Dadas las circunstancias

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Leí hace unos meses en una entrevista realizada a Paco Inclán que uno de sus libros de referencia era El antropólogo inocente de Barley Nigel. Se agradece este dato porque el divertido texto del autor inglés permite profundizar más en la particular óptica y humor del escritor valenciano. Es habitual (y pertinente) mencionar a José Luis Cuerda y otros creadores de este cariz al citar algunos de los referentes de sus tres colecciones de cuentos. Pero si he de ser sincero, siempre me había parecido que faltaba alguna pieza para completar el puzzle de su escritura cuyo trasfondo vislumbro con mucha mayor claridad con el nombre de Nigel al fondo.

Estos días estuve leyendo con mucho interés El antropólogo inocente (libro recomendable al cien por cien) y su inicio me retrotrajo a mi lectura de aquel sutil y suculento cuento, Los otros Assange, que transcurría en una sala burocrática con el que comenzaba Tantas mentiras.

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En realidad, Nigel es casi el opuesto a Bruce Chatwin. En Chatwin, todo es aventura. Rapto. En Nigel, papeleo y trámites. En Chatwin, una lanza es casi un arma mitológica. Una cantimplora, un objeto lleno de tierra, alguna pepita de oro y un poco de agua destinado a salvar la vida de un aventurero en medio de parajes inhóspitos. Y una choza, la puerta abierta de un mundo perdido. En Chatwin todo se sobredimensiona. En Nigel, sin embargo, todo se relativiza y empequeñece. Una lanza, por ejemplo, es un palo de madera con el que alguien se tropieza. Una cantimplora es un objeto que los exploradores llevan colgado al cuello para significarse pero nadie usa porque o bien el agua de los ríos es potable o bien algún portador se encarga de transportar sobre sus hombros cajas repletas de refrescos espumosos. Y las chozas muchas veces huelen mal y tienden a caerse o a humedecerse cuando llueve.

Creo que eso también es lo que ocurre con los cuentos de Paco Inclán si los comparamos con muchos de sus contemporáneos. Que donde la mayoría intentan aumentar el misterio, él lo reduce. Donde casi todos perciben caos, él encuentra alquien con quien conversar. Sus viajes no son odiseas ni exploraciones míticas sino paseos. Una parte más de la vida. Casi un café. Motivo por el que entiendo que nos describe los lugares que visita con la misma pasmosa tranquilidad con la que lo haría de tener que describirnos su vecindario y por el que se fija obstinadamente en los pequeños detalles de la existencia cotidiana y no en el tantas veces engañoso ambiente político de la sociedad.

Percibo que son esas mismas razones las que explican que cuando se ocupa del hierático pasado histórico, lo haga sin ninguna reverencia. Consciente de que la historia es un género literario que el presente moldea constantemente y, por tanto, no cesa de fluir y evidenciar a la historiadores.

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Recuerdo perfectamente que me pareció un error la brevedad de aquel primer cuento de Todas mentiras. ¿Por qué? Porque era tan divertido y estaba tan bien expuesta la delirante situación allí narrada (a la que podría aplicársele el adjetivo de kafkiana de no ser porque frente a la realidad burocrática hispanoamericana cualquier libro del escritor checo palidece hasta casi parecer infantil) que daba para exprimirla más. Mucho más. Sin embargo, con el paso del tiempo, creo que lo pensé un fallo, en realidad, era una virtud. Menos es más. Creo que esa es una máxima convertida en característica y regla del decálogo de cuentista de Inclán.

Quiero aclarar que no estoy en absoluto de acuerdo con aquella frase de Borges en la que sostenía algo parecido a que una novela es un cuento innecesariamente alargado. Como la mayoría de las que dijo, me parece una inteligente boutade que venía a poner de manifiesto la exactitud y enorme condensación de sus relatos breves. Si he de ser sincero, amo casi todas las míticas sentencias del carismático escritor argentino. Básicamente, porque no me las suelo tomar en serio. Las considero un género literario en sí mismo. Otra bifurcación de su literatura. Lo que no es obstáculo para que no crea que, en muchos casos, contienen una gran verdad. Esta en concreto la tiene pues expone una realidad: el hecho de que existan innumerables novelas que comenzaron por breves anécdotas. Estaban destinadas a no tener más de seis o siete páginas, pero el escritor se gustó tanto a sí mismo que terminó amplificándolas ad absurdum.

Pues bien, Paco Inclán es un escritor que se ajusta perfectamente a lo que, casi por piedad metafísica, Borges solicitaba: brevedad. De hecho, a veces me da la impresión de que siempre corta un poco más de lo que debería. Algo que no es un reproche sino un elogio. Porque ese método hace que, aunque aparentemente no tenga nada que ver en este entierro, piense de tanto en tanto en Carver cuando lo leo. Y que me quede con ganas de más cuando termino uno de sus libros.

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Yo creo que lo que menos me importa de los cuento de Paco Inclán es lo que ocurre en ellos. Bueno, no exactamente. El argumento obviamente posee una importancia fundamental. Pero casi lo que más me interesa es por qué esos personajes actúan como lo hacen, se encuentran en uno u otro lugar y han tomado el rumbo actual de su vida: ¿Por qué la vida es cómo es?

