Al límite

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Tal vez porque siento que a Pynchon hay que entreleerlo, sobreinterpretarlo y, en definitiva, dejarse llevar por su escritura parecida a un tripi o una placenta psicotrópica que no cesa de girar sobre sí misma, siempre que lo leo, lo hago con música. Para mí, leer El arco iris de la gravedad acompañado de sonidos industriales fue un requisito esencial para acceder mejor al centro de la historia. Acariciar acaso más sutilmente esas palabras que parecían samplers o pedales de los que en cualquier momento podía surgir un acorde distorsionado cuyos ecos resonaban por mi cerebro como una droga y el carrusel de frases alargadas distópicas y casi que poliformas de las novelas de Pynchon.

En el caso de Al límite, he utilizado sin embargo una recopilación muy extensa de canciones de A.O.R. No sólo porque Pynchon tiene muy en cuenta este género absolutamente denostado en Europa que, no obstante, -sólo hace falta recordar el final de Los Soprano o realizar un viaje por la América profunda- aún goza de buena salud (aunque sea nostálgica) en EUA sino porque sus elegías desenfadadas y acarameladas enlazan de manera esquizoide (es decir; pynchoniana) con las peripecias narradas en su última novela.

En Pynchon no hay uno, dos o tres niveles de lectura. Hay infinitos. Algo que se puede decir de cualquiera de sus textos y el escritor norteamericano ha explotado hasta hacerlo tal vez su mayor rasgo estilístico. Por lo que teniendo en cuenta que Al límite es una entrañable, cariñosa (además de maliciosa) oda a la paranoia y a las teorías de la conspiración globales surgidas tras el derrumbamiento de las Torres Gemelas (¿cayeron en realidad o fueron las imágenes de su demolición no más que un efecto óptico y en realidad aún se encuentran en pie?) y que su narrativa avanza a través de contrastes infinitos, entiendo que nada hay más pynchoniano que escuchar esas maravillosas píldoras consumistas de Journey, Toto, Survivor o REO Speedwagon que aún continúan sonando en los centros de poder económicos de New York mientras vamos ahondando en los entresijos de la deep web, el terrorismo global, financiero y virtual o la burbuja de las neocom. En definitiva, en  la broma infinita capitalista.

defaultConservo varias imágenes de mi lectura de Al límite y en todas ellas hay A.O.R. Pienso en su protagonista, Maxime, poniéndose un elegante traje y dejando a sus hijos en la escuela antes de comenzar una jornada de trabajo e inmediatamente escucho virginales melodías acariciando mis oídos. Suaves acordes de guitarra acompañados de voces angelicales. Y este mismo proceso se repite cuando Las Torres gemelas caen, Maxime se interna en los estertores y basurero de la web profunda, hace el amor de manera violenta con un bulldog a sueldo de la administración de Bush o se siente amenazada por el terrorismo islámico, checheno, ruso y hasta por su propia sombra. Y por supuesto que también escucho apolíneas voces y angélicos teclados en medio de fiestas por la apertura de no sé qué corporación, compras compulsivas en centros comerciales, conversaciones acerca de videojuegos, desfalcos al fisco, dietas y gimnasios. En medio de secuestros, desapariciones, desorientación y pánico. Y al abrir y cerrar las páginas del libro.

Básicamente, porque creo que esto es lo que desea y se ha propuesto Pynchon en Al límite. Una novela que de no haber sido escrita por él a nadie interesaría. Pues entiendo que en ella, como siempre ocurre con sus libros, el verdadero espectáculo es el propio Pynchon. Y en este caso, lo realmente trascendente no es el tema (basta leer una de tantas webs de Internet para profundizar acaso más y mejor en las razones del 11-S) sino observar cómo juega y parodia -casi hasta llegar al kitsch- con dos géneros (fantásticos o no; ya no importa) sumamente importantes para comprender la psique colectiva norteamericana: el best-seller y la ya mencionada conspiranoia (que, en gran medida, él contribuyó a crear como género artístico). Los booms económicos, el mundo de los yuppies, las rebajas fiscales, las grandes fortunas y el control y vigilancia orwelliana de la red (adaptada a los tiempos neoliberales).

