CIENCIA FICCIÓN EN EL SIGLO XIX: LA VISIÓN DE ASIMOV

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Jack London, H.G.Wells, E. T. A. Hoffmann, Mary Shelley, Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne, Guy de Maupassant, J.-H. Rosny Aîné, Arthur Conan Doyle… la lista de escritores que aparecen en los dos tomos en los que Isaac Asimov recopiló algunos de los mejores relatos de la ciencia ficción del siglo XIX, (a los que hay que añadir los nombres de Robert Duncan Milne, Edward Page Mitchell, Frank R. Stockton, Edward Bellamy, Grant Allen y C. J. Cutcliffe Hyne), convendremos que es impresionante. Y bastaría por sí misma para reivindicar y certificar lo importante que este género fue y ha sido y cómo fue necesario y sumamente imperioso recorrer algunas de sus temáticas para una gran parte de autores del mundo anglosajón o francés (que son los lugares donde más se cultivó en principio debido a los efectos de la Segunda Revolución Industrial y los constantes avances científicos y técnicos que se generaron o pudieron comenzar a concebirse a partir de ella).

Además del reencuentro con algunos verdaderos clásicos (“El horla”, “El hombre de arena”, “Descenso al interior del Maelstrom”) que yo no me atrevería a incluir en el género sin una explicación plausible, uno de los aspectos que más me ha interesado del libro (y en algún momento, sorprendido), ha sido la posibilidad que nos ofrece de cerciorarnos de la forma en que lentamente, de manera natural y casi sin apercibirnos, diversos temas claves de la ciencia ficción (el doble, el autómata, la inmortalidad, el descubrimiento de civilizaciones perdidas, la telepatía) se introducen subrepticiamente en narraciones que conservan aún un aspecto bastante clásico y un lenguaje muy elaborado que contrasta con aquel que -acertadamente o no- identificamos como propio de este género: mucho más sencillo y directo. Por momentos, se siente uno como si leyendo a Garcilaso encontrara una referencia a un extratarrestre o un frigorífico. Ok. Tal vez esté exagerando. Pero en el mundo de penumbras y pasiones desbordantes, de palabras cosidas al corazón y miradas sin fin hacia el abismo que nos propone el romanticismo, cualquier referencia a seres surgidos de otro planeta o al desarrollo científico, resulta por lo menos chocante. Y cuesta acostumbrarse. De hecho, convendremos que el ornamento lingüístico, el lenguaje escrito a fuego es ya en sí mismo un motivo de interés y combinarlo junto a otro fenómeno destacable y, en principio, raro, puede terminar por abrumar. Aunque hay que reconocer que en los ejemplos puestos aquí contribuyen a aumentar más la tensión, paranoia y los reflejos múltiples de historias en las que el desasosiego de los personajes ya anuncia la futura esquizofrenia moderna.

Se comprende, por otra parte, revisando tanto los relatos de Hoffmann como los de Poe o Mary Shelley (de la autora inglesa se incluye el inquietante “El inmortal”), que el romanticismo fue en gran medida, algo parecido a una noche apasionada, un canto decadente y sin luz dirigido a un mundo cuyas fronteras pronto se controlarían por entero pero en el que el ser humano continuaba sintiéndose huérfano. Probablemente porque había perdido conexión con su fuente sagrada: los mitos, la naturaleza, la raíz pura de la religión cristiana. Lo que provocaba tanto la nocturnidad de la expresión romántica como su clásica exaltación producida no tanto por el entusiasmo y asombro como por la conciencia de la propia caída que ilusamente, se creería más tarde, poder controlar con el positivismo. Por ello, tanto “El hombre de arena”como “Maelstrom” o “El inmortal” a los que podemos añadir el excelente relato aquí incluido de Nathaniel Hatworne, “La hija de Rapaccini”, y por supuesto, “El horla” de Guy Maupassant, son narraciones tanto de confusiones, desprendimientos y ocasos como de descentramientos. Son el reflejo de un orden que definitivamente cae pero también la sospecha que aquel que vendrá a sustituirlo no será en absoluto mejor. Pues tal vez añada más oscuridad al alma de un ser humano ya en esos tiempos consciente de estar caminando hacia un agujero sin salida, de los peligros del progreso y necesitado de ahondar en su consciencia -el psicoanálisis- para encontrar una explicación al caos que generan sus conductas y conseguir racionalizarlas. Lo que en el fondo podía ser un preludio a la maquinización, masificación y robotización de un hombre manipulable (tan parecido a los autómatas sin vida o la mujer envenenada que aparecen en los cuentos de Hoffmann y Hatworne) que no en vano Poe visualizaba cayendo en fondo de un inmenso agujero negro; al igual que Robert Duncan Mile en su relato “En el sol” que, en este caso, finalizaba con el último superviviente del contacto del astro solar con la tierra, cayendo desde el globo en que ha huido de la tragedia en un final que no me resisto a citar porque ejemplifica a la perfección aquello que sostengo: “Estoy acercándome a la derretida superficie. Mis sensaciones han cambiado. Soy consciente de que la superficie ha dejado de parecer que estaba ascendiendo. Ahora me doy cuenta de que soy yo quien está cayendo…, cayendo hacia las horribles profundidades de abajo. Más cerca…, cada vez más cerca; desgarradas y ennegrecidas por el terrible calor a medida que me aproximo… Voy cayendo…, cayendo…, cayendo..”.

