Pastel fantasma

0

Hay quienes piensan que Mulholland Drive se encuentra inspirada levemente en la vida de Marilyn Monroe. Algo que me parece lógico no sólo porque uno de los proyectos frustrados de David Lynch inmediatamente anteriores a su obra maestra, se encontraba basado en un guión centrado en los últimos días de vida del exuberante icono cinematográfico sino porque la existencia de la estrella norteamericana da para varias películas sombrías. La fabricación de unas cuantas cajas llenas de espejos ensombrecidos. De hecho, existen teorías que aseguran que fue víctima del proyecto Mk-Ultra y que el precio de su éxito y popularidad fue la entrega de su sexualidad a múltiples políticos y magnates de Hollywood.

Lo cierto, en cualquier caso, es que Marilyn fue la primera estrella posmoderna. Vivía en facebook muchas décadas antes de que Mark Zuckerberg lo inventase. Posaba radiante, bella y segura en las fotografías e internamente se derrumbaba. El contraste entre lo que mostraba al público y lo que realmente sentía no era grande sino inmenso. Marilyn era carne de psiquiátrico. Una personalidad frágil llena de temores que, no obstante, tenía el don de chasquear los dedos y tener inmediatamente a unos cuantos hombres pendientes de ella y de atraer todas las miradas allí donde fuera. Realmente, no necesitaba hablar ni decir nada interesante para resaltar. Le bastaba con “estar” para iluminar semblantes y generar todo tipo de envidias y fantasías. Demasiado peso para un alma un tanto cándida e inocente para la que la belleza y la fama fueron armas letales.

Ciertamente, gran parte de las fotografías que se conservan de la sirena no logran captar su mundo interior. Su estado desangelado y crítico. Esas crisis existenciales que quebraban su rostro. En casi todas ellas, no vemos una persona sino un icono sexual. Un fetiche cinematográfico. Esa marca capitalista que siempre se impuso y doblegó el alma de Norma Jeane Mortenson. Una mujer que, en el momento en que decidió cambiar su nombre y convertirse en Marilyn Monroe perdió el contacto con la realidad. Despegó con tanta intensidad hacia el planeta Fama que no hubo forma de recuperar los trozos caídos de su psique y dejó un rastro en la vida real, sus familiares, esposos, amantes y amigos similar al que pudo dejar la Alicia tras atravesar el otro lado del espejo.

Existe, en cualquier caso, una excepción muy palpable a este regla: las múltiples fotografías que Sam Shaw capturó de Marilyn durante la década de los 50. Sam llegó a la vida de la actriz en 1951. Se conocieron durante el rodaje de Viva Zapata y ahí forjaron una amistad que desembocaría en una posterior colaboración artística. Sam estaba acostumbrado a tratar con artistas de mucho peso y ego. Muchas estrellas anhelaban ser retratados por él. Una de sus fotos era otro sello de prestigio y reconocimiento a su historial. Y tal vez por ello, no se dejó impresionar por su apariencia física y conectó perfectamente con la mujer que se encontraba detrás del icono comercial y sexual a la que empezó a retratar en 1954.

De entre todas las fotografías que le dedicó a la actriz me quedo, sin dudas, con la serie que realizó en 1957 en el jardín de la casa que su tercer esposo, Arthur Miller, poseía en Roxbury (Connecticut). Cualquier aficionado a Mad Men, desde luego, que debe disfrutarlas. Es evidente que Sam debía plegarse a un estilo muy definido. A los dictados de las revistas de moda de aquel entonces. Debido a las exigencias de Hollywood era, en cierto sentido, un artista kitsch. Se encontraba obligado a utilizar constantemente tópicos y clichés que su mirada, no obstante, intentaba trascender. Y para ello no había mejor forma que intentar tomar cierta confianza y retratarlos en ambientes familiares o íntimos. Con Marilyn la conexión personal ya existía y por eso, creo que consiguió legarnos un retrato idealizado y realista a partes iguales de la musa. Un ejemplo del talento con el que convertía lo cotidiano en belleza.

  Lo que me fascina de esta serie fotográfica es que naturaliza los tonos pastel y el ambiente edulcorado de la época. Convierte una tarta de fresa en un relato de Francis Scott Fitzgerald puesto que no transmite tan sólo felicidad y bienestar sino cierta melancolía oculta.

Arthur Miller está imponente pero no resulta del todo creíble en su papel de esposo enamorado y a Marilyn, a pesar de sus poses y su vestido azulón, se la ve frágil. Se percibe que ambos están representado un papel. El que la sociedad desearía que interpretaran o aquel que ellos ilusamente soñaron al casarse. Las instantáneas, sí, no resultan creíbles pero el talento de Sam y los dos artistas las llena de luz. Consigue transformar en real el deseo y las ensoñiscaciones de cientos de miles norteamericanos que no eran conscientes de que, en vez de estar contemplando dos símbolos de la opulencia, se encontraban ante un hombre torturado y una mujer destrozada. Un retrato fantasmagórico de América. Un testimonio rotundo de que el éxito y la felicidad van cogidos muchas veces de la mano del vacío y la perdición. Porque, al fin y al cabo, como sugería Jaime Gil de Biedna en su más famoso poema, “envejecer, morir es el único argumento de la obra”. Y en el caso de Marilyn a esos dos ingredientes temáticos de toda vida, se le añadió el sufrimiento. Shalam

إِنَّمَا يَتَفَاضَلُ النَّاسُ بِأَعْمَالِهِم

¡Qué sabios son aquellos que únicamente son tontos en el amor!

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo