Anatomia de la memoria

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Anatomía de la memoria es un libro grande. Una enorme copa de mezcal de la cual brota un gusano que se mueve por el cuerpo de una novela plantada en la tierra con la fuerza de una roca. Una de esas montañas que traban los paisajes del titánico país que retrata: México.

En realidad, la prosa de Anatomía de la memoria -como sugiere el título- obliga a recordar. A la rememoración. El Fuentes más perdurable, Juan Rulfo y, sobre todo, Elena Garro se encuentran allí además de ciertos ecos de Agustín Yáñez y de la novela de la revolución. Por eso, el libro posee un aroma de deja vu. De algo ya visto y leído. Calificativo que no expreso en absoluto en un sentido negativo sino más bien, como algo fatídico. Como si a los narradores mexicanos les fuera imposible escapar del torbellino de la violencia mágica (y visceral) que inunda sus tierras de margen a margen o de una manera de enfatizar los hechos legendaria, circular y mítica que obliga a dejarse absorber por la historia (ficticia o real) y crear textos monumentales. Extensos, gordos, gigantescos. Casi como una transcripción de los rugidos del aire viciado de esa tierra que es tantas tierras.

Roberto Bolaño, por ejemplo, compuso sus dos extensas, amplias novelas al ocuparse del país azteca. Carlos Fuentes necesitó sagas y artimañas y técnicas, vueltas y revueltas de todo tipo para ilustrar ese mundo que lo rodeaba (o más bien, cercaba) forzándole a insistir (casi) obsesivamente en su descripción. Y Fernando del Paso se vio obligado a crear baúles enormes del tamaño de un barco para transcribir aquello que veía. De hecho, sus escritos como el de Ruiz Sosa ejercían, en cierto modo, el papel de libro sacro. Se transformaron en Biblias de ese México contemporáneo y eterno cuyos orígenes -semillas indígenas- fueron quemados en el vertedero histórico al igual que las ilusiones de los jóvenes que protagonizan una novela, Anatomía de la memoria, que es una abultada indagación poética sobre las raíces y motivos del mal americano. El desarraigo en la propia patria (perdida) y eternamente por recuperar.

Lo cierto es que la novela de Ruiz Sosa cumple lo que promete en su título porque explora incisivamente en aquellos silencios sibilinos de la historia oficial que acaban contribuyendo decisivamente al olvido total. A esa transfiguración y reelaboración realizada por el poder de luchas y combates que, con el tiempo, dejaron en cierto modo de existir hasta para los que los llevaron a cabo. Un limbo del que son rescatados alquímicamente por una escritura que lúcida y esplendorosamente, sin caer en truculencias, explora ese purgatorio invisible e incandescente repleto de rayos oscurecidos cuyos contornos responden a los del México real. O más bien, a los flecos y tejidos del inconsciente (despierto) de un país que se encuentran influyendo decisivamente sobre la alterada realidad (dormida) de los (muertos) vivos que lo habitan.

Creo, en cualquier caso, que el tema de la novela o pulque mágico -la represión de los movimientos de protesta de los años 70- no tiene tanta importancia como la perspectiva desde la que se aborda. Una voz inmemorial, casi sagrada, que recorre ese pasado como si fuera el presente (y el futuro) remontándose además a varias décadas anteriores a lo sucedido, permitiendo hablar a los muertos, (Rulfo) a los olvidados (Buñuel) o al magma y el entorno que rodea los hechos. El aura y la escritura secreta del territorio (Garro).

De hecho, entiendo que ese es el gran mérito del libro de Eduardo Ruiz Sosa. Esa voz narrativa que es la propia escritura y también la tierra. El aire y el agua. La sangre, la memoria y el olvido. El copal talado y el águila sin alas. Una voz narrativa que vuela y cae como un gallo muerto y resucitado infinitas veces, consiguiendo trazar reflexiones impresionantes sobre la escritura y el amor y la muerte que dotan a la novela de un aire místico de ensayo embrutecido.

En realidad, Anatomía de la memoria es un funeral. Una mirada frontal a la herida mexicana. A los constantes fracasos de las ilusiones juveniles. Y por eso, podría ser un testimonio veraz sobre Atyozinapan, Chiapas, Tlatelolco como sobre cualquier otra revuelta (y matanza) producida en América y, sobre todo, México.

Anatomia de la memoria, sí, es un libro escrito mamando de una teta del árbol cósmico indígena que se apoya en tratados filosóficos occidentales para contar una historia que comienza y finaliza diariamente, surge de los ríos cristalinos con una fuerza insistente y, a su vez, no cesar de repetirse: la de la derrota eterna de los (antiguos y nuevos) dioses mexicanos frente a Occidente (o las fuerzas titánicas del capital-Leviatán-avasallador-totalitario-sembrador de silencio represivo y estéril, castrador y asesino). Es, en definitiva, una exploración de firmamento absoluto de cuyas semillas nace el nihilismo visceral y el mal carnal. La violación (psíquica y física) así como las torturas intensas.

No sé si he conseguido explicarme anteriormente. El único error de Anatomía de la memoria tal vez sea su extensión pero sin esa extensión, probablemente la novela no sería verdadera. Sería más perfecta, sí, pero no verdadera. No sería un trozo de cemento mezclado con agua de chía. Un charco maloliente de petróleo cayendo lentamente por un pueblo perdido en Colima, Morelos, Tamaulipas o Hidalgo. Ciertamente, uno de sus grandes méritos radica en haber sorteado los peligros del tedio gracias a una escritura fluida. Una mezcla entre un brebaje antiguo, acaso chamánico, y gaseosa espumosa muy válida para presentar la obra tanto como relato estremecedor de la globalización como avasallador fresco de la memoria errada y abandonada mexicana.

En realidad, si he entendido bien la novela, -que tal vez no-, Eduardo Ruiz Sosa simplemente se ha dedicado a escuchar los ecos perdidos de los derrotados y a transcribirlos. Y por ello, el vaso rebosante de tequila que nos invita a tomar no me parece tanto una exploración de lo oculto como una descripción hiperreal del ambiente y atmósfera que se respira diariamente en su país. Una transcripción literal, casi periodística de su presente pero, eso sí, realizada con ansias de eternidad. En suma, su libro es una pistola situada en el centro de una ruleta rusa que desea disparar contra sí misma para convertirse en olvido y no tener que acordarse perennemente de aquello que narra. Shalam

 إِذَا كَانَ الْكَلاَمُ مِنْ فِضَّةٍ يَكُونُ الصَّمْتُ مِنْ ذَهَبٍ

Mientras que los ríos hondos corren silenciosos, los arroyos son ruidosos

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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