Carrie

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En las primeras novelas de Stephen King es posible encontrar algunas de las metáforas de terror más fascinantes y certeras de nuestra época.

Carrie, por ejemplo, es un cuento de hadas al revés. Una novela que hace saltar por los aires todos los códigos y resortes simbólicos de los relatos infantiles y desmonta el pudor y el recato con el que fueron escritos. De hecho, el horror en el libro aparece desde su comienzo y no es necesario aguardar a la venganza llevada a cabo por una frágil muchacha contra su madre, los compañeros que la ridiculizan y una población que la desprecia, para sentirlo. Es palpable desde las primeras escenas: una joven, Carrie Fisher, cuya alucinada y represiva madre no le ha comunicado jamás información alguna sobre sexualidad, sufre su primera menstruación en las duchas de la escuela. Un hecho que la horroriza -cree que puede morir desangrada- y ante el que no sabe cómo responder, provocando las burlas del resto de sus compañeras que contribuirán a ahondar en su estado de descontrol y desorientación. Es decir; en la novela de King se hace absolutamente explícito todo aquello que se sobreentiende u oculta en los cuentos infantiles. Siendo precisamente este desvelamiento una de las claves argumentales que provocan el terror y contribuyen a acrecentar las sensaciones de mareo y vértigo que inundan la novela de sangre (menstrual o no).

Carrie es una demostración de que que tal vez la novela de terror no sea más que el reverso del cuento infantil. Que para componer una historia capaz de escalofriar y perdurar en la mente de los lectores, -además de ciertas dosis de talento- bastaría con hacer salir a la superficie todo lo que esconden y no pueden decir explícitamente los cuentos de folklore tradicionales: Caperucita roja, Blancanieves, La bella durmiente, Cenicienta.

Muchos de esos relatos comunican con dulzura y un lenguaje simbólico lleno de claves, mensajes muy claros a las niñas: la importancia de elegir un buen compañero de vida, el cuidado que deben tener con los lobos (los hombres de la sexualidad desatada), la inevitable llegada de la menstruación para su crecimiento y conversión en mujeres, etc. Pero, al contrario, Stephen King, -como si fuera el guitarrista de una banda de trash metal ocultista o de hardcore- no se anda con sutilezas. Habla con rotundidad e inteligencia malsanas del tabú para ahondar en la hipocresía de una sociedad diabólica (consumista y esteriotipada) que estaba a punto de ser inoculada por el virus de “lo políticamente correcto”. Y lógicamente, el clímax de su narración no llega con el beso entre el príncipe y la princesa sino con la destrucción de Cenicienta. El tétrico momento en el que la joven humillada y despreciada al fin va a experimentar un momento de felicidad plena que, lamentablemente, termina en cruento baño de violencia cuando dos de sus compañeras le arrojan una bañera de sangre, provocando el estallido de sus poderes telequinéticos y la catártica venganza con la que se cierra el libro.

En cualquier caso, Carrie no era únicamente un opuesto del cuento infantil o una versión zombie de La cenicienta. Porque esa chica que no podía evitar nadar en mares revueltos de sangre era, asimismo, una metáfora muy acertada para transmitir la náusea presente en un país recién salido de la guerra del Vietnam o mejor aún, una manera de demostrar sobre qué mimbres se había levantado una nación parecida a esos imberbes adolescentes fanfarrones que rodeaban a Carrie: la sangre y matanza de indígenas cuyo recuerdo negado y oculto bajo murallas de edificios, imponentes universidades y formidables vehículos terminaba por golpear esquizofrénicamente a toda la población en la matanza final.

Obviamente, esto es tan sólo una elucubración. Probablemente una interpretación demasiado forzada, pero de lo que no cabe duda teniendo en cuenta el personaje de la madre de Carrie es que, entre otras muchas cosas, la novela de King era una crítica radical al puritanismo. Una prueba de que los excesos religiosos brotan del miedo y desembocan en la negación de la vida y la realidad; en la destrucción total de los vínculos sociales. Shalam

إِنَّ الشَّقِيَ بِكُلِّ حَبْلٍ يَخْتَنِقُ

              El desgraciado se corta con todas las cuerdas

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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