Uaxuctum

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La civilización maya evoca a la atlante. Un mundo subterráneo y secreto cuya mayor venganza contra Occidente fue desaparecer. Negarse a ser visto y entendido. No revelar sino a retazos sus secretos. Perderse en el tiempo dejando sus ciudades escondidas en ignotas selvas.

Edgar Allan Poe sonrió el día que supo de la existencia de aquella cultura. Sus textos repletos de personajes sedientos de sangre se explican por el inagotable ansia destructivo occidental. Pero también por la incapacidad de su cultura de comprender a “los otros”. A Occidente, por ejemplo, los mayas no le servían. Creían en los múltiples tiempos y lugares. Antes de Bergson, los mayas ya habían imaginado un lienzo en el que lo pasado y lo futuro se unían en decenas de hipotéticos presentes.

Para los mayas, la realidad era tan sólo una posibilidad. Un regalo de varios dioses entre cientos más. Podrían haberse limitado a pestañear si hubieran contemplado desde una de sus pirámides a un dinosaurio en cuyas fauces hubiera una nave espacial. En sus sueños, viajes astrales y en sus incursiones hacia otras dimensiones probablemente los vieron. Como también vislumbraron su desaparición, aniquilación y ocaso. Para los mayas, el mundo era muchos mundos a la vez y la verdad tenía por fuerza que ser plural.

Charles Olson apenas atisbó el lugar al que llegaron los mayas y transformó su arte poético haciéndolo más bebible, más imprevisible. Un anagrama que no terminaba de decir aquello que prometía e invocaba. Igor Baranko intentó realizar un cómic con sus presupuestos culturales, La danza del tiempo, y, aun siendo un ciudadano del siglo XXI, tropezó ante la imposibilidad de transmitir en viñetas el impresionante entramado mítico-poético con el que los mayas habían descrito el cosmos. Ese rizoma que hubiera desbordado los presupuestos más intrépidos de Gilles Deleuze. Porque la esencia maya es la sorpresa. La incógnita. Un espejo transparente que refleja tanto lo que se ve como lo que no se ve.  Y sus anclajes y huellas temporales se encuentran marcados por una cosmogonía que imita y emula el principio del mundo y su final. Un tiempo infinito en el que los números bailaban para hacer sonreír a los dioses.

Los mayas eran la eternidad. Los habitantes del cielo. Un cultura totalmente arraigada en la tierra con unas costumbres muy pautadas que vivía absorbida por las sinalefas e irradiaciones del firmamento. Quizá la que más y mejor entendió el papel del ser humano no ya en el Universo sino en el Multiverso. En los planos de las dimensiones que existen y las que no existen pero al ser imaginadas cobran realidad. De hecho, debido a su capacidad de entender las ataduras, liberaciones e imprevisibles torceduras de los nudos temporales, consiguieron vivir en el presente. Creando y anticipándose a un futuro que ya estaba en el “ahora” y se manifestaba también en el pasado. Los mayas no conocían la psicosis porque concebían lo real como imaginario, se daban permiso para explorar ambos campos y se desvivían por conocer los secretos del día y la noche. Del mundo de arriba y el de abajo. El secreto de los animales-dioses y los hombres-animales.

Los mayas, sí, eran también la plenitud. La diarrea del mundo natural eran sus sacrificios y sus bosques y árboles y flores, su conciencia. Y es lógico que cuando Miguel Ángel Asturias se propuso en la medida de lo posible describir su mundo, su prosa se convirtiera en líquido. Bebida de jugo, pulque de azúcar que vertido sobre hojas de maguey se introducía en el estómago del lector como si fuera paja o la risa de un hombre-jaguar. Como también lo es que Giacinto Scelsi realizara una de las más colosales composiciones de su vida inspirándose en la historia de la mítica Uaxactum. Una ciudad situada en El Petén abandonada hace varios siglos por razones no reveladas a la que el genio italiano consagró una escalofriante, palpitante, desafiante inmersión musical en las tinieblas mayas que a veces me pregunto si existe o la he soñado. Una sinfonía de sombras destructivas y espectrales que avanzan furiosas sobre las enormes cabezas de los viejos dioses de un pueblo que Occidente ante todo temió. Vislumbró como una poderosa víbora cuyo veneno podía destrozar sus consignas y comparó e igualó con los “salvajes” del África, los demonios lascivos sin cuernos a los que se refería el Talmud o la raza de libidinosos esclavos de Baal.

