Maligno

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“Desconfiad de quienes vuelven la espalda al amor, a la ambición, a la sociedad. Se vengarán de haber renunciado a ello”.

“En la antigüedad, el filósofo que no escribía, pero pensaba, no se exponía al desprecio; desde que nos postramos ante la eficacia, la obra se ha convertido en el absoluto del vulgo; a quienes no producen se les considera “fracasados”. Sin embargo, esos “fracasados” habrían sido los sabios de otros tiempos; ellos rehabilitarán a nuestra época por no haber dejado trazas en ella”.

“Sólo los espíritus superficiales abordan las ideas con delicadeza”.

“Es fácil ser “profundo”: no hay más que dejarse invadir por las propias taras.

“El pesimista debe inventarse cada día nuevas razones de existir: es una víctima del “sentido” de la vida”.

Todas estas últimas citas pertenecen a Los silogismos de la amargura. Y son un ejemplo entre cientos de la lucidez a la que pueden llegar los nihilistas. Los escépticos. Cioran en concreto, era un revitalizador. No abrazaba el suicidio para terminar con la vida sino para poder soportarla. No lo consideraba el fin sino una especie de salvación.

Lo bueno que tienen los auténticos nihilistas es que basta una sola de sus frases para que se acabe la tontería. El jaleo. Y para terminar de paso con la pedagogía. Resulta difícil por ejemplo imaginar a un profesor explicando a Cioran sin contradecirse. A varios alumnos comentando en voz alta cualquiera de sus frases sin caer en el ridículo. Lo enjundioso de Cioran es que aún hoy en día en que la moral ha sido totalmente destruida por el espectáculo, es alguien salvaje. Un cabello sin domesticar. Un traje zurcido a mano. El aniquilador rumano es el escritor que tiene un cuchillo en las manos en medio de una cena entre agentes y escritores premiados. El que desaparece de la foto en medio de una gala filosófica. Creo de hecho, que para Cioran, pensar era un vicio. Algo así como fumar. Cioran era de los que creían que el verdadero pensamiento nace en soledad. En las habitaciones oscuras. Y se corrompe en sociedad. Y no creo que se hubiera rebelado contra el fin de la enseñanza de la filosofía en las aulas. Al contrario, probablemente hubiera contribuido a ello, haciendo arder unos cuantos libros llenos de ideas muertas y hubiera sorbido un trago de wiskhy para explorar mejor el rencor y el odio. Al fin y al cabo, su obra deja claro que la vida es la mayor filósofa y que, en parte, profesor es sinónimo de corruptor. Manipulador social.

Cioran es el filósofo solitario. Hosco. Uno de los pocos que ha explorado en los sentimientos humanos. Que no se ha refugiado en ideas abstractas o ha soñado la sociedad ideal. Repito, Cioran es el filósofo antisocial. No es que acuse a la sociedad de todos los males. Es que la visualiza como un incendio que termina con la dignidad de los individuos. Los obliga a ceder y pactar, ofreciéndoles dinero a cambio de su alma. Sus ideas y su tiempo. Cioran no es tanto un filósofo como un novelista. Sus libros no son reflexiones filosóficas sino diarios de un hombre ahogado. Su obra completa es su autobiografía y su autobiografía es una oración de desprecio. Un cuaderno de supervivencia. Cioran no rescató a los fracasados. Terminó de echarlos al pozo. Quitarles la esperanza que había inoculado en ellos la iglesia. Pero obrando así, fue franco. Exacto. Les concedió la posibilidad de saber en qué grado de intemperie se hallaban. Cuán desvalidos estaban en realidad. Además, tampoco es que fuera clemente con los poderosos.  Su obra entera es un delirio tenebroso en contra de los poderes terrenales. La vanidad y la soberbia. El orgullo y la avaricia. Una exploración de la inmundicia que gobierna en las vidas de los hombres por no estar solos. No mirar de frente al cielo. La vida. El barro de los campos y los rayos que comparecen en medio de las tormentas.

Cioran profundizó en el vacío y el rencor y también en la desesperación. En la envidia y el ansia de reconocimiento. En las pasiones inferiores. Eliminó fantasmas del plato de sopa. Dejó solo al hombre consigo mismo. Sin dios ni vecinos. Aislado en una casa. Y lo invitó a destrozar los espejos. A Cioran se lo comprende y capta en una sola frase. En cualquiera de sus oscuros aforismos. No es necesario saber anécdota alguna de su biografía para saber lo que deseaba decir, transmitir. Vislumbrar el amplio castillo en el que vivía rodeado de fantasmas. Su obra es tan transparente como un escupitajo. El filo de un arma. Y al mismo tiempo, se encuentra escrita con serenidad. Con sorprendente serenidad. Como si invocar constantemente el sinsentido de la vida lo hubiera liberado. Aunque probablemente el motivo sea que, llegados a un límite, Cioran sólo respondía ante sí mismo. Había dejado a un lado la moral y la sociedad y sus pretensiones de reconocimiento. Se había impuesto al caos y escribía como quien hurgaba en una herida o excavaba en una cueva. Con odio y rabia pero también con resignación. Sin deseos de venganza. Como si  pudiera ser ahorcado en cualquier momento, pero el rostro del verdugo fuera idéntico al suyo; o como si, en definitiva, fuera un sacerdote que conociera los pecados malignos cometidos por dios. Shalam

اِسْأَلْ مُجَرِّباً وَلاَ تَسْأَلْ طَبِيباًَ

La inteligencia anula el destino. El pensamiento lo libera

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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