2666

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Echando la mirada 7 u 8 años atrás y en concreto a 2666, la novela de Roberto Bolaño, tomo conciencia de que tal vez sea el libro de todos los que he leído que mejor define al México contemporáneo. El que mejor ha escarbado y retratado las raíces de su mal. Ese mal ontológico, infecto, repulsivo, trastornado, deformado y transformado a través de años de conquistas, colonialismo, capitalismo y globalización que se retuerce y esconde en los descampados, ciudades y esquinas de viejas casas y provoca que prácticamente no existan allí las relaciones de clases. Que los jefes jueguen con el pan, la vida o las ilusiones de sus subalternos, sin dar pie a un diálogo constructivo.

Bolaño, sí, supo escarbar con saña y profundidad en una tierra salvaje donde la ley y la civilización son sinónimos de corrupción, abandono y destrucción y un proyecto de vida, una quimera para la mayoría de personas que por lo general, sobreviven ofrendando su corazón a la tierra, sus semejantes o por pura inconsciencia más que según un adecuado plan previo.

Con el tiempo, el impacto de Los detectives salvajes ha disminuido en mí pues lo considero un texto irregular al que le sobran 300 páginas para ser la obra maestra que en muchos de los pasajes de su desarrollo es. Pero incluso sobrándole 200 a 2666, esa novela es un monumento. Leer 2666 es igual a leer la vida político-social mexicana de las últimas décadas con mucha más exactitud y crudeza y sobre todo verdad y aliento mítico que el retrato que la mayoría de escritores de su país ha hecho. Porque Bolaño no ironizó. Tampoco se rió ni fantaseó. Fue directo a describir sin parches al mal. A revolcarse en la mierda sin temor a mancharse. Y por ello, en cierto modo, 2666 es una descripción profunda de los asesinatos de Atyozinapa en primera fila muchos años antes de que ocurrieran. Porque en la novela, los cuerpos, cualquiera que tenga voz y deseos de vivir es candidato a ser quemado o calcinado. A ser incinerado mientras las voces de alambicados intelectuales y académicos universitarios afines a Paz, Borges, Fuentes o quien sabe quién (éste, en cierto modo, sería el sentido de su magnífica primera parte) se entremezclan con los gritos de las víctimas y los de los opresores contribuyendo a confundir a la población. Alejándola de los problemas fundamentales y esenciales. Incapacitándola para distinguir aquello que es evidente: que México no es un estado de derecho y que los mimbres de su composición son similares a los de un estado dictatorial o apátrida globalizado donde el destino de cualquier protesta no es ya ser silenciada o penalizada sino directamente acribillada a balas.

En 2666, Bolaño se internó en la nebulosa maligna que recorre el país más allá de la “aparente” y “ficticia” tranquilidad de sus habitantes. Mostró una tierra de esclavos. Un lugar en ninguna parte truncado de raíz donde la convivencia es azarosa. Fruto de la buena voluntad. Casi del azar o la magia. Y nos enseñó que en realidad, el mexicano no se ríe de la muerte sino que está enamorado de ella. Más por fatalidad -al fin y al cabo es su única posesión- que por destino. Por su diálogo cotidiano con la aspereza y la incertidumbre que por necesidad de cortejarla.

Junto a los ensayos de Heriberto Yépez, 2666 es la novela que mejor explica ese país. Probablemente los libros de Mario Bellatin también pero sólo en cuanto su prosa mutante disecciona la crueldad y perversidad capitalista sin corazón alguno, siendo por tanto símil, metáfora de ese putrefacto, viscoso poder.

Con el paso de las décadas, tal vez se lea 2666 como se lee ahora Pedro Páramo, para escuchar hablar a los muertos, y Heriberto Yépez no sea considerado un ensayista sino un periodista. Uno de esos escasos periodistas que dicen la verdad.¿Bolaño? Puede que en un hipotético futuro no olvidemos de él y únicamente nos centremos en su obra. Será entonces que se comprenda que, en este caso concreto, los adjetivos elogiosos dedicados a su novela tenían un fundamento real. 2666 era el apocalipsis. El entierro de José Vasconcelos en la misma tumba de Emiliano Zapata, Pancho Villa y los emperadores aztecas. La castración de una nación. Observar el exacto momento en que el cuchillo rasga el pene y los ovarios de los dioses y la sangre cae sobre las cabezas de la multitud. Shalam

 كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

El hombre que no sabe sonreír no debe abrir tienda

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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