El carnicero

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Louis-Ferdinand Céline escribía frases con la crudeza con la que el carnicero corta carne. Fue un apátrida que urdía libros parecidos a rodajas de solomillo y trozos de lomo fresco y lo hacía sonriendo a sus futuros lectores mientras jugueteaba con la idea de cortarse la mano de un tajo.

Céline no era un escritor sofisticado. No se masturbaba en los castillos o los frondosos bosques sino en rincones solitarios y sórdidos. Por ejemplo, en el cuarto de baño de un mercado. Porque era un místico de la suciedad y lo cotidiano. El escritor de la cirrosis, las cicatrices y las llagas. Céline estaba más loco posiblemente que Antonin Artaud porque no creía en nada. Ni tan siquiera en sí mismo o su talento. De hecho, existía cierta despreocupación en su escritura. Un descuido estilístico mezclado con orgullo que, no obstante, le confería rebeldía.

Los libros de Céline son tan crueles que parece un escritor que no hubiera tenido infancia. Que hubiera nacido, vivido y muerto viejo sin esperanzas ni ilusión. De hecho, sus personajes son prácticamente lobos. Animales que rigen sus destinos al ritmo del  sexo y la vejez, la frustración y la cólera.

Céline no era un escritor maligno. Era más bien un mal escritor que consiguió transformar sus defectos en “marca” de estilo. En sus textos, el sexo es un escape y no un placer y la rabia y la frustración sentimientos cotidianos.

A Céline lo imagino respirando con dificultad. Lastrado por problemas pulmonares que no le permitían conciliar el sueño e influían decisivamente en su prosa hasta el punto de malformarla.

Céline era la muerte del jazz. La defunción de cualquier estilo musical. La imagen de una adolescente meando en la calle y la de un borracho cayendo derrumbado tras continuas ingestiones de opio y vodka. Su prosa sucia se imponía a cualquier sonido y deseo de armonía y era, por tanto, ideal para describir la sordidez de los barrios obreros y de esos bares llenos de mesas en los que nadie se hablaba y, de hacerlo, era para insultarse. Soltar un berrido a un perro y, a continuación, continuar bebiendo. Acumulando rencor y desdichas con afán perverso y obsesivo.

Las novelas de Céline, sí, son una partida de cartas en las que lo que menos importaba era ganar o perder. Porque de lo que se trataba era de asesinar el tiempo. Aniquilarlo. Bañarse en el tedio hasta la eternidad. Para Céline, el hombre lúcido era el muerto. Por lo que experiencias como cambiar de trabajo o viajar, por ejemplo, eran pura rutina. De hecho, agarrarse el pene o apretar bien fuerte un coño eran de las pocas actividades por las que alguien podía sentir que no merecía la pena suicidarse. Y el resto eran ociosidades. Veleidades burguesas. Distracciones de ese aburrimiento que para él no fue sólo el motor de su escritura sino también de su vida. Una existencia que por más peripecias y anécdotas que experimentase, terminaba siempre por precipitarse en el vacío. En la seca espera de la muerte.

Creo, no obstante, que la prosa de Céline se encuentra cargada de futuro porque no fue hecha para perdurar. Porque el escritor francés no deseaba la eternidad sino que la rechazaba. Sentía aversión hacia la trascendencia. Vivía en un presente que destruía la historia y se reía de cualquier deseo de inmortalidad. Probablemente porque no era un maldito. Alguien que buscara el infierno. Era un solitario cuyo mayor pasatiempo consistía en rascarse la nariz o el sobaco. Un perezoso que escribía bostezando, con evidente desgana y mala leche. Un funcionario cansado de estar vivo pero lo suficientemente cínico para no precipitar su adiós.

La prosa de Céline, sí, era el cuchillo de un suicida. Una manifestación feroz de odio al arte y a la vida. Y por ello, ningún lector puede aprender ninguna lección o ansiar convertirse en escritor leyéndolo. Al fin y al cabo, lo que el autor francés deseaba era llenar de tierra la escritura. Acabar con la filosofía. Construir una obra que demostrara que los escritores son basura, lluvia dorada de la burguesía, y la historia de la literatura, un terrible relato sobre la demencia humana. Una trivialidad sin importancia alguna destinada a olvidