La arena y el sol

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Creo que los españoles tenemos una relación con el verano diferente a muchas naciones y pueblos. Incluso a los de nuestro entorno. Para nosotros el estío no es una estación más. Es sagrado. Es un oráculo. Es la época en la que sentimos que los dioses nos tienen envidia. España podría sobrevivir a guerras, políticos rastreros, catástrofes naturales o epidemias. Pero nunca jamás lo haría a un año sin verano. Y no estoy hablando en este caso de temas económicos sino simbólicos y astrales. Y también reales. Me refiero a la tierra y al aire. A la piel y la sangre de cada hombre apegado a siglos de calor y cielos abiertos cuando junio comienza su recorrido. A años de labranza y vida solapada en medio de un bochorno digno de novela tremendista; de lienzo de Sorolla y de asesinato cainita.

Pienso que en otros países el verano es una pausa. Un descanso de la vida cotidiana. Un paréntesis. Pero los españoles desearíamos que durase siempre. Para nosotros es promesa de inmortalidad. Es eterno. Sentimos como un deber alargarlo. Y por eso, en nuestra conciencia, nuestros mares (sobre todo, por supuesto, el Mediterráneo) no son mares de pesca. No son mares de aventura. No son mares bravíos de los que protegerse y frente a los que temer a los dioses. Nuestros mares son mares de baño. Son mares de solaz. De disfrute. Son mares creados para honrarnos. Proporcionarnos el descanso y la calma adecuados. Son mares para olvidarnos de que existe el tiempo.

Tengo la sensación de que el Mediterráneo fue creado durante el transcurso de una cena entre dioses bienintencionados con la finalidad de abrazar a los seres humanos después de meses de esfuerzo. Y también la impresión de que el sol que riega nuestras tierras de norte a sur encuentra su justificación, su verdadera razón de ser, durante el verano. Antes de junio, el sol de España es parecido a un funcionario. Ejerce su función natural con mayor o menor eficacia pero sin transmitir pasión ni vocación. En primavera, sí, ya comienza a dar destellos. Dejar muestras de su personalidad. Pero cuando revela verdaderamente su personalidad es durante el estío. Momento en el que encuentra su razón de ser y realiza un impresionante despliegue, logrando que todos estamos pendientes de él. Bien sea para alabarlo o maldecirlo. Bien sea para sufrirlo o gozarlo.

El sol español es un sol profundo, severo y castigador pero también tremendamente acogedor. Ese sol nos agarra con fuerza. Nos golpea, sí. Nos hace sufrir, también. Pero lo hace con amor. Con el amor de un padre que enseña a sus hijos los rigores del trabajo. Con esa sabiduría que nos permitirán desenvolvernos en la vida y, más tarde, con la satisfacción del deber cumplido, disfrutar sin remordimientos. Por eso, el sudor a un español no lo molesta. Lo complementa. Lo hace sentir vivo. No es un signo de mal olor sino de exuberancia. De mezcla existencial. Necesitamos sentirlo para sabernos vivos.

Tengo la sensación por ello de que el desodorante no queda bien en nuestra piel. Lo usamos, sí. Sabemos que es necesario. Ante todo, en las reuniones sociales. Por cierto decoro y respeto con el prójimo. Pero también somos conscientes de que es artificial. Un hecho que el sol, nuestro sol de verano, se encarga de recordarnos una y otra vez. Motivo por el que he visto a todo tipo de gentes sufriendo sus rigores en pleno agosto pero en el fondo satisfechos de estar superando las pruebas que dispone y estar en contacto directo con él. Sentir su calor como el que vuelve al útero materno y se baña en las aguas de las que emergió. Brotó a la vida.

Creo que cuando alguien muere de insolación en Francia, lo hace de soledad. Porque desea suicidarse. En Francia el sol acompaña. Pero nos acompaña a morir. En Marruecos, el sol directamente es un animal vivo. Te mata de un mordisco si no bebes lo suficiente al atravesar el desierto. Te destroza y te parte en dos como si estuviera hambriento. En México, sin embargo, el sol es un testigo. Observa el desarrollo de la vida sin entrometerse demasiado aunque en los momentos trágicos tiende a hacerse presente con una violencia apabullante. Por el contrario, en España el sol es nuestro padre. Nos pega duro, sí, pero lo amamos. El sol es nuestro gran educador. El maestro del rigor. Y por eso cuando pienso en alguien muriendo de insolación en nuestros territorios, lo vislumbro feliz. Sufriendo, sí, pero dichoso. Incluso orgulloso. Como aquel que entrega su vida a una causa justa. Shalam

أولئك الذين ليس لديهم أهداف من غير المرجح أن يحققوها

Quien no tiene metas es poco probable que las alcance

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:…recuerdo el final de thx1138….george lucas-1971…
    2ºimagen:…parece tener la estructura de una bandera…….solo le faltan todos los peces muertos en la orilla….
    3ºimagen:…..un sol photoshop…..
    4ºimagen:….otra estructura de bandera, sabana!, sabana!…..
    PD:….https://www.youtube.com/watch?v=D3f0yMXcP0c…..negros sa….(hay leones, hay leonas)…..sonrisa…

  2. Alejandro Hermosilla on

    1) A mí me recuerda al sol de Zabriskie Point de Antonioni. 2) Mar Menor. Cabo de Palos. Cabo de Gata. Paisaje intercambiable. 3) Un sol de cabaña de Henry D. Thoreau. 4) Sol de Woodstock. Sol de Extremadura. PD: vaya. No conocía a los negros. Sabana. Me ha gustado mucho saber de ellos y escuchar esta canción

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