Crónicas Marcianas: Bradbury o el pop antes del pop

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Hasta hace una semana, no sabía que Ray Bradbury había escrito poesía. Únicamente conocía su faceta como escritor de ciencia ficción. Pero ciertamente, tras leer Crónicas Marcianas (1950) debo confesar que no me extraña en absoluto que el escritor norteamericano cultivara el  género poético y, además, fuera muy bueno en este desempeño. Porque únicamente un poeta sería capaz de narrar con esa mágica sensibilidad y sentido de lo asombroso, las historias sobre la colonización del planeta Marte que recoge en su maravilloso texto. Una delicia, una exquisita delicatessen que me ha dejado un sabor de boca bien dulce. Casi como si me hubiera bañado en una tarta de chocolate, contemplado un episodio de mis dibujos favoritos de niño o revisara de nuevo algunas de las emisiones de la, probablemente, mejor serie de televisión de la historia, La dimensión desconocida (The twilight zone) del gran Rod Serling. Quien, sin dudas, debió inspirarse en las creaciones de Bradbury para consolidar su estilo único e irrepetible hasta ahora imposible de imitar y alcanzar. Probablemente, porque las condiciones de la época en que surgió su serial televisivo eran las apropiadas para el desarrollo de un género, la ciencia-ficción, que a mediados de los años 50 tenía todavía muchos campos que explorar y no había llegado al callejón sin salida en el que en parte, se encuentra ahora mismo debido a la sobrecarga de estímulos y esa sensación de deja-vu de muchos de los intentos por renovarlo.

A pesar de ser un texto muy conocido, debo decir que, afortunadamente, yo no sabía absolutamente nada del contenido de Crónicas Marcianas. Durante una navidad que pasé en Tepoztlán, leí su primera historia, “El verano del cohetecasi un cómic pop- pero finalmente, abandoné el libro hasta un mejor momento. Y en verdad, he de confesar que la sorpresa al leerlo ha sido muy grata. En primer lugar, porque pensaba que era una recopilación de cuentos centrados en Marte y el hecho de que, en realidad, sea una crónica progresiva y continuada de la conquista de este planeta, lo hace mucho más interesante. Entronca este relato en el territorio del mito. Y provoca que el interés por el libro en su conjunto no decaiga en ningún momento. Sobre todo, por la forma de narrar de Bradbury. Resulta, por ejemplo, adorable la naturalidad con la que da cuenta de lo imposible o inverosímil; como si fuera un periodista que se divierte no sólo narrando los hechos sino intuyendo cómo los recibirá el lector. Y es de resaltar, sin dudas, su dura crítica a la política norteamericana y al ser humano en general, que llega a su clímax en los postreros relatos y alcanza un nivel de abstracción verdaderamente fabuloso en la última crónica de esta colección.

Me parece, en cualquier caso, que los méritos del libro de Bradbury no radican únicamente aquí. Básicamente, porque sus cuentos son autoconscientes.  Y en ello se diferencian de los primeros relatos de este género, que parecían surgir casi como generación espontánea. Eran respuestas apasionadas a una situación desconocida hasta entonces: el apoderamiento del ser humano del planeta tierra en su conjunto. Al contrario, las narraciones de Bradbury eran genuinos artefactos modernos en los que, desde luego, poco importaban los datos técnicos y científicos. Eran textos que ofrecían un testimonio muy meditado y sarcástico sobre el género humano no tan lejano del que muchos de los artistas norteamericanos comenzarían en breve a realizar tanto en el campo del cómic como en el de la pintura. De hecho, el indudable componente irónico de sus cuentos contribuyó a convertir la desolación en consumo. Sus personajes eran por ejemplo, parecidos a muñecos. Juguetes preparados para cumplir fantasías. Era más fácil imaginarlos como objetos movidos por la mano de un niño que como personajes de carne y hueso. Una característica que explicaría en parte el fracaso de la adaptación televisiva protagonizada por Rock Hudson, incapaz de trasladar a la pantalla la dimensión irónica, contemporánea, poética y mordaz del libro en que se inspiraba.

En realidad, con Crónicas Marcianas, el espacio se convirtió por primera vez -al menos de forma totalmente explícita- en un lugar icónico, fotografiable y familiar. Es decir; en un área pop. Y la ciencia ficción se volvió un género autorreflexivo que no buscaba tanto dar salida a las pulsiones aventureras del hombre sino obligarlo a meditar y reflexionar.  En este sentido, el libro era ya más una postal que una experiencia y una foto que un paisaje. Era, en esencia, un seductor zumo prefabricado compuesto de todo tipo de edulcorantes que no tenía porqué someterse a la dictadura de la real. Apostando por lo impostado y artificial, Bradbury mostraba el tremendo envoltorio de papel de regalo en que comenzaba a quedar sumergida la sociedad americana. Su libro era ya un serial televisivo previo a la total implantación de la televisión. Y a su vez, era pop antes del pop o al menos antes que este estilo se diera a conocer masivamente.

Crónicas Marcianas era una especie de acuarela camp en la que convivían distintas temáticas -la fascinación por la técnica, el miedo a lo desconocido, a la hecatombe y la necesidad de encontrar un “otro”- con personajes de dibujos animados que parecían conscientes de ser dirigidos por la mano de un escritor y encontrarse en el atril de un teatro. Como si fuera Ray Harryhausen, Bradbury no parecía tanto indagar en la personalidad y psique de sus personajes sino en retocarlos, darles los efectos de maquillaje necesarios para que él pudiera ofrecer un mensaje que -todo hay que decirlo- no se encuentra tan lejano del que George Orwell y Aldoux Huxley proporcionaban en sus famosas novelas antiutópicas. Únicamente que en Bradbury existía una voluntad de distanciamiento que no se encontraba en los dos escritores recién citados debido a su mentalidad posmoderna: “no me acerco ni implico excesivamente en el tema pues soy consciente que de nada serviría mi comportamiento si salgo herido y comienzo a tomar conciencia de lo inútil de toda lucha”. Aunque también es justo reconocer que su visión humanista se encontraba bastante cercana a la de Michel de Montaigne. Pues, en el fondo, lo que deseaba era abrir la mente del lector. Hacerle tomar conciencia de la necesidad de construir sociedades que, como testimonia la fascinante escena final del libro, incluyan a esos “otros”, los marcianos, que somos nosotros también.

Como buen norteamericano, Bradbury poseía un espíritu desacralizador. Y para transmitir sus inquietudes, practicó muchas veces el pastiche. Construyó mundos imaginarios con un caparazón, un tejido de plástico que mantenía seguro al espectador. Por ejemplo, la ironía de sus cuentos tensaba la narración sin llegar a hacerla inestable del todo. Una característica que lo diferenciaría de Kurt Vonnegut, Thomas Pynchon, William Gaddis y un gran número de escritores norteamericanos posteriores a él, cuyos libros pueden ser leídos como un espeluznante testimonio sobre lo que supone no haber puesto en pie en Marte ni en el espacio exterior. La absoluta paranoia y esquizofrenia a la que conduce este hecho al ser humano. Incapaz de aceptar que la exploración de territorios desconocidos puede haber concluido o que, de proseguir, tardará bastante en producirse con una mínima regularidad.

En fin, se comprenderá por todo lo dicho, que Crónicas marcianas se haya convertido en un icono. Un referente del, utilizando la afortunada expresión de Fernández Porta, after-pop. Es posible rastrear la influencia del libro en la manera de afrontar la música de grupos como Devo, The Flaming Lips o The Residents y en la obra de iconos del pintura pop como Lynchenstein o Warhol. Y de hecho, me atrevería a sugerir que Crónicas marcianas se encuentra tan cerca del museo o el escaparate que de la biblioteca. Es una caja envuelta en papel de regalo que  funda un nuevo tipo de realismo y desmonta los delirios del capitalismo a través de un lenguaje que intenta ir más allá de los sueños. Y es lógico, por tanto, que enamorara a Jorge Luis Borges. A quien confío que no sea necesario citar para que cualquiera de los que hayan leído este texto y no hayan hecho lo propio con el libro de Bradbury, abran sus páginas y experimenten lo que es vivir en un futuro pop y alternativo Ser humano sin dejar de ser marciano por siempre y jamás. Shalam.

إِذَا صَمَتَ المَجْنُونُ عُدَّ عَاقِلاً

Hay hombres que hablan como los perros ladran y los gatos maullan

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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