La fiesta de muertos mexicana: un orgasmo cósmico (1)

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Hasta ahora, todas las celebraciones del día de muertos que he vivido en México han sido espectaculares y suntuosas. Llenas de gravedad y belleza. Probablemente porque los habitantes de estas tierras tienen una relación con los fallecidos bastante más sana que la que poseemos en Occidente. Para empezar, se comunican con ellos. Tienen una relación viva con los espíritus (verificable en muchas de las novelas calificadas con el adjetivo de “realismo mágico”) que no finaliza con la desaparición de su cuerpo sino que continúa, se extiende y mantiene en el tiempo. Llegando en los primeros días de noviembre a su apoteosis. Fechas en las que los familiares de los fallecidos honran su memoria, llevándoles flores, alimentos y bebidas a sus tumbas o dedicándoles serenatas -que pueden durar horas- frente a las lápidas donde fueron enterrados. Una costumbre muy saludable para el alma porque permite establecer una relación de continuidad en el tiempo con los ya idos que, sin dudas, beneficia a los vivos. Abole la distancia entre el mundo invisible y el nuestro y, en algún caso, permite solucionar conflictos enquistados en el tiempo.

Hace años, escribí un texto en que intentaba explorar la relación del mexicano con la muerte. No era gran cosa pero me ayudó a ir comprendiendo una tradición fascinante. En aquel escrito exploraba el famoso libro de Fray Bernardo de Sahagún, Historia general de las nuevas cosas, en cuyo segundo capítulo, el cronista español relataba cómo un gran número de mujeres y hombres eran sacrificados regularmente para contentar a los dioses. E incluso los vencedores del tradicional juego de pelota eran en muchas ocasiones inmolados en un acto donde lo lúdico y lo trascendente se fusionaban de manera espontánea y telúrica. En gran medida, el hombre mesoamericano era un ser que entendía la vida como un paréntesis previo a su acceso al lugar de la verdad atemporal: el Mictlan o inframundo. Sin embargo, por efecto de la conquista hispánica, esta visión y concepción de la existencia fue opacada: los muertos quedaron aislados en su propio mundo y los dioses desaparecidos entre las esferas naturales. Se cortó la conexión entre el “inferus” externo e interno que poseían las culturas mesoamericanas. Pero esto no significa que ese diálogo desapareciera totalmente. Sobrevivió por ejemplo en las profundidades de la psique indígena que transformaría a su antojo, vidrieras de catedrales y fachadas de iglesias, impregnándolas con su propio estilo. E influiría definitivamente en la concepción de las más grandes obras de arte mexicanas como es el caso de la célebre novela de Juan Rulfo, Pedro Páramo, protagonizada por espíritus que se rigen por sus propias reglas y terminan condicionando la realidad.

Precisamente, en aquel escrito ya un tanto lejano, indicaba que no fue hasta que alguien como Juan Rulfo permitió hablar a los muertos en total libertad, que el inconsciente colectivo del país mexicano quedó inmortalizado para siempre. Pues el escritor de Jalisco logró captar y retratar la tragedia de cientos de almas a las que -ya fuera como consecuencia la religión, la conquista, la revolución u otras causas- no se les permitió realizar libremente el tránsito hacia el Mictlan. Prohibición que había convertido, en cierto sentido, la existencia en el país mexicano en una suerte de purgatorio. Un concepto católico que hizo por estos motivos mucha fortuna en el país y terminó siendo absorbido por las culturas pre-hispánicas que, una vez que lo hubieron adaptado a su particular idiosincrasia y acervo cultural, terminaron apoyándose en él para reivindicar su concepción de la muerte cuando volvieron a ser reconocidas y pudieron de nuevo manifestarse con naturalidad.

