Todo será televisado

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Soy de los que piensan que la televisión refleja mejor nuestra época que cualquier ensayo filosófico. El problema es que suele hacerlo suspendiendo el juicio crítico. Lo que termina aplanando el cerebro. Pero eso no invalida su papel como espejo social que, bajo mi punto de vista, es tan o más importante que el distractor y orientador. Hace un mes por ejemplo se cumplió el vigésimo aniversario del estreno de Gran Hermano en España. Vista la experiencia que, aún estamos atravesando, casi que se diría que era un maquiavélico anticipo de nuestro futuro. De este confinamiento forsoso que nos ha convertido a todos en participantes de un concurso mundial que probablemente algún demagogo denomine como experimento sociológico, tal y como definían los productores al programa de Tele 5 cuando se les pedía que justificaran la existencia de aquella emisión.

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Existen bastantes diferencias entre la televisión de antaño y la actual. A mi entender, la más importante tiene que ver con el hecho de que antes solían aparecer en la pantalla personas con ciertas dotes comunicativas, artísticas, morales o atléticas. La televisión acostumbraba a presentar héroes y figuras modélicas que los espectadores deseábamos emular y malvados que tendíamos a detestar. Existía, dentro de la lógica manipulación, de la sistemática y progresiva tendencia a empujar en una u otra dirección, una clara diferenciación entre el bien y el mal y cierta libertad para escoger un camino u otro. Sin embargo, a día de hoy, la televisión está plagada de personajes hipócritas, ambiguos y frívolos con un comportamiento amoral. Aunque lo peor no es eso -puesto que bastaría con apagarla para librarnos de su influjo- sino el hecho de que terminaremos imitándolos aunque no sea esa nuestra voluntad. Comportándonos -lo sepamos y queramos o no- como ellos antes o después.

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Una serie como El prisionero ya anticipaba en gran medida nuestro distópico futuro pero aportaba una dimensión heroica al agente Número 6. Puesto que, aunque probablemente no tenía escapatoria, seguía luchando. Intentando descubrir la verdad. Era un referente a seguir. Algo que también ocurría con el mítico protagonista de El fugitivo. Una mezcla entre un héroe épico y kafkiano. Eso no ocurre desde hace mucho tiempo en el medio televisivo. Puesto que, como bien demuestra Black Mirror, ya no hay modelos morales a los que aferrarse sino perversiones sociales que cumplir y los deseos han pasado a convertirse en obligaciones. Por eso hace ya mucho tiempo que el ocio cansa más que el trabajo.

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Me he estado estos días acordando de que, cuando Gran Hermano se estrenó en España y luego en media Europa, Internet se estaba comenzando a implantar en nuestros hogares a marchas forzadas. Por aquel entonces, la figura de Bill Gates aparecía en todas partes De hecho, rápida e imprevistamente, se produjo una mutación del clásico y tradicional “Bienvenido Mr. Marshall” por el más moderno “Bienvenido Mr. Gates”. Creo que ahora quedan claras las consecuencias de haber aceptado aquella nueva colonización. En los años 90 no lo sabíamos, pero a pesar de que los telediarios y la ropa que vestíamos decían lo contrario de nosotros, también éramos pueblerinos. También éramos berlanguianos. Éramos, sí, los José Isbert de la era de la globalización. Pensábamos que gritábamos “viva la libertad” y en realidad, repetíamos: “vivan las caenas”.

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La televisión enseña más que los libros. Es más real y veraz que los libros. Más precisa y certera que cualquier texto analítico. Sin embargo, no se la descifra sin los libros. Por eso no había ninguno en el chalet donde se desarrollaba Gran Hermano y no hemos visto ninguno en los múltiples realities derivados de esta emisión que hoy se emiten. No por el timing. No por la audiencia. No porque una persona leyendo no dé morbo ni provoque conflictos y, consiguientemente, merme los beneficios económicos sino porque se convierte en un posible enemigo. Puede tomar conciencia de ser un prisionero y convertirse en un fugitivo. Un disidente. Abstenerse. No participar. La distancia que existe entre la televisión antigua y la moderna es idéntica a la que hay entre las dos series que acabo de citar entre líneas y los realities. Prueba de que el confort es la nueva esclavitud como de que “la nueva normalidad” que se nos vende tras la pandemia, es idéntica a la antigua pero sin hipocresías. Puesto que hace ya un tiempo que permitimos la censura y el control a cambio de que se nos permita seguir teniendo placer. Shalam

متع بسيطة ؛ هم الملاذ الأخير للرجال المعقدين

Los placeres sencillos son el último refugio de los hombres complicados

 

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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