Adéle H.

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No tardará mucho, supongo, en redactarse un ensayo en que se estudien las dedicatorias que abren las páginas de un sin fin de libros. Seguramente, ese texto se encuentra ya escrito y únicamente sería cuestión de buscarlo para leerlo. Y si no es así, pienso que habrá que redactarlo pronto puesto que las dedicatorias a veces nos ofrecen información más decisiva de la que parece, sobre lo que vamos a leer. Nos abren una puerta para entrever el corazón de quien escribe y ciertas claves personales que no tendríamos por qué desdeñar.

Hay dedicatorias enormemente famosas como las de Borges (¿hizo algo el escritor argentino que, con el paso del tiempo, no fuera célebre?), muchas, en clave subjetiva, únicamente comprensibles para las personas que las emiten y aquellas a las que van dirigidas, otras que son ficticias y se relacionan con el texto que a continuación leeremos con absoluta fluidez, algunas muy formales que sólo cumplen el papel de reconocer a ciertas personas su trabajo y apoyo para que el proyecto se hiciera realidad, y las hay también, enigmáticas, familiares, amables, avasalladoras, encantadoras, realizadas con rencor, odio y amor, imposibles de desentrañar, radiantes y sibilinas. Dirigidas a tenderos, maestros, prostitutas, amantes, maridos, esposas e hijos, carpinteros, otros escritores, personajes de libros, piratas, religiosos, partes del cuerpo, países y ciudades, sastres, travestis, días de asueto y ocio, etc….

No sé en qué lugar de todos los anteriormente citados, entrará aquella con la que se abre El jardinero. Pero de lo que estoy seguro es que transmite la tensión que nos atenazará cuando nos adentremos en el libro y que si bien, en parte está dictada por mí, en parte, no. De hecho, me atrevería a sugerir que en ella, creo escuchar la voz del conde que protagoniza la novela, queriendo imponerse ya desde la primera letra con que se abre el libro. Deseando dictar sus normas y yugo a un texto que confío en cerrar en los próximos días definitivamente. En fin, la dejo a continuación, no sin antes declarar mi expreso deseo de dedicar esta entrada a Adéle H, sus finos labios y su blusa trasparente, tras la que asomaban sus hermosos senos, aquella tarde que paseamos por París, rodeados de gaviotas:

Dedico este libro a quienes saben que la vara de la justicia siempre termina por golpear a todos y a aquellas personas que han levantado falso testimonio en un juicio. Me agradaría que el rayo de la fatalidad cayera sobre sus vidas y los encerrara en un purgatorio: lugar en que, lo sepan o no, habitan desde que decidieron comportarse egoístamente. Sin miramientos hacia los demás, y a las múltiples circunstancias que gravitan alrededor de cada acto o acontecimiento. Por lo que les deseo, en esencia, la inmortalidad. Para que su castigo y dolor no finalice jamás.

Me gustaría además que estas páginas contribuyeran a destrozar a los que se denominan justos y fueran una especie de abrazo y beso apasionado para los injustos; que sepan también todos los frustrados y vanidosos, que la dedicatoria es extensible a ellos. Sin rencor alguno. Pero a la vez sin atisbo de misericordia. Se lo han ganado a pulso a lo largo de los años, de los siglos. Shalam

               هَل بِإمْكاني مُساعَدَتُكَ

           Tendrás que dejar de escucharte para escuchar

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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