En realidad, debido tanto a las muertes como la esclavitud y el maltrato sufridos generados por la Conquista, para los indígenas la muerte se convirtió en una fiel amiga. Ella era quien venía a auxiliar a los pobres y desamparados de la tierra, exhaustos por las torturas y castigos de las tropas enemigas. Y por este motivo, ocupó siempre un primer plano en México al contrario que en Occidente donde era más bien un tabú del que no se hablaba: no existente, no visible y no tangible. Sometidos al yugo de una cultura que pudo haberlos exterminado, para mayas, mexicas o totonacas, la vida se convirtió durante la época colonial en un breve pasaje diurno que, en ocasiones, era mejor evitar. Y muy al contrario, la muerte se transformó en la única certeza. Una presencia continua en su día a día a pesar de ser una experiencia no comunicable. Imposible de pensar, penetrar y auscultar. Una experiencia que por su capacidad de solventar de golpe todas las preocupaciones connaturales a una vida “esclava”, se convirtió en la compañera más fiel del ser despreciado y humillado. Una amiga que prometía venir en un futuro no muy lejano a conducirlo a un lugar donde tal vez experimentaría la felicidad con más intensidad que en su vida actual. Además, la muerte era igualadora. Se llevaba consigo no sólo a indígenas y pobres. También a ricos y conquistadores.  Era un “ente” justo. Siendo normal, por tanto, que muchos de ellos comenzaran a establecer una relación amorosa con ella y que se le dedicaran todo tipo de apodos y retratos o se la tuteara como si fuera una compañera más sin por ello dejar de temerla o respetarla. Pues si alguien no fallaba -en un mundo donde la mayoría de las creencias populares habían sido abolidas- era ella. Justa, amistosa y verdadera e incapaz de mentir, la muerte, en definitiva, era un tótem y mito sagrado absolutamente confiable. Una frondosa manera a través de la que la naturaleza se vengaba de la existencia de la cultura opresora, liberando además al individuo oprimido de la esclavitud de esta existencia, su infinito purgatorio, mostrándole una puerta hacia una dimensión desconocida que, tal vez, podría ser mucho mejor que la realidad vivida.

Siendo, por todo ello, muy comprensible el culto masivo a su figura: que su efigie aparezca en los estantes de cientos de tiendas, se encuentre muy presente en gran parte de ritos privados y públicos de la vida cotidiana, se haya convertido en símbolo revolucionario y de resistencia de las clases humildes o que se la haya retorcido, deformado, desintegrado y vestido con todos los disfraces y rostros posibles. Al fin y al cabo, el culto a la muerte permite tomar conciencia de la importancia del tiempo de vida, y se complementa armónicamente con el que se tiene a la Virgen de Guadalupe en México. De hecho, la Virgen y la muerte cumplen funciones parecidas a las del sol y la luna. Ambas son necesarias y no existe contradicción alguna en poder amar a una y a otra siempre y cuando se tenga una relación sana con ambas. Si la Virgen es fe y confianza en el amor y la vida, creencia absoluta en los valores espirituales y prístinos del ser humano, insistencia en la pureza del alma y reflejo de la luz paradisíaca, la muerte es una muestra de la oscuridad y los poderes terrenales de este mundo contra los que hay que luchar de una u otra manera. Una señora que obliga a tener fe no tanto en el más allá sino en el más acá. En el aquí y el ahora. Pues siendo un reflejo de la incertidumbre vital, se convierte en un compadre sacro que ayuda a profundizar y experimentar con más intensidad la existencia. Aunque parezca paradójico, enseña a vivir más y mejor. De hecho, debido a que el encuentro con ella es inevitable, es impulsora del erotismo. Se diría que es el resorte del encuentro amoroso y el motor de la fecundidad a través de la que momentáneamente, se la vence al tiempo que se la honra.

Desde este particular punto de vista, se podría sugerir que dos hechos como las nutridas aglomeraciones de multitudes en el Distrito Federal y la escasa preocupación por el control de la natalidad que tienen la mayoría de habitantes del país, podrían ser leídos como desafíos a esa muerte risible, irónica pero inevitable con la que se convive día a día. Esa muerte de la que se es extremadamente consciente hasta el punto de intentar vencerla acumulando más y más gente viva. E incluso -volviendo a los sacrificios mesoamericanos- podría leerse esa necesidad de acumular gente y seguir produciendo descendencia como una especie de resorte inconsciente contra un temor oculto en la psique: el miedo a que el clan deba morir debido a los rituales establecidos por la sociedad a la que pertenece. O como una forma de defenderse y hacer pervivir la especie por si finalmente se cumple la profecía del quinto Sol (Ollintonatiuh), y la mayor parte de la civilización perece bajo la fuerza de uno de los tantos temblores de tierra que golpean regularmente el territorio. (Continuará).

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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