Canguros y jazz

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Acabo de terminar de leer El koala asesino. Un libro de relatos de Kenneth Cook tan divertido como excéntrico. Algo connatural a la cultura del país del que procede: Australia. Una fascinante isla que podría perfectamente haber surgido de una novela de H.G.Wells o Robert. E. Howard de la que la mayoría de creaciones que emergen, son sorprendentes. Se encuentran construidas con un ritmo a medio camino de una fábula onírica o maravillosa y un delirante poema. Probablemente porque son resultado de la fusión del mundo de los colonos, piratas, malhechores y la selva austral.

De hecho, me resulta lógico que el fascinante Los trazos de la canción de Bruce Chatwin fuera escrito en esta especie de zoo sin rejas. Un territorio en el que los lobos se desplazan a saltos y los animales se embriagan con las cantimploras de los exploradores. Australia es una isla de Lost contenida. Una llanura llena de anécdotas que contribuyen a forjar una civilización amplia y dinámica, risueña y nostálgica que pudiera ser identificada con alguno de los trozos perdidos de la Atlántida.

De lo que no cabe duda es de que Australia remite a lo sobrenatural. Es un pedazo de tierra donde Screamin’ Jay Hawkins podría perfectamente elegir reencarnarse. Un rincón donde acaso pudiera aún encontrarse un dinosaurio, aparecer un esclavo negro, la primera mujer nudista o un avión transformado en canguro dando vueltas en torno a lagos derretidos. Siendo por ello natural que los relatos de El koala asesino se encuentren repleto de festivos, alucinados y pasionales encuentros con animales.

El koala asesino podría perfectamente haber sido escrito por un Horacio Quiroga cuerdo; un Poe que se hubiera curado de su hipersensibilidad y no tuviera miedo de pasearse por los tugurios con varias serpientes anudadas a sus brazos y cuellos; o por un Hemingway perdido en las Antipodas con un rifle y un canuto de marihuana. Es una colección llena de textos-impacto escrita con fino sentido de humor y una ironía desbordante de la que emergen gatos salvajes ladradores y enormes tiburones alados.

En realidad, El koala asesino es un festivo, irónico libro Bebop. Mucho más beat de lo que parece en primera instancia. De hecho, es casi una jam session de anécdotas. Una excursión por aquellos relatos de viajes y cuentos orales narrados entre copa y copa en las tabernas en días de mucho calor o lluvia ininterrumpida. Es una gruta hecha a la medida de un lagarto. Swing líquido y volátil. Literatura parecida a la voz agreste de Tom Waits recitando un poema festivo. Es un texto, sí, que ahonda en los surcos de la noche para descubrir toda esa pléyade de anécdotas secretas que forjan la historia oculta de un país. La tela de araña invisible que transforma vidas sujetas a los ritmos de tiempos arcanos. Al pathos de la mitología salvaje. Ese mundo en el que los animales habían dejado de ser dioses pero aún se identificaban y confundían con ellos de tanto en tanto. Shalam

نَّ الْقَلِيلَ بِالْقَلِيلِ يَكْثُرُ

La persona se mide por sus dos más pequeñas partes: corazón y lengua

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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