Antonin

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Antonin Artaud continúa siendo una víscera viva de Occidente. Una costilla rabiosa. El minotauro herido. Su prosa parece escrita antes de ayer. Se encuentra tan llena de intensidad, locura y verdad que no posee fecha. Pertenece al “ahora”. A este exacto momento presente. Al mundo antiguo y al apocalíptico. A los dominios de la creación y la destrucción total. Es, sí, una calavera viviente. Un trocito del hígado de los mitos.

De pocos creadores se pueden decir que no han muerto a pesar de lo que indica la fecha final de su biografía. Artaud es uno de ellos. Porque su escritura no era libresca ni erudita. Era salvaje e incisiva como un puñal y parecida a un garrote. Tan brutal y festiva que cuando yo al menos leo uno de sus libros no siento que estoy pasando páginas sino que estoy danzando. Probablemente debido a que el visionario francés fue capaz de convertir la literatura en un ritual. De hecho, sus libros más que compuestos por palabras, parecen estar llenos de gritos. Oscuras imprecaciones que recuerdan a los conjuros de los chamanes y a los saltos de los ebrios danzantes primitivos. A los aullidos de los coyotes y a los de los locos internados en sanatorios. Y en ellos conduce al arte a otra dimensión. Lo golpea con tal contundencia que lo devuelve al cosmos y las estrellas. Transformando cada palabra del ser humano en símbolo y cada una de sus creaciones en carcajada divina y diabólica. Escroto celeste. Colmillo de tierra.

A Artaud se le pueden aplicar muchas de las palabras que él mismo dedicó a Van Gogh. Ciertamente, pocos artistas han hecho un autorretrato tan certero de ellos mismos como el que realizó el escritor francés cuando aludió a la autenticidad artística del pintor holandés. Esa serena verdad contraria al comercio y a la industria que captó en sus lienzos y tuvo su reflejo y continuación en su diálogo de sordos con la sociedad. Su bestial soledad y una locura que no era tanto inobjetable caída psicológica como anhelo de comunión e impotencia.

Artaud captó perfectamente el apasionamiento de Van Gogh. Su alma de niño. Sus ojos rasgados hambrientos de luz y ávidos de amor. Penetró en su alma mortificada. Y vislumbró pureza en la rotundidad con la que disolvía el color. Artaud se vio conmovido por la vida del pintor de Arles porque él mismo sufrió una continua y asfixiante opresión social. Sentía que el lenguaje psiquiátrico era una metralleta contra la creatividad y la ciencia y la técnica se habían convertido en jaulas para el espíritu de libertad humano. En esencia, ansiaba la totalidad pero no era un romántico ni exactamente un surrealista. Era un hombre que deseaba juntar las noches y los días y los pensamientos con lo irracional para devolver al ser humano su dimensión divina. Artaud es el rostro de los mitos. El inconsciente de los sueños. Alguien tal vez más cercano a un animal que a un ser humano. Tan pez como monstruo. Un vampiro disoluto con una osadía gigantesca empeñado en descorrer el velo de Maya y otear horizontes nublados que no concebía la realidad como una rama escindida del árbol del bien y el mal sino como un maremoto incontinente de sonidos, colores y significados que todo artista tenía la misión de unir. Transformar. Era, sí, nitzscheano a su manera. Pues su voluntad de vincular cielos e infiernos y caminar en medio de terremotos creativos era mucho más grande que los impedimentos que encontró en su camino. Tanto que entre la locura y la mediocridad eligió la primera. Y entre el ostracismo o el vano reconocimiento tampoco dudó en apuntalar a la disidencia más feroz.

En realidad, Artaud no era un artista depresivo sino tormentoso y vital. Era una tempestad. Un águila planeando en medio de un cielo incendiado. Una avispa picoteando en el ojo herido del humanismo. Y por tanto, sus obras eran un látigo para Samuel Beckett y los escritores existencialistas en general. Pues todo lo imbuía de sangre y esperma. De nervios, hígado y espíritus. Miraba al pasado de Francia y se regodeaba con la crueldad de los reyes y las escupideras que usaban. Se volvía hacia Roma y convertía a los emperadores en monstruos bicéfalos y hermafroditas. Ponía sus ojos en México y contemplaba rojos amaneceres en los que los brujos aztecas disolvían las paredes celestes con ayuda de sangre y plantas naturales y noches en las que, con ayuda del peyote, distintas tribus transformaban la vida en ciclo cósmico incesante. Su Edad Media es una Edad Media teatral. Parecida a un Taror de Marsella. Una Edad Media inquietante y áspera. Simbólica y viva. Al igual que su teatro. Una especie de león rugiendo en medio de la civilización. Un encuentro entre el hombre y su alma onírica sobre una colina.

Naturalmente, el pensamiento de Artaud no era sistemático. Artaud no era un intelectual ni mucho menos un filósofo. Era un poeta-actor que comía con las manos. No utilizaba eufemismos para escribir ni utensilios para comer. Era, sí, un brujo perdido en un mundo hostil que intentaba recuperar su espíritu en medio de esas bombas solitarias que son las ciudades occidentales. Por lo que vislumbraba el castigo como una manera de recordar que estamos vivos y el dolor como la prueba de la existencia del paraíso. La tortura como fuego y el llanto como purificación. En Artaud, la literatura se vuelve combate. Lucha. A veces incluso guerra. Otras humo y fuego. Y a veces piedra. Pero en ningún caso, en actividad complaciente. Al contrario, en sus manos es un arma. Un cuchillo clavado en el corazón de una bestia. Una lanza clavada en una carretera que anuncia el regreso de la tribu. Del hombre primitivo. Del terremoto onírico y sexual.

Artaud era trash metal. Las fauces del Averno. Una invocación al origen. Al retorno a la caverna. Era un asesino que, de una sola mirada, imbuía de sangre y orina el pensamiento de Platón. Alguien que buscaba trascender al Cristo. O más bien, conseguir que la esencia del resucitado se uniera a la del hombre primitivo.

Artaud veía oro por todas partes. Sangre y carne. Es sin dudas el escritor del cuerpo. Un hombre que dibujaba personajes que -no importa la situación en la que se encontraran- siempre parecían estar ávidos de sexo. Ser esclavos del deseo. Imponerse a dios por su anarquía y desatado libertinaje. Y sin embargo, ninguno de ellos parece obsceno. Tal vez porque la brutalidad de Artaud no era superflua sino absolutamente necesaria. Era un contrapeso a la abulia oficinista del mundo. Un rayo en medio de la brisa cotidiana que anunciaba que las tormentas son mucho más reveladoras que los cielos en calma. Shalam

يمارسوا مهامهم في أحسن

Nadie puede ser sensato con el estómago vacío

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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