Humanos y replicantes (2)

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Dejo a continuación el segundo avería dedicado a Blade Runner. El cual recomiendo leer escuchando la bellísima: «Rachel’s song».

Humanos y replicantes (2)

Por si fuera poco, además de su alucinante estética, Blade Runner es un filme metafísico. En el cual se plantean una serie de cuestiones universales de una manera sumamente original. Puesto que más que en los seres humanos, Scott enfoca sutilmente su atención en los replicantes: androides idénticos externamente a nosotros programados en su mayoría para morir a los 4 años de vida.

Ocurre que los replicantes que aparecen en el filme son en realidad mucho más empáticos y sentimentales que las personas de carne y hueso. Una idea que no estaba en la novela de Dick. En ella, Rick Deckard se deshumanizaba a medida que entraba en contacto con ellos. Creo que porque el escritor norteamericano pretendía advertir sobre los peligros de la tecnología. Emitir una mirada cínica y desencantada sobre los adelantos científicos.

Sin embargo, la fascinante vuelta de tuerca (parecida a la realizada por Swift en Los viajes de Gulliver) llevada a cabo por Ridley Scott mejora en mucho las tesis de la novela. Puesto que permite comprender a un nivel instintivo muy profundo el inmenso nivel de deshumanización del mundo retratado. En el cual son precisamente los robots quienes dudan, sufren y muestran todo tipo de contradicciones que los hacen queribles. Si alguien demuestra tener dignidad en el filme son ellos. No nosotros. Nosotros, sí, proseguimos en la firme, segura senda hacia la autodestrucción. 

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En Blade Runner, todo es sinuoso. La película es una caverna llena de recovecos. Es una pequeña caja de muñecas que emite de tanto en tanto un fogonazo que nos ilumina y nos hace dudar de lo que vemos y lo que sentimos. Scott juega, manipula las emociones del espectador como lo hacen los miembros de la corporación para la que trabaja con Rick Deckard. 

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Es bien conocido por cierto que Harrison Ford nunca terminó de encontrarse cómodo durante el rodaje. Debido a la enorme carga de trabajo, la presión y su perfeccionismo, Scott no le dedicó el tiempo que él hubiera requerido para preparar su papel. El director lo trató como un trabajador más. Sin más atención y privilegios que los justos. Pero, paradójicamente, eso ayudó en gran medida a su interpretación. A la caracterización del personaje. Puesto que la lacónica forma de actuar de Ford hacía creíble que fuera un replicante y no un humano. Y, en caso de ser humano, permitía entender aún más la depresiva atmósfera de la sociedad de la que formaba parte.

Hay momentos en los que Ford mira a la cámara y parece preguntarse qué hace ahí. Y es precisamente esa sensación de absurdo, esa desorientación, lo que hace a Rick Deckard creíble. Alguien frágil y perdido en medio de un mundo en descomposición. Como es, asimismo, esa característica la que lo diferencia (sin alejarlo del todo) de los clásicos detectives del cine negro.

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La mala relación personal entre Sean Young y Harrison Ford ayudó, asimismo, indirectamente al filme. Ninguno de los dos sintió la más mínima empatía por el otro. Y eso se nota en la pantalla. Hay momentos en que más que hacer el amor parece que están peleando. Marcando terreno. Sus besos no transmiten alegría sino desesperación. Soledad. Desasosiego. Casi violencia en algún momento. Pero esa inquietante sensación lejos de perjudicar al filme, lo benefició. Puesto que si bien un espectador normal podía sentirse un tanto desmotivado ante esa relación amorosa, lo cierto es que encajaba perfectamente dentro del tono gris y existencialista de la obra.

Siendo Deckard un replicante, se entiende su contrariedad y vacío al comenzar a amar aquello que posiblemente desearía no ser. A una hermana. Y siendo humano resulta lógico que experimente aprensión y confusión al enamorare de una androide. En cualquiera de los dos casos, el arte gana. ¡Bingo! 

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Existe una película con la que Blade Runner tiene mucho más parecido del que parece en primera instancia.  Me refiero a El corazón del ángel.

