Debajo de los días

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Debajo de los días es un poemario maduro alejado de las modas y muy centrado. La mayoría de poetas jóvenes son parricidas. Desean crear la lengua de nuevo. Inventársela sin contar con la tradición. En cierto sentido, sí, los poetas nuevos creen que pueden lograr esta hazaña y probablemente es positivo (y necesario) que lo crean por más que la vida acabará golpeándolos hasta ponerlos en su verdadero sitio. Pero cuando un poeta deja de ser joven y la verdad desagradable asoma, lo habitual es que ya no le importe tanto derruir o transforrmar el lenguaje como decir a secas su verdad. Este es el caso -me parece- de Ángel Paniagua. Un escritor que desde el primer poema de Debajo de los días deja claro que no viene a cambiar nada y que el tiempo de las ilusiones, carcajadas, sables, puñales y vanos elogios ya quedó atrás. Por lo que expresa con rotundidad pero sin tremendismo las amarguras, desdichas (y ciertos momentos felices) experimentados durante su vida.

En cualquier caso, lo importante aquí es la forma en que lo hace. La música que hay detrás de cada una de sus composiciones. Porque Paniagua compone poemas que poseen una melodía interna que los enlaza con el resto de la tradición poética. Con versos urdidos hace siglos cuyos ecos resuenan sutilmente en los del escritor extremeño logrando que la experiencia que nos narre -por leve que sea- trascienda. Con Paniagua no escuchamos pop ni rock. No vemos aparecer entre la niebla al fantasma de Jim Morrison ni sentimos el roce del agua de las piscinas y ríos descritos en los cánticos de Radio Futura. No importa, de hecho, que lo que la voz poética nos cuente ocurra en medio de una discoteca o un bar porque sus versos siempre permiten escuchar a otros poetas renacentistas y barrocos. A otros poemas de desamor medievales, románticos y modernos. Y a esos escritores cuyo nombre conocemos todos (Juan Gil Albert, Francisco Brines) que forman parte del canon de la lírica española del siglo XX. Aunque, ante todo, había tres poetas cuyo nombre tenía en mente conforme leía el libro: Kavafis, Jaime Gil de Biedna y Eloy Sánchez Rosillo.

Debajo de los días es casi una salutación de Ángel a la muerte. Creo que desde que era joven ya se percibían en sus versos continuos coqueteos y guiños a los grandes temas de la literatura y muy concretamente al ocaso, la decadencia y la vejez. No es que el joven poeta Paniagua estuviera contenido en el maduro sino que el escritor extremeño parecía desear alcanzar la madurez antes de tiempo. Y escribía cuando tenía 20 años como lo hacen los escritores de 40. Algo que, en su momento, dotaba de cierta impostura a sus ambiciosos, notables y muy meritorios versos pero, en este caso, puesto que el tiempo ya ha transcurrido, los imbuye de naturalidad y serenidad. Existe, de hecho, cierto estoicisimo heroico en muchos de ellos porque, en gran medida, son un testimonio de aceptación de los desengaños y pesares de la vida que, desde luego, está muy lejos del pataleo y la protesta feroz. Por ello considero el poemario entero como una especie de “Tempus fugit erótico”. Una mirada valiente y serena (y también salvaje y áspera) a aquello que fuimos instantes antes del ocaso. En realidad, en Debajo de los días no hay premura. Existe una lúcida comprensión de nuestra naturaleza. De hecho, no es un libro perfecto sino humano. Es una mirada directa a los ojos del fracaso que -insisto- no evade sino que acepta el dolor.

Ciertamente, cuando yo leo poesía, acostumbro a leer los poemas dos veces. La primera para familiarizarme con ellos (el estilo e impulso del escritor) y la segunda para comprenderlos. No ha sido este el caso porque Paniagua escribe con soltura y sencillez. Por lo que los he vuelto a leer para deleitarme con ellos. Un gran mérito teniendo en cuenta los tiempos que corren. Tiempos de prisa y brevedad llenos de voces que piden a gritos ser oídas pero no tienen la paciencia de escuchar hablar a la poesía. Esa melodía secreta y eterna, oscura y furtiva, que produce tanto placer como pesadumbre aprender a interpretar. Shalam

حَيْثُ لاَ تَكُونُ شَرِيعَةٌ لاَ تَكُونُ مَعْصِيَةٌ

Donde no hay ley, no hay dinero

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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