Confusión

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De tanto en tanto, hay que dejar hablar a los demás. Por lo general, suelo hacerlo pues leo varias horas al día y apenas me expreso públicamente en otro lugar distinto de Avería. Sugería Sergio Pitol que un escritor es alguien que oye voces o ecos de voces. Afirmación con la que básicamente estoy de acuerdo. Desde hace varios años, siento que alguien me dicta al oído las novelas que urdo. Ahora mismo es un diablo que desea sangre y tal vez en el futuro sea un ángel. Pero siempre hay alguien. Mi tarea consiste en escuchar. Estar las suficientes horas delante del papel para poder ser dirigido y convertirme en marioneta. Un solitario personaje de Bergman o la cabeza de plástico de Pessoa.

No sucede exactamente lo mismo con Avería donde creo que sí se expresa mi yo consciente. Aquí hablo yo. No él o los “otros” (que, supongo, también son yo). Pero como sugería al principio, a veces es necesario dejarlos hablar.

En este caso, cedo la voz al poeta y pensador argentino Aldo Pellegrini, a quien he tenido la inmensa suerte de comenzar a leer hace unos días por una recomendación de Heriberto Yépez en su twitter. No he podido conseguir el libro completo. Me refiero a Para contribuir a la confusión general. Pero tengo la sensación de que cuando lo lea, será un texto revelador. Uno de esos ensayos que despejen mi mente en los peores momentos y siempre me rejuvenezcan como es el caso de Esculpir en el tiempo de Andrei Tarkovski, El sentido de la creación de Nikolái Berdiáyev o El pecado original de América, de Héctor Murena.

Dejo a continuación dos breves párrafos que me parecen, en su sencillez, muy reveladores:

“La acción subversiva de la poesía se manifiesta al ofrecernos la imagen de un universo en metamorfosis en oposición al universo rígido que nos imponen las conversaciones. La imagen poética en todas sus formas actúa como desintegradora de ese mundo convencional, nos muestra su fragilidad y su artificio, lo sustituye por otro palpitante y viviente que responde al deseo del hombre. Por eso la poesía auténtica degrada a quienes aspiran a existir en un medio dominado por la quietud, un medio pasivo, sin riesgos y sin imprevistos. Ese medio es un esquema irreal, abstracto, desvitalizado; es el falso mundo de la seguridad, que se parece más a un mundo de fantasmas que las más desaforadas creaciones de la imaginación poética. Para completar la paradoja, los defensores de ese mundo irreal se llaman a sí mismos, realistas”.

“En el proceso utilizado para domesticar a los poetas, el aplauso, el consenso elogioso, la popularidad, son los factores más peligrosos. El poeta que sucumbe a la tormenta de los aplausos debe pensar que los imbéciles, que forman la gran masa de los llamados entendidos, no se equivocan nunca; sólo aclaman lo inofensivo. El poeta debe desconfiar de ese aplauso, de ese elogio unánime, con el que fabrican las rejas de su prisión. Por eso Bretón lanzó una alerta lúcida a los poetas al decir: “La aprobación del público debe rehuirse por encima de todo”. Pues un poeta domesticado por el elogio tiene más valor para los predicadores de la sumisión que los inocentes versificadores que ellos presentan como sustituto. El poeta domesticado se convierte en ejemplo de la inutilidad de ser libre. Como el león domesticado, es una caricatura grotesca de un gran señor de la libertad, y sus rugidos adquieren entonces acentos de canto de ruiseñor. No es la confortable y estéril placidez de los parques artificiales la que conviene al poeta; su poder combativo y creador se exalta en la sorda lucha de la selva, y para el poeta de hoy la selva ha encontrado residencia en las grandes metrópolis, donde brotan del suelo gigantescos rascacielos, donde la vida se ve vuelta en la mañana inextricable y despiadada de un mundo mecanizado, y hombres-serpientes y hombres-chacales pululan por las calles”. Shalam

إنَّ الْهَدَيَا عَلَى قَدْرِ مُهْدِيهَا

Cuando sonrió el hombre, el mundo lo amó. Cuando rió, le tuvo miedo.

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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