Cicatrices

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Charles Bukowski era un hombre destrozado. Desgarrado. Lleno de heridas. Era más un bluesman que un escritor. Un hombre roto que narraba sus historias con una botella de whisky en la mano izquierda y una pistola en su mano derecha apuntando a su cabeza. A su hígado y sus riñones. En realidad, era un superviviente. Un señor hastiado. Cansado de ir de trabajo en trabajo sin rumbo. Harto de mensajes patrióticos y contraculturales. Era un inadaptado. Una escoria y una basura inservible. Pero una escoria y una basura inservible que escribía. Era directo. Daba en la llaga. Describía la realidad con tres o cuatro sencillos sustantivos y un solo adjetivo mejor que pretenciosos novelistas en un capítulo entero.

Más que un escritor, Bukowski era un boxeador. Sus cuentos eran ganchos directos a la mandíbula de sus lectores. Emergían del alma de un hombre derrotado. De un hombre perdido que logró el triunfo literario desde el infierno. Sin hacer concesiones. Siendo él mismo. Porque, independientemente de lo bien o mal escritas que estuvieran cada una de sus narraciones, transmitían verdad. Autenticidad. Eran pedazos de carne jugosa para perdedores. Infernales odas sobre la soledad y la derrota. Intensos relatos sobre la destructiva vida cotidiana experimentada por ese americano medio que no aparecía en la televisión ni el cine ni participaba del boom de la sociedad de consumo y no tenía más amigos que las sábanas de su habitación y el alcohol.

Contrariamente a lo que se cree, Bukowski no era un pornógrafo. Sus relatos no son eróticos. No exploran los límites de la sexualidad como sí que hizo Henry Miller. Cuando Bukowski hablaba de sexo, lo hacía de dolor. Cuando narraba un polvo, estaba luchando contra un trauma; un latigazo de su padre en la espalda; un castigo inmerecido; la bronca de un jefe; un frío despido a media noche en una enorme ciudad; las traiciones de los amigos; o las risas crueles de sus compañeros de juerga al verlo caer al suelo inconsciente. El sexo, sí, era para Bukowski una vía de escape contra la autoridad. Un tronco al que agarrarse en medio de un temporal. No una comunión sino unas cuantas gotas de mercromina introduciéndose en sus inmensas heridas espirituales. Más un vicio que un placer. Más una anestesia que un propulsor de energía.

Recuerdo de hecho pocas lecturas tan áridas y trágicas como Mujeres. Una seca y sucia novela en la que mezclaba vivencias amorosas experimentadas antes y después de convertirse en una celebridad. Un libro lleno de encuentros sexuales en el que no había erotismo. Había dolor, lucha, fuerza bruta, pero no erotismo. Porque el Bukowski más erótico siempre era el más trágico. El más acabado. El más destrozado. El que suicidaba a la sociedad en cada trago de alcohol.

Creo que Bukowski no follaba sino que se masturbaba. No era alguien que compartía una experiencia sino que utilizaba los encuentros sexuales para no morir. Para no terminar de caer o hacerlo más o menos de pie y beber otra copa. Y tuvo la suerte de que nadie se opuso a su autodestrucción e incluso lo jalearon como experimentó cuando se convirtió por azares del destino en el escritor norteamericano de moda. Un célebre artista al que Hollywood tentaba continuamente y además, tenía a sus pies a la mitad de los artistas y editores rebeldes (y no tan rebeldes) de su época cuyo principal problema no era tanto lograr el dinero suficiente para subsistir sino evitar la autoparodia. Terminar convirtiéndose en uno de esos monigotes que tanto había odiado y despreciado. Un icono tan famoso, vulgar (y usado) como una lata de coca cola o una botella de Jack Daniels.

En Bukowski hay algo verdadero. Y es ese dolor. Un dolor tan profundo y hondo, tan sucio y solitario que ha sobrevivido al éxito de su personaje y a sus cientos de imitadores que por lo general fracasan porque piensan que su obra es una cocina con platos sin lavar o una habitación desordenada con un cenicero plagado de colillas y varios condones en el suelo. Y desconocen que, en realidad, es el corazón herido de un perdedor. El alma devastada de un hombre cuyo mérito más que escribir fue no suicidarse. Persistir. Transformar su vida cotidiana en una risible tragedia griega. Follar en los baños públicos y escaleras más que en su cama y lamer coños como si estuviera succionando biberones sin importarle si estaban depilados o no o si pertenecían a una modelo, a una mujer de la limpieza o a su pareja habitual. Shalam

أي جهد خفيف مع هذه العادة

Cualquier esfuerzo resulta ligero con el hábito

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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