Lemuria

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Lemuria. No importa que existiera o no. Basta mencionar el nombre de este continente perdido para que cientos de imágenes broten en mi cerebro. Aunque curiosamente no puedo imaginar fortificaciones, edificaciones o monumentos ni tampoco vastas y enigmáticas civilizaciones del cariz de la egipcia o la maya al pronunciarlo. Cuando pienso en Lemuria tan sólo concibo amplias llanuras de tierra entremezcladas con inmensas colinas y ríos.

La tarea de reflexionar sobre un mundo cuya certeza de que existiera es nula, es tan amplia que desborda los límites del pensamiento. Creo que, en cierto sentido, Lemuria es como una mancha en el inconsciente o más bien, forma parte del inconsciente profundo de la humanidad. Todos sabemos qué deseamos invocar al referirnos a Lemuria. Todos participamos del misterio y majestuosidad de Lemuria durante nuestro sueño colectivo pero despiertos, somos incapaces de hacer brotar ideas e imágenes que nos pongan de acuerdo sobre su tamaño, forma y cultura. Tal vez -sólo tal vez- esto se deba a que es un símbolo mortal. Es una advertencia de que nuestro mundo puede acabar sepultado en cualquier momento por una catástrofe natural.

Lemuria es la mano escondida de un dios castigador que, de tanto en tanto, aparece entre las brumas, recordándonos su fortaleza. Es una manifestación de que el pasado de los seres humanos, en realidad, se encuentra compuesto en su mayoría de ruinas y escombros. Y al igual que de adultos apenas podemos reconstruir tres o cuatro sucesos ocurridos en nuestra infancia como raza tampoco poseemos certeza de lo ocurrido antes de Mesopotamia. El origen es el gran enigma y el futuro comparado con nuestro remoto pasado no es apenas más que incertidumbre. Aunque, en cierto modo, Lemuria contribuye a disipar cualquier duda sobre el porvenir porque su nombre anuncia el seguro Apocalipsis. El indudable ocaso. No obstante, el final que anuncia Lemuria no es trágico. Porque tanto esta tierra ignota como la Atlántida no invocan castigos ni sufrimientos en su derrumbe sino un cierre que no es tanto una conclusión como, más bien, una transformación. Y, sobre todo, una vuelta al principio. A un tiempo en el que las almas de los seres humanos eran semillas de agua y arena y formaban parte de océanos y mares. Pues Lemuria es, de uno u otro modo, seguridad de que algún día seremos de nuevo sueños de dioses. Y también, músculos, pelos, pensamientos de gigantes, titanes y monstruos.

No me extraña que, a partir del romanticismo, Lemuria volviera al primer plano del consciente humano. Lemuria no es tanto un mundo perdido sino en trance eterno de perderse y hundirse y debió fascinar a una serie de artistas obsesionados con la huida y los abismos. En realidad, el romanticismo probablemente no fuera tanto un movimiento absorbido por el ocaso sino por las consecuencias de éste. Al tiempo que aceleraba el futuro, la civilización se apartaba del origen convirtiendo al ser humano en una marioneta perdida en los océanos del tiempo.

Lemuria contestaba a la pregunta sobre el principio de la humanidad. Le daba una forma concreta y acabada del mismo modo que la luna respondía a la pregunta sobre el futuro de la humanidad. Sin embargo, los románticos se encontraban tan obsesionados con lo que ocurría en el alma humana mientras no retornábamos al pasado ancestral ni alcanzábamos el porvenir ideal, que se inclinaron por el suicidio como reacción ante sus tortuosas dudas. Supongo, de hecho, que los románticos nunca pudieron encontrar respuestas a su desasosiego y por ello terminaron invocando y abrazando a la muerte como solución a sus dudas. En cierto sentido, lo que conseguían con su acto era negarse a ser víctimas de una catástrofe e imponerse con su tragedia y dramas al resto del mundo.

Los románticos se soñaban héroes y antes de, impotentes, desaparecer, preferían destruir al resto del mundo en su interior. Su suicidio no era tanto un acto de cobardía sino de arrogancia. Un intento de probar de que tenían tanto poder como los dioses pues matándose a ellos mismos, mataban también a las divinidades. Consiguiendo con su acto negar que hubiera un pasado y un futuro. Por lo que, sí, definitivamente Lemuria no era para los románticos un símbolo nostálgico sino una visión. Una sombra que precipitaba y animaba a los seres humanos a convertirse cuanto antes en sombras para experimentar al fin el presente total.  Shalam

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

No trates de enseñar a un cerdo a cantar. Perderás tu tiempo y fastidiarás al cerdo

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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