Naufragio pirata
No he escrito un poema en mi vida ni creo que me decida a escribirlo jamás puesto que no me siento en absoluto cómodo en este género. Pero el...
A mi entender, las autobiografías se dividen en dos grupos: aquellas en las que el escritor oculta datos relevantes, se cuida y antepone la visión que desea ofrecer de sí mismo a la verdad y aquellas otras en las que lo cuenta todo. Muestra el lunar o la verruga, los pies sucios y la bolsa de la ropa usada sin importarle parecer estúpido, ridículo o un egoísta infame. Básicamente, porque tiene demasiado respeto a sus lectores y probablemente, también a sí mismo, como para engañarlos o no tiene nada, absolutamente nada que perder.
Yo soy Édichka es, aparentemente, un recuento de amoríos y encuentros sexuales. El relato de un desvirgamiento homosexual y un amor incontrolable e idealizado hacia una modelo que termina prácticamente convertida en puta de lujo. Pero, en realidad, todos esos incontrolable polvos excelentemente descritos no son más que arsenal narrativo en combustión. Porque el libro es, ante todo, un retrato feroz de la decadencia occidental. La necesidad de vivir para destruirlo todo. Una radiografía precisa de la disolución cultural y familiar. Un lienzo en negro que muestra sin anestesia y con absoluta claridad, la progresiva descomposición del espíritu ruso.
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