Maya es una palabra prohibida para Occidente porque invoca dos derrotas. La de su supuesta pluralidad y tolerancia y la de su misterio. Y es comprensible por ello que la mirada de Occidente hacia su mundo siempre haya sido decadente. O bien lo ha destrozado, aniquilado como en tiempos de la Conquista y posteriores o bien lo ha idealizado hasta el punto de hacer de ellos unos marcianos o unos santos de los que no se puede aludir ningún defecto o error. Tal vez porque esta actitud le permite continuar dejando su asombrosa concepción de la existencia en la sombra. Fuera de foco. No hay más que recordar la catalepsia premeditada (y manipulada) con la que machacó a sus ciudadanos con las (supuestas) profecías mayas sobre el fin del mundo al tiempo que la maquiavélica y poco reflexiva y comprensiva visión dada por Mel Gibson en Apocalypto sobre su cultura invadía las pantallas de medio mundo. Jugada estratégica que les sirvió a las élites occidentales para desacreditarlos doblemente (no sólo eran unos salvajes que no más que hacían que comerse entre ellos sino que también sus profecías eran falsas).

De hecho, han pasado más de dos años y ahora podemos afirmarlo con claridad. El 21-12-2012, el día que más se habló de los mayas en la historia de la humanidad, fue también el de su entierro y definitivo ocaso. El de su conversión de cultura grandiosa, temida y misteriosa a exótica, caricaturizada y errada. Una jugada perfectamente orquestada por Occidente que se empeñó por medio de películas como la ya citada de Mel Gibson y libros “bomba” que mezclaban lo esotérico y lo publicitario con verdades y falsedades en afirmar que los mayas habían predicho el fin del mundo, sabiendo que no era así. Pues sus previsiones sobre esta fecha eran más bien una lúcida visión sobre el progresivo derrumbe de la civilización occidental -algo que estamos comprobando diariamente- y el cambio de conciencia y relación con nuestro mundo que este hecho invocaría en los próximos siglos.

Para imponer su ciencia y técnica, Occidente necesitaba destruir la cosmogonía maya. Y por ello es que ese mundo pervive maniatado, embrutecido y en parte caricaturizado en los combates de lucha libre como un boxeador encanecido condenado a reivindicar ante sus amigos batallas pasadas o se ha transformado en una imagen vendible y turística. Que los mayas hayan vuelto a salir del primer plano de la realidad me parece una jugada orquestada por un capitalismo terminal que o bien demoniza o caricaturiza. De hecho, no me extrañaría que antes o después se haga una película Disney sobre los mayas (y si no se ha hecho hasta ahora es porque creo que podría despertar el interés y vocación de los niños por su cultura)  o que se inaugure pronto un parque temático maya en Tulum o Cancún. Cualquier cosa, sí, antes que desenterrar las ciudades reales que aún yacen bajo la tierra al igual que gran parte de sus manuscritos y enseñanzas.


Que los mayas sin embargo estaban acertados en sus previsiones lo pone de manifiesto precisamente esta actitud. Un mundo en ebullición y floreciente, un capitalismo sano y seguro de sí mismo, no se comportaría de este modo. Todo lo contrario. Invocaría a Bitol, Kukulkán y Tepeu dejándose arrastrar libremente allí donde le condujera el soplido de sus almas de fuego. No tendría miedo de mutar su rostro y hacer renacer el templo rojo guardado por serpientes, panteras y mariposas de agua donde se encuentran los copos de maíz y terrones de azúcar con los que fueron creados los hombres. Dyos bo’otik. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

No puedes matar al venado sin flechas

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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