Vientres

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¿Existe algo más importante que el sexo? Gran parte de los más grandes libros que se han escrito, no hubieran salido a la luz si su hacedor hubiera estado fornicando diariamente. Y muchas de las mejores líneas que se han escrito, han sido redactadas probablemente bajo un síndrome de abstinencia. En un estado sexual nervioso o alterado. Bajo el ritmo de frecuentes masturbaciones, sudoraciones, idas y venidas al cuarto de baño que se correspondían con ondulaciones argumentales. Fragmentados textos bifurcándose a través de personajes ambivalentes y alargadas, resbaladizas frases como el esperma, deslizándose a través de unos senos bañados en aceite.

Al leer a Thomas Pynchon, por ejemplo, no importa lo que hagan sus personajes, se siente e intuye que la sexualidad del escritor no estaba del todo completa. Tal vez tuviera una compañera o compañero de juegos sexuales mientras realizaba El arcoiris de la gravedad, pero no importa. Probablemente, su mente fantaseaba todo el tiempo con las más diversas opciones sexuales y puede que hasta deseara escribir varias partes de su libro, contemplándose a sí mismo desnudo en el espejo golpeando la máquina de escribir, o que saliera frecuentemente a clubs y pagara por ver a dos chicas desnudas besándose frente a él. Su sexualidad, como anuncian las incandescentes frases parecidas rayas de cocaína y vaginas alargadas de sus novelas, se amplificaría y desbordaría constantemente, casi elásticamente, influyendo determinantemente en la estructura de una escritura adiposa. Una literatura llena de párrafos que se derriten, en la que los cuadrados se transforman en círculos y los pensamientos, o bien vuelan o bien se sumergen en zonas pantanosas, limítrofes entre la cordura y la locura, donde todo es posible. Lo que es sinónimo de una búsqueda perpetua del placer. El deseo de levantar una entrópica y caótica república sexual.

En el caso de J.D. Salinger, sin embargo, lo que intuyo es cierta tendencia al onanismo y una irresistible atracción por las adolescentes. Más que nada, por los intensos monólogos de El guardián entre el centeno y los despreocupados (y sumamente inquietantes) diálogos de muchos de sus relatos. Textos que parecen resucitar el aleteo de mariposas en el estómago de los enamorados y al mismo tiempo, provocan espasmos. Rememoran esa angustia y temor que muchos niños sintieron al intuir los secretos de la vida adulta. De hecho, sus frases parecen a veces florecer como rosas, provocar retortijones de felicidad y otras poseen un tono monocorde cuya repetición y letanía es casi una preparación para un acontecimiento evanescente y revelador. Probablemente, el despertar sexual. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

A pesar de ser pequeño, un gorrión posee todas las vísceras

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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