En el filme de Parker, el detective Harry Angel inicia una recóndita y salvaje investigación que lo lleva a darse cuenta de que la persona cuyo rastro un misterioso señor le ha encargado buscar no es otro que él mismo. Él es el perseguido. Alguien que, en su momento, pactó con el diablo para alcanzar un éxito efímero. Esto, en cierto modo, también ocurre con Deckard. Puesto que (si aceptamos el punto de vista del director) el encargo y matanza llevado a cabo por este detective futurista termina llevándolo a comprender que él es otro replicante. Dos anagnórisis ambas dignas del mejor teatro griego que entiendo que estremecerían a los acólitos de Sófocles o Eurípides.

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Por supuesto, de los dos finales filmados, me quedo con el de Scott. Esa conclusión con Deckard y Rachel saliendo del apartamento e introduciéndose en un sucio ascensor mientras comienza a sonar la música de Vangelis me parece soberbia. Ya no tanto porque el famoso unicornio de papel deja claro que Deckard es replicante. Sino porque tanto si lo es como si no, vislumbramos que esa fuga es heroica y probablemente condenada al fracaso. Más aún teniendo en cuenta el mundo cerrado y opresivo, absolutamente inhumano, que se cierne a su alrededor tan parecido por cierto en este caso al abstracto presentado por Godard en Alphaville

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Toda la trama de los replicantes recuerda a la nuestra. Es un espejo de nuestros vericuetos cósmicos y metafísicos. De hecho, permite rememorar el mito del ángel caído y el del Génesis. 

Resulta curioso por otra parte (remitiéndonos al cine de Scott) que en Prometheus, fuera el creador quien destrozase sin piedad a sus criaturas y que en Blade Runner ocurra al revés. Sean sus hijos quienes asesinen a su creador. Lo que da mucho que pensar sobre el bien y el mal y el culto a Satanás. Los replicantes son hijos del diablo, sí, pero también son más puros que los hombres de bien. Son, en esencia, hijos de Caín. Ciertamente, su drama es similar al nuestro. La diferencia es que ellos saben cuándo van a morir exactamente al contrario que nosotros. Pero su situación es idéntica. Así como la rabia y la culpa que se genera de este hecho.

Los occidentales, con Nietzsche a la cabeza, matamos a Dios pero en vez de liberarnos, nos sentimos más solos. Más perdidos y desorientados. Nuestros anhelos y deseos, nuestras vidas son lágrimas en la lluvia. Pues estamos condenados a morir, a la agonía y al ocaso, y  no sabemos el motivo. Pocas obras han penetrado en este drama con tanta belleza y aridez como Blade Runner. Shalam

الاعتراف يجلب سوء الحظ

Confesar atrae desgracias

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

4 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen…..paz en una mano y amor propio en la otra………
    2ºimagen……entro por un lado de la calle y salgo por la puerta de atras con un disparo en la espalda……ahhhgg!
    3ºimagen……mi amiga es incontrolable!…….
    4ºimagen…..ay!! pobre de mi….que querra esta que se ha escapado del «circo atlas»…….
    5ºimagen……clase de estilismo (camisa y la corbata)….a yves saint laurent le hubiera gustado ………
    6ºimagen……oye, me pienso peinar como la señorita o’shaughnessy en «el halcon maltes»-1941……
    7ºimagen…..no mires atras…….(sal)……..
    8ºimagen……la paloma en una mano y mi hombro en la otra…………..
    PD:….https://www.youtube.com/watch?v=u1EcSHX4Axc….palabras y sonidos de r2d2……..

    • Alejandro Hermosilla on

      1) Hamlet. Shakespeare. Ser o no ser. 2) fotografía de una película de superhéroes de los años 80. De la DC. 3) Personajes de Kakfa jugueteando con el agrimensor en El castillo. 4) Escena del teatro negro de Praga. 5) Escena de anuncio de Yves Saint Lauren de acuerdo. Estampado en los dominicales de los diarios italianos y españoles. 6) Película francesa o alemana depresiva. Imagen fassbinderiana. 7) Parodia a mitad de camino de Closeau y de Sam Spade. 8) El fantasma del padre de Hamlet llegó y emite sangre. PD: Vaya. Lo que se puede encontrar en la red. Ideal para utiizar como sampler en una versión de una canción de Antonia Font.

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