jugar bien al fútbol. No era un equipo perfecto. Pero era muy voluntarioso. Una mezcla entre un ejército y unos hinchas. Y literalmente, sacó de quicio, casi anuló a un Milan que era por aquel entonces un prodigio tanto técnico como táctico.

Prácticamente, todo lo que acabo de decir sobre Vélez, se puede decir de las dos primeras etapas de Bianchi en Boca. Aunque lo de Vélez fue más milagroso porque no disponía de los medios económicos que en el conjunto xeneize. No obstante, Bianchi lo volvió a hacer. Convirtió a un equipo de futbolistas adinerados y egoístas en una familia y sobre todo, consiguió acabar con todo el ruido de fondo del mundo bostero y generar equilibrio y paz. Un ambiente casi zen. El Boca de antes de la llegada de Bianchi era un tractor acorazado. Un cabaret lleno de egos. Un explosivo prostíbulo de dinero y goles que se venía abajo con la misma facilidad con la que subía arriba. Un cohete futbolístico autodestructivo que parecía estar siempre de joda. Y él lo calmó. Le transmitió serenidad y vigor. Una estructura de juego y una visión clara de objetivos. Y lo transformó en un espectáculo deportivo por lo bien engranado que se encontraba. Por las buenas vibraciones que transmitía un entramado liderado por un celestial Riquelme que no obstante, estaba perfectamente armado. Y basaba su fuerza tanto en la conexión personal como en el rigor táctico y su tremenda competitividad. Al Boca de Bianchi, de hecho, no había que ganarlo. Había que rematarlo. Y ni aun con el cadáver en el féretro podía estar uno seguro de que estuviera muerto teniendo en cuenta la confianza que fue capaz de insuflar a unos jugadores que repitieron varias veces los éxitos de Vélez. E hicieron de Boca durante varios años el club más importante de América y el mundo no tanto por su calidad táctica sino por su disciplina. Su fe y su explosividad.

En realidad, repito, el éxito de Bianchi radicaba en convertir a sus jugadores en amigos. Personas dispuestas a morir por la causa. Siempre se preocupaba por ellos, les daba consejos y luego, se lo pagaban en el campo, dando el mil por mil. Muriendo por las ideas que con tranquilidad les había implantado en el cerebro este hombre con alma de psicólogo. Bianchi convirtió durante un tiempo a jugadores sacrificados sin buen manejo técnico de la pelota en estrellas y a hombres rocosos que no parecían dignos de jugar en Boca en baluartes de su equipo. Conseguía hacer de la mediocridad virtud y sacar excelencia de la medianía. Era más bilardista que menottista pero tenía muy en cuenta la inspiración y la alegría. Amarraba los resultados pero disfrutaba cuando se conseguían jugando bien por más que la mayoría de los partidos los ganaba por jerarquía. Hay algo del Boca de Bianchi en el Valencia de Héctor Cúper y en el actual Atlético de Madrid del Cholo Simeone. Eso sí, no era un genio. No era capaz de dar otra vuelta de tuerca más a la táctica como Marcelo Bielsa o Arrigo Sacchi ni descubrir nuevas facetas del juego como Cruyff. Pero tenía un amplio sentido común y unas nociones muy claras además de una amplia capacidad expositiva. Era el profesor ideal. El Robin Williams de El club de los poetas muertos diciéndole al oído de sus jugadores mensajes hedonistas llenos de lógica práctica: “para jugar bien hay que disfrutar. Y disfrutar, sólo se disfruta si se gana”.

Ciertamente, la última etapa de Bianchi en Boca no fue afortunada. Tal vez porque no tuvo a su lado a jugadores con tanto talento como en las dos primeras. Aunque más bien, creo que se debe a que su tiempo había pasado. A que su mensaje había quedado un tanto desfasado en un mundo donde los jugadores se encuentran más preocupados por su estado de facebook o twitter que por disfrutar del juego en sí mismo.  Y supongo que muchos jóvenes lo veían más como un abuelo cebolleta que como un hombre experimentado capaz de transmitirles valores y pasión. Antes, Bianchi era alguien que quitaba presión a jugadores que procedían de familias de escasos recursos económicos y que se encontraban agobiados y extenuados por los pedidos del públicos y los periodistas. Y el paso del tiempo, lo había transformado en un señor que no les metía la suficiente presión. Incapaz de penetrar en la psique del nuevo jugador fracturado por las redes sociales. Y por ello, tal vez lo mejor sea que ya nunca entrene. Y se dedique a comentar partidos y vivir en paz sus últimos años junto a su familia.

No obstante, lo cierto es que ha sido un ejemplo para muchos. Y tengo claro que otro rumbo habría tomado el fútbol argentino de tener referentes como él. Porque Bianchi prácticamente siempre ha demostrado estar por encima de las circunstancias. Es el Descartes de un mundo de locura y pasión. Un sabio haciendo equilibrio en los abismos. Shalam

اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

El diablo es optimista si cree que puede hacer peores a los hombres

 

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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