La ciudad de los muertos

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Según parece, Petra, aquella mítica ciudad del antiguo reino nabateo, era un centro ceremonial. Una urbe consagrada a honrar la memoria de los muertos, ayudarlos a adentrarse en la otra dimensión y superar las pruebas que les aguardaban en el “otro límite”. Además, no era un vértice cultural y comercial de gran relevancia puesto que, aunque tradicionalmente se nos ha dicho que fue la capital del pueblo arameo, probablemente hubiera dos o tres ciudades que tuvieran su misma importancia. La cual no procedía tanto de su papel ejercido como nudo comercial entre civilizaciones o bastión político y guerrero como de la posibilidad que tenía de servir de amplio y sacro refugio a los fallecidos. Proporcionándoles un manto inmemorial en medio de los desiertos, los mares, las guerras y los ejércitos fronterizos y enemigos en donde podían descansar y realizar su tránsito hacia territorios desconocidos. Esos amplios confines situados más allá de los océanos y los cielos que egipcios, tracios y mayas habían delimitado en mapas y pergaminos casi con mayor precisión que los límites del mundo visible y conocido. El firmamento y los oscuros agujeros terrestres.

Petra era, por tanto, un llano entre montañas parecido a los cementerios de elefantes. En Tarzán de los monos (1932), las tribus africanas se sentían asustadas por la osada empresa de varios exploradores blancos ansiosos por encontrar uno y hacerse ricos con el tráfico de marfil. Gritaban como bestias o se arrojaban al vacío al imaginar que alguien se atreviera a introducirse en ese círculo totémico en el que los mamíferos se recostaban para no volver a levantarse jamás.

Los cementerios suelen provocar reacciones extremas. Se ríe o se llora y a veces se permanece en ellos con una impasibilidad que asusta. Como si los muertos dialogaran con nosotros y se hubieran apoderado por instantes de nuestra alma.

No tardó mucho en morir, por ejemplo, Jean Louis Burckhardt tras dar a conocer Petra en el siglo XIX a Occidente. Viajaba por la región, disfrazado de árabe y con el nombre de Sheik Ibrahim, cuando escuchó hablar de unas ancianas ruinas cuyas resonancias inmediatamente llamaron su atención. Con la excusa de sacrificar una cabra al profeta Aarón, las atravesó y quedó maravillado. A pesar de todo, y puesto que su guía sospechaba de él (¡Los perros infieles no son de fiar!, pensaría), no pudo adentrarse como hubiera deseado en sus secretos y tuvo que partir.

Aquel explorador suizo no volvería jamás pero sí lo hicieron años después millares de europeos. Termitas obsesionadas con la pervivencia y la quimera de la inmortalidad. Seres nerviosos y sudorosos, asustados con imágenes del infierno, incapaces de estarse quietos un segundo que, tras las dos guerras mundiales, fueron incluyendo esta visita como uno de los puntos cardinales del turismo a Medio Oriente, contribuyendo involuntariamente a la construcción de una poética imagen: cientos de miles de occidentales ociosos, deseosos de aventura y acción, recorriendo con ardor un paisaje antiguo sin saber que estaban paseando por los contornos de una gigantesca tumba. Una imagen sumamente sugerente que nos advierte que por mucho que sus ciudades llenas de color, luces, ruidos, movimientos y algarabías intenten negar la muerte de todas las formas posibles, necesitamos (y buscamos desesperadamente e inconscientemente) dialogar con ella diariamente.

De hecho, únicamente se puede aspirar a vivir una vida intensa (o más que intensa, “verdadera”) donde hay absoluta presencia del otro “mundo”.  Al fin y al cabo, como clamaban los egipcios, es en los parajes desconocidos donde el alma más tiempo de nuestra existencia va a estar. Razón acaso por la que mencionar el nombre del antiguo cementerio de Petra es similar a gozar de una  cucharada de miel fresca. Contemplar sus columnas y palacios entre la tierra, rejuvenece el espíritu. Y, al contrario, darse un paseo por cualquiera de las megalópolis modernas, lo ensombrece. Como si estuviéramos recorriendo un cementerio rodeado de muertos que no hablaran. Y en el caso de hacerlo, fuera para comunicar su hastío. Intentar liberarse del yugo que los une a la existencia. Una excusa para no mostrar su verdadero deseo: no morir. O mejor, morir sin morir. Que es un eufemismo de no querer vivir.

En realidad, el cementerio y la fiesta -lo sabían las culturas antiguas- son sinónimos. Porque morir es festejar la vida. Y sólo goza quien sabe que ha de morir y que además, puede hacerlo en cualquier instante.

Tiene por ello uno la impresión de que los dioses de los civilizaciones arcanas podían ponerse a reír y bailar en cualquier instante, porque quienes los adoraban, morían más y mejor. Más intensa y conscientemente. Porque sabían que el verdadero orgasmo y trance se produce en el instante justo en el que el cuerpo deja de latir y, a su vez, comienza a hacerlo el alma, provocando que lo inmaterial y lo material se unan y separen en un segundo eterno. Y es por ello lógico considerar que desviar la mirada de este momento y experimentar toda una vida sin tenerlo en cuenta, es perderla. Haber muerto antes de morir, como la mayoría de turistas del mundo contemporáneo. Todos aquellos que visitaron Petra huyendo de lo inevitable. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

 El carcelero es un prisionero más

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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