reaganvps-1940x1455Lo que hace Pynchon en el primero de los casos -el best- seller o la novela norteamericana contemporánea- es edulcorar el estilo. Aminorarlo secretamente construyendo pautas argumentales legibles cercanas a la novela negra. Y en el segundo de los casos -las teorías de la conspiración- colocar todas, unas frente a otras, de tal forma que se revelen tan absurdas e incomprensibles como la realidad que los Mass-Media intentan inocular. De hecho, esta es la grandeza de Al límite. Que Pynchon no intenta ni por supuesto necesita demostrar ninguna de las decenas de teorías conpiranoicas que sobrevuelan su novela  -a imagen extrema de lo que ocurre con el Internet real- sino que les da voz a todas, absolutamente a todas, hasta provocar desgana hacia ellas. Concitar el absurdo no exento de hastío a su alrededor. Y que esto lo hace sin traicionar, obviamente, sus rasgos estilísticos que, en este caso, -ya lo dije- se encuentran adaptados al género best-seller. De hecho, en esta novela escribe como si fuera un cantante de A.O. R. Como si fuera el front-man de Boulevard, Magnum o Survivor aleccionando a su público a no rendirse, continuar en pie, avanzar, cabalgar, vivir, respirar, amar, regalar, comprar, consumir, consumir, ser feliz y consumir y, en medio de su optimista discurso, se fueran introduciendo mensajes subliminales, frases cortas desmontando el esperanzador discurso hasta agrietarlo y convertirlo en un fantasmagórico territorio donde únicamente reinara la incertidumbre.

Ciertamente, una de las formas en las que disfruto leyendo Al límite es de esta manera: imaginando que un capítulo es una canción de Boston, otro una de Journey y, finalmente, todos los capítulos y canciones se cruzan unos con otros hasta provocar una explosión de la cual emergemos con las Torres gemelas destrozadas y el miedo y el caos, además de cientos de teorías de todo tipo, rondando por las calles de un país donde, sin embargo, y a pesar de lo ocurrido, continúan sonando las mismas canciones de Beau Coup, Russ Ballard o Michael Bolton una y otra vez en los taxis, Starbucks, centros comerciales y económicos. Como si nada, absolutamente nada hubiera ocurrido y la guerra global formara parte de un videojuego y no de la realidad.

Dec. 7, 1976: Atari debuted several new games in the Powell Street BART station, including Tank and Le Mans.

En fin ¿Qué es Al límite? ¿Me ha gustado Al límite? Sí. Por supuesto que sí. Claro que sí me ha gustado pero por las razones aludidas. Porque creo que Pynchon se atreve a parodiar lo imparodiable (“el terrorismo y el lobby conspiranoico que -¿sin financiación alguna?- es ya tan fuerte como el gay, feminista, sionista o corporativista) y, sobre todo, se ríe de sí mismo y de su propio mito, componiendo una novela que podría haber perfectamente urdido un imitador necesitado de llamar la atención.

Una novela eso sí, que funciona muy bien a todos los niveles. Puede leerse distraidamente en un aeropuerto, por entregas en la Red, tras una inmersión en el cine de Cronenberg o como parte de un ejercicio de literatura comparada junto a otra de Don DeLillo. Además de como un atrevido y lúcido ejercicio filosófico pues, a su manera, Pynchon se encarga de demostrar que tal vez no terminamos de comprender las tesis de Francis Fukuyama. Esto es; que acaso el tan manido “fin de la historia” enunciado por el politólogo norteamericano no tenía tanto que ver con el triunfo del capitalismo sobre el comunismo o con el hecho de que el neoliberalismo se hubiera convertido en el Nuevo Testamento ecuménico sino con el hecho de que, llegados a un punto, seguramente cuando el fin del mundo (y por consiguiente de la historia) ocurran, no surja detrás un paisaje zombificado y apocalíptico. Sino que los supervivientes a esta catástrofe, lo más seguro es que se encierren a jugar con su Consola mientras ésta tenga batería y se enchufen en los cascos una bonita canción de Bon Jovi. La mejor manera, según Pynchon, de celebrar que el fin ha llegado. Y que, a pesar o gracias al ocaso, todo continúa funcionando exactamente igual. Al límite. Absolutamente al límite. Porque la historia (real y virtual) hace ya mucho tiempo que se parece más a una novela de Pynchon que las novelas de Pynchon a la realidad. Como, por ejemplo pone de manifiesto el que hace unas horas, le concedieran a Bob Dylan el premio Nobel de literatura.

Un hecho que en una novela del escritor norteamericano no tendría demasiada trascendencia. No ocuparía más que una página o dos de diálogos entre sus protagonistas quienes, obviamente, aludirían al lobby judío para explicar este premio, en medio de una conversación salpicada de teorías (subversivas o no) sobre múltiples temas. Escena que serviría, en definitiva, para constatar que en el capitalismo actual quien no fabrica dinero, fabrica teorías e interpretaciones. Que el capital y la conspiración no son polos opuestos sino complementarios, como los dos bandos de la Guerra Fría lo fueron. Y que si los tiempos están cambiando es porque a Alguien (que nunca se sabrá quién es) en alguna parte no sólo no le importa que cambien sino que se encuentra absolutamente interesado en que lo haganShalam

اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

Escucha lo que ellos dicen de otros, y sabrás lo que ellos dicen de ti

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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