Édichka

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Soy yo, Édichka es un libro visceral, corrosivo y, sobre todo, divertido. Una golosa acumulación de páginas que saben a derrota y mugre. Anarquía eterna, sinrazón y esperma mal utilizado. Derramado en las vaginas y culos equivocados. Una ruta sucia por Nueva York que mezcla con espontaneidad punk y ramalazos nihilistas, el goce con la desesperación. El placer y el hastío. Las ganas de vivir con las de destrozarlo todo. Pega balazos al cielo con cada frase construyendo sin casi pretenderlo, un lúcido fresco sobre la superficialidad del mundo del arte, las trampas escondidas en las ideologías (muertas), la destrucción y apoteosis económica y el desquiciado sexo libre. Cómo la libertad sexual acabó con la de amar.

A mi entender, las autobiografías se dividen en dos grupos: aquellas en que el escritor oculta datos relevantes (o intrascendentes), sucesos, fechas, se cuida y superpone la visión que desea ofrecer de sí mismo encima de la verdad, y aquellas otras, en que lo cuenta todo. Muestra el lunar o la verruga. Los pies sucios y la bolsa de la ropa usada. Sin importarle parecer estúpido, ridículo o un egoísta infame. Básicamente, porque tiene demasiado respeto a sus lectores y probablemente a sí mismo, como para engañarlos. O no tiene nada, absolutamente nada que perder. Obviamente, el libro de Limónov es de las segundas. Una confesión a medio camino entre un lúcido ensayo y un desahogo. Un vómito y una reflexión estoica. Un coito rápido en los lavabos y una meditación budista. Porque Limónov es inclasificable. O mejor dicho,  -mucho mejor dicho- infatigable. A pesar de ser humillado, encontrarse empobrecido, vejado y expatriado siempre encuentra la forma de salir adelante. De no borrar la sonrisa. Continuar con optimismo hacia delante con una fe casi obscena, adolescente y absolutamente terrorista, teniendo en cuenta la sociedad, la norteamericana, desde la que narra sus constantes desvaríos y frustraciones, y el escaso respeto que profesan allí a los perdedores. Algo que a Limónov desde luego que no parece importarle. Le sirve para otear decadencia del mundo actual. Oler de cerca la mierda que desprende el capitalismo. E intentar darse prisa para follar cuanto más pueda antes del fin.

A Soy yo, Édichka, únicamente le falta un escupitajo del bohemio ruso, camuflado entre sus páginas, para ser perfecto. O tal vez que al abrirlo, sonaran algunos de los temas musicales que más se escuchaban cuando vivía en el sucio Nueva York previo a la era Reegan. Porque es un texto adictivo. Montones de frases acumuladas unas junto a otras que parecen testículos, montañas de piel acumulando semen, guitarrazos o bañadores baratos en piscinas de lujo. Las memorias del subsuelo del ocaso comunista. Una visión prematura de la Perestroika más de una década antes de que este acontecimiento histórico tuviera lugar. Una canción de Ramones fusionada con la letra política de una de The Clash, escuchada incesantemente en un garaje cerrado por varios adolescentes. Guerrilla subversiva e irrespetuosa. Una mezcla entre un vodka de alta graduación y una bebida energética. Delincuencia libertaria. Y, sobre todo, un testimonio veraz sobre “la voluntad de vivir”. Porque si algo destaca en el texto, es la energía que transmite. El chorro de aire que introduce en los intestinos del lector. Algo que entiendo que diferencia estos extravíos callejeros repletos de sexo y alcohol, de los de un Bukowsky. Pues, al fin y al cabo, el harapiento norteamericano componía textos que eran heridas. Grietas en el hígado. Poemas de una tristeza y sordidez que su sentido del humor en vez de opacar, acrecentaba. Eran la voz quebrada, vieja ya, de un hombre empobrecido. Roto. Que follaba casi llorando. Como un saxofón arrojado al suelo. Y al contrario, los textos de Limónov son un cántico a la resistencia. Un “no me vencerán” pronunciado en voz alta y fuerte. Alocamiento perpetuo y fe adolescente. Hormonas incontrolables que dan como resultado un torbellino de palabras. Hedonismo recubierto de odio político visceral. Ingenuidad asesina. Y una lucidez a medio camino de lo temerario, lo ridículo y lo visionario. Arthur Rimbaud metido a chapero de la construcción. O humorista en una revista porno. En fin, una sobredosis de realidad y malas experiencias, aguantadas con el ánimo de un boxeador y por el deseo de destruir los rascacielos. Poner una bomba en la jaula psicoanalítica actual. Y matar no tanto al padre sino al listo que guarda el dinero de medio mundo en sus bolsillos. Sea quien sea y cueste lo que cueste.

Yo soy Édichka es aparentemente un recuento de amoríos y encuentros sexuales. El relato de un desvirgamiento homosexual y un amor incontrolable e idealizado hacia una modelo que termina prácticamente convertida en puta de lujo. Pero, en realidad, todos esos incontrolable polvos excelentemente descritos no son más que arsenal narrativo en combustión. La mecha de una bomba que nunca estallará. Porque el libro es ante todo, un retrato feroz de la decadencia occidental. La necesidad de vivir para destruirlo todo. Una radiografía precisa de la disolución cultural y familiar. Y un lienzo en negro que muestra sin anestesia y con absoluta claridad, la progresiva descomposición del alma rusa. El extravío de su espíritu y su desorientación que décadas después, permitirían el arrivo al gobierno de Putin. Otro de esos enemigos de un hombre, Limónov, que si ha dignificado la profesión de escritor, ha sido precisamente por su lucha a muerte contra el poder. Vivir cada día como si fuera el último y escribir cada frase como si el lápiz se estuviera introduciendo en la vagina de una de sus amantes o en el culo de alguno de los hombres que se folló. Convirtiéndose tanto en un agitador cultural como corporal. Un camión literario transportando montañas de metáforas y semen eslavo. Shalam

 اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

 El bosque sería un lugar triste si únicamente se escuchara el canto de los pájaros

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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