Caída a la que se opone, por cierto, un relato con el que significativamente se cierra el primer volumen de Asimov, “Una historia de gravedad negativa” de Frank R. Stockton en que el protagonista (que no creo que por casualidad sea norteamericano teniendo en cuenta el papel de guía de la odisea espacial que esta nación adoptaría pronto) consigue alzar el vuelo gracias al descubrimiento de los poderes de la gravedad negativa aunque finalmente oculta su invento. Gesto que, en gran medida, alude la desconfianza en la ciencia no tanto por sus posibilidades en continua expansión sino por el grado de conciencia ínfimo de un hombre cada vez más enajenado.

 

Es también muy significativo que en el primer relato que se ocupa de un tema tan fascinante como los viajes por el tiempo, “El reloj que marchaba hacia atrás”, de Edward Page Mitchell, el salto dimensional, temporal se produzca hacia atrás, para restablecer cierto orden en el presente. Como si una parte del sacro espíritu que aún queda puro en el romanticismo buscara las razones de su malestar y decadencia en el pasado, se resistiera a encontrarlo en el futuro, y supiera o preludiara, en el fondo de sí mismo, que en la línea recta del progreso se encuentra escondida una catástrofe que antes o después saldrá a la luz; ese apocalipsis que protagonizará tantos de los textos de la ciencia ficción del futuro y en este antología de Asimov, un relato como “La catástrofe del valle del Támesis” de Grant Allen, representa a la perfección.

En realidad, la ciencia ficción del siglo XIX (si es posible llamarla así pues hasta la eclosión de Julio Verne y H.G.Wells no empieza a tomar las dimensiones y características según las que la conocemos), es un campo de pruebas sobre las posibilidades del futuro que la mayoría de veces vuelve su vista al pasado para entender dónde se encuentra. O al menos, establece límites precisos, confronta realidades exploradas con aquellas que desearía explorar antes de dar el salto definitivo hacia el espacio.  Por ejemplo,Los Xipehuz” de Rosny Aîné es más un relato sobre fronteras, la otredad, una historia colonial de tintes antropológicos e históricos que sobre mundos desconocidos. Y de hecho, si cambiáramos los nombres de los Xipehuz y el de la tribu nómada de Pjehu por el de alguna población africana o asiática o incluso  la vistiéramos con el uniforme de algún ejército europeo podría pasar perfectamente por una narración tipo del siglo XIX firmada por el mismo Ruyard Kipling.

Por otro lado, “En el abismo”, de H. G. Wells da cuenta de la exploración de un mundo submarino que, obviamente, trae consigo resonancias a la Atlántida y alude tanto a la necesidad de rebuscar en nuestro interior para encontrar la conciencia mítica perdida como a la ansiosa necesidad de descubrir nuevos secretos y misterios con el fin de que el hombre no quede constreñido únicamente a su existencia presente; El saurio” de C. J. Cutcliffe Hyne, es una narración bien conseguida en que se retoma la imagen y el símbolo de un animal prehistórico con cierta nostalgia teniendo en cuenta que ya no había dimensiones nuevas que explorar en la tierra; y Un millar de muertes de Jack London es otro alegato furioso contra los peligros de la ciencia, que demuestra que este género por ocuparse, rastrear e imaginar lo que sucedía en las cabezas de los científicos, se convirtió (incluso por encima de otros como el naturalismo y el realismo que hacían gala por su fidelidad a la “vida real” de ser testimonio y ojo del hombre occidental) en un género humanista; algo que consiguió explorando y en parte adelantándose a los acontecimientos por venir, así como contribuyendo a relativizar nuestra historia y presente consiguiendo, o al menos animándonos, a que fuéramos más allá  de nuestras limitaciones. Y volviéramos a soñar en reinventarnos.

Por cierto que no me gustaría dejar sin citar El gran experimento Keinplatz de Arthur Conan Doyle -que, en parte, comparte temática con El posible camino, de Edward Bellamy-  no sólo por la jugosa anécdota a la que se refiere -en el transcurso de un experimento telepático la mente de un profesor pasa a la de su joven alumno y viceversa- sino porque da pie a todo tipo de jugosas anécdotas y divertidas situaciones que recuerdan a los equívocos de la comedia del siglo de Oro que demuestran lo gran escritor que era el creador de Sherlock Holmes. Un gran artista capaz de hilvanar tejidos lógicos narrativos inverosímiles para dar coherencia y consistencia a historias fantásticas como esta que se nos presenta en la recopilación que, a su manera, no se encuentra tan lejos de la que un siglo más tarde desarrollaría David Cronenberg en Scanners y recuerda vagamente a El resplandor de Stephen king. Pudiendo, a la vez, interpretarse como una deconstrucción irónica del famoso relato de Stevenson Dr. Jeckyll y Mr.Hyde que, de alguna manera, siguiendo los criterios de Asimov, podía haberse incluido en este libro que con sutileza e inteligencia explora los territorios del terror, la fantasía y ciencia-ficción permitiéndonos comprender mejor las raíces de muchas de las sagas narrativas más populares de nuestro tiempo así como el cruce genérico (más espontáneo que meditado) que se produce en muchas de ellas; sin el cual no conseguirían atraer tanto nuestra atención. Conseguir que las siguiéramos como aquel que tiene la cabeza partida en mil trozos y la va reconstruyendo delante del espejo que es la cultura de su (y nuestro) tiempo. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

 El corazón en paz ve una fiesta en todas las aldeas

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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