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Esta última reflexión la uno con otra entrevista de Paco Inclán en la que dice que necesita pisar, recorrer, infiltrarse en los lugares que aparecen en sus cuentos. Creo que eso es algo que se percibe claramente. Que el escritor ha bebido, sudado y reído en los sitios que describe.

Se puede escribir un texto con ciertos visos realistas centrado en una ciudad sin haber estado en ella que puede ser excelente. Por supuesto que sí. Pero será excelente en cuanto a estructura narrativa y técnica. No en otros aspectos que sí que se sienten a lo largo de todos los cuentos del escritor valenciano. Me refiero a una música de fondo. A un ritmo interno que permite vislumbrar todo un cúmulo de vivencias y personajes que no aparecen ni en primer plano ni en segundo ni en tercero (sencillamente, no aparecen) pero forman parte del texto. Sin ellos, el cuento no existiría. O más bien, no transpiraría. No convencería. Sería más un artificio mental que vital.

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Hallo esta frase en El antropólogo inocente que entiendo que (obviamente, en otro contexto) podría perfectamente aparecer en cualquiera de los cuentos de Inclán: «La cerveza ejerce una especial fascinación sobre los dowayos, que son asiduos clientes de las fábricas productoras de la marca «33», creada por la anterior administración francesa. Su peculiaridad reside en que le permite a uno pasar directamente de la sobriedad a la resaca, saltándose la fase intermedia de ebriedad».

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«Viaje al país del esperanto» me parece un buen ejemplo de lo que dije anteriormente. Si Roberto Bolaño se hubiera ocupado de un tema parecido, habría puesto el foco en todos los personajes con los que se relaciona el narrador, (muchos serían míseros y egoístas) y no tanto en la historia del esperanto. Hubiera apretado las tuercas grotescas del relato hasta el límite. Y probablemente, habría escrito alguna que otra escena de sexo protagonizada por catedráticos especializados en una u otra variante de esta lengua. Nada de eso -o casi nada- ocurre en el relato de Inclán. Y es así precisamente como pone de relieve la soledad y el absurdo.

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La mayoría de personas, al contemplar esta fotografía, se fijarían en el carro azul. Creo que Paco Inclán lo haría en la escalera del fondo: qué hay allí y adónde da. La historia del primer o el último propietario del lugar podría aparecer en uno de sus cuentos y, de no hacerlo, se la sentiría presente en cualquiera de ellos. Yo, por ejemplo, puedo escucharla perfectamente a lo largo de los ingeniosos textos dedicados a Cuba en Dadas las circunstancias.

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En los relatos de Paco Inclán el absurdo no es únicamente absurdo. Es un absurdo encantador. Simpático, irresistible y también irremediable. Terrible, sí, pero también amable.

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No puedo evitar sonreírme imaginando del cuento que saldría en caso de que a Paco Inclán le diera por averiguar algún suceso de la vida de Chesterton.

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Algo parecido a lo ocurrido con la fotografía  del carro azul cubano, puedo imaginar en caso de entrar Paco Inclán a una librería. Lo vislumbro mirando las novedades con parsimonia y la sección de libros antiguos con ansiedad. Pero satisfecho realmente tan sólo lo percibo de tener en sus manos un viejo volumen casi descatalogado de otro siglo. Uno de esos que luego alguien cita como por casualidad en cualquiera de sus cuentos.

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Hay escritores que se pelean contra el mundo y otros contra su máquina de escribir. Algunos contra la inteligencia y otros con los críticos. Creo que Paco Inclán es de los que se pelean constantemente con la realidad. Puedo percibir que ha habido un trabajo no sólo lingüístico para elaborar estos cuentos. Un combate de boxeo con sus experiencias. Por eso sus cuentos no son narraciones al uso. Son más bien, retales. Pasajes. Apurando más aún, anécdotas. Estampas vitales. Ha golpeado tanto para hacerlos que, finalmente, sólo queda la savia. El jugo. Lo demás es sudor de escritor. Biografía. Se queda en casa.

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Tras terminar Dadas las circunstancias, dan ganas de pagarle una Beca al autor para que se lance a unos cuantos países más y vuelva con unas cuantas historias. Aunque, realmente, más aún de leer algún ensayo suyo. Entiendo que al autor ni se le habrá ocurrido, pero creo que un breve artículo a su nombre sobre cualquier tema sería bastante interesante. Aunque ahora que lo pienso tal vez no sea necesario. En eso no sólo ha aprendido la lección de Nigel. También la de Sergio Pitol. Porque varios de sus retales narrativos sirven tanto de cuento literario como de reflexión ensayística; hacen sonreír pero también entristecen. Un poco como la vida misma o esos solitarios malecones que reinan orgullosos en las fronteras marítimas de las ciudades transitadas y llenas de ruidos y olores del Caribe. Shalam

المجنون هو الشخص الذي فقد كل شيء ، كل شيء ما عدا السبب

Loco es el que lo ha perdido todo, todo, menos la razón

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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