El francés y el cowboy

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Alexis Henri de Tocqueville es conocido, sobre todo, por su monumental La democracia en América pero ha dejado otros libros sumamente valiosos que ayudan a vislumbrar el camino que recorrió para realizar su texto esencial. Uno de ellos es Quince días en el desierto americano. Un relato breve y fascinante donde queda claro que, además de un sobresaliente pensador, era un excelente escritor. Su capacidad de condensar el lenguaje y extraer jugo de cada anécdota es enorme. Y también la claridad con la que expone sus ideas. Hay muchos pasajes (en realidad, casi todos los del libro) que destacaría. No obstante, quisiera dejar a continuación varios en los que describe agudamente a la sociedad norteamericana porque creo que en ellos es posible encontrar el germen (aún en agraz) de nuestro mundo globalizado.

La cita, sí, es larga pero ciertamente merece la pena por reveladora. Puesto que permite vislumbrar con claridad el origen de esas sociedades posmodernas en las que el arraigo histórico y la identidad son en parte invalidados y la fusión virtual de todos los tiempos y culturas parece hacerse posible momentáneamente.

Ahí la dejo: “En Norteamérica, aun más que en Europa, hay una sola sociedad. Puede ser rica o pobre, humilde o distinguida, comerciante o agrícola, pero se compone siempre de los mismos elementos. Sobre ella ha pasado un mismo nivel de  civilización. El hombre que usted ha visto en las calles de Nueva York, podrá hallarlo en medio de las soledades casi impenetrables: misma ropa, mismo espíritu, misma lengua, mismas costumbres, mismos placeres. Ningún elemento rústico o ingenuo, nada que evoque el desierto, nada que se parezca siquiera a nuestros pueblos. (…) En Europa, cada cual vive y muere en la tierra que lo ha visto nacer, pero en ningún lugar de Norteamérica podrán encontrarse representantes de una raza desarrollada en la soledad del desierto después de haber vivido en él durante mucho tiempo, ignorada por el mundo y librada a sus propios esfuerzos. Aquellos que viven en sitios aislados, se han instalado allí en época muy reciente. Llegaron junto con las costumbres, las ideas, los hábitos, las necesidades de la civilización. Sólo entregan a la vida salvaje aquello que la imperiosa naturaleza de las cosas les exige. De ahí los contrastes más extraños. Se pasa sin transición de un desierto a la calle de una ciudad, de las escenas más salvajes a los cuadros más risueños de la vida civilizada. Si la noche, al sorprenderlo en el campo, no lo obliga a guarecerse al pie de un árbol, es muy probable que llegue a un pequeño pueblo donde podrá encontrar de todo, hasta moda francesa y caricaturas de boulevards.

El comerciante de Buffalo o de Detroit está tan bien abastecido como el de Nueva York. Las fábricas de Lyon trabajan tanto para uno como para el otro. Si se aleja de las grandes rutas y se adentra por senderos apenas trazados, llegará a un campo desbrozado, una cabaña construida con troncos mal escuadrados, donde una luz escasa entra por una estrechísima ventana. Creerá entonces haber llegado a la morada del campesino norteamericano. Error. Penetre en esa morada, semejante al asilo de todas las miserias, y descubrirá que el dueño del lugar está vestido con las mismas ropas que usted, y que habla el lenguaje de las ciudades; sobre su mesa podrá observar libros y diarios; él mismo querrá llevarlo aparte para informarse acerca de lo que está pasando en la vieja Europa y preguntarle qué es aquello que más le ha llamado la atención de su país. Sobre un papel, trazará un plan de campaña para Polonia, y le enseñará gravemente aquello que aún resta por hacer en pos de la prosperidad de Francia. Tendrá la impresión de estar frente a un rico propietario temporalmente instalado -un par de noches apenas- en un coto de caza. Y, en los hechos, para el norteamericano la cabaña de madera no es sino un refugio transitorio, una concesión temporal impuesta por las circunstancias. Cuando los campos que la rodean estén totalmente conectados entre sí, y el nuevo propietario pueda ocuparse libremente de las cosas agradables de la vida, una casa más espaciosa y adecuada a sus hábitos reemplazará la log house y servirá de refugio a sus numerosos hijos, que algún día también habrán de fundar su morada en el desierto”. Shalam

يمكن أن تحرمنا الثروة من الثروة ولكن ليس من العقل

La fortuna puede privarnos de riqueza pero no de ánimo

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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