El amor

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La escritura de Marguerite Duras me parece transgresora no tanto por su erotismo o rebeldía sino porque ahonda en la soledad de manera salvaje. Duras no bordea los límites de la soledad sino que los traspasa. Y por ello creo que la soledad es el tema fundamental de toda su literatura. No importa que los hombres y mujeres de sus novelas realicen coitos interminables, caminen juntos de la mano por un acantilado o hagan excursiones al campo rodeados de gente porque ellos siempre están solos. Creo que incluso más solos que los personajes de los textos de Albert Camus y Jean Paul Sartre. Motivo por el que siempre que termino de leer cualquier libro de la escritora francesa, siento un intenso malestar. Casi angustia.

Creo que Duras era un poco sádica. Todos los libros suyos que he leído me han hecho daño. La escritora ha agujereado mi corazón sin necesidad de describir perversiones en sus ficciones. Tan sólo con el ritmo de su prosa. Una prosa más cruel -aunque aparente lo contrario- que la de muchos lobos malditos de la literatura. Y, sobre todo, -repito- extremadamente solitaria.

Los textos de Duras son dolorosos. Son coños heridos. Cajas repletas de sufrimiento y desprecio. Yo al menos nunca he experimentado paz al terminarlos. Tan sólo el vacío. Duras era un poco misántropa. Percibo al leerla su desprecio hacia el género humano y su romance de tintes diabólicos con la literatura. Creo que ella disfrutaba escribiendo. Escribir le daba tanto placer como el sexo carnal pero no guardaba excesiva fidelidad a los libros que hacía. Era esquiva con todos los que le rodeaban. Conquistaba con su desprecio e indiferencia y por eso las frases de sus textos son látigos, cánticos desesperados y escépticos. Muestras de desconfianza.

Duras fue una escritora mayor. Una artista que no invitaba al suicidio sino a perpetuar el sufrimiento. Todos sus libros me han devuelto siempre la misma imagen: una habitación oscura donde era imposible que la persona allí encerrada pudiera comunicarse con nadie. Sus novelas parecen haber sido escritas en pleno proceso de ruptura de una relación amorosa pues son capaces de captar lo que se siente durante una separación: la indefensión, el sinsentido y un silencio mortuorio y pesado. Duras describía con levedad demoníaca y oscura el sufrimiento y por eso su escritura provoca constantemente miedo y vértigo. Era un negro y afilado cristal.

Duras era una escritora que lograba hacer olvidar el amor. Probablemente, porque lo consideraba un desgaste. Un desperdicio que sólo tenía sentido degustar porque su absoluta inutilidad lo convertía en perverso. Para Duras, el amor no existía pero sí el sexo. Una profunda manifestación de soledad en el fondo. Pues incluso en medio de una orgía o un trío siempre practicamos sexo en solitario.

Duras era una carcajada mística sobre las relaciones modernas de pareja. Odiaba las convenciones sociales tanto en el arte como en el amor. Prefería insultar y luego penetrar que halagar. Pensar en el ocaso de una relación que en su posible duración.

Marguerite Duras era una condesa negra. Un hada perversa que se orinaba en la cultura y no necesitaba ni de grandes adjetivos, gestos estentóreos o declaraciones imberbes para incinerarla. Eso sí, todo lo que hacía le gustaba hacerlo sola. Sin nadie que contemplara su sufrimiento, se riera con sus quejas o se lamentara de ellas.

A Duras no le interesaban los encuentros sexuales en una relación sino como preludio a “otro límite”. Y tampoco le interesaban los sentimientos de la pareja porque Duras apuntaba justo a la conclusión. A ese momento en el que el alfiler se clava en las venas, el espíritu se desvanece y el deseo languidece. En cierto modo, la escritora contemplaba los cuerpos retorcerse de dolor sin satisfacción alguna ni tampoco lamentarlo. Con una soledad que -sólo de pensarlo- da miedo y asusta. Daña. Shalam

إِذَا عَمَّتِ الْمُصِيبَةُ هَانَتْ

Si dos elefantes luchan, la hierba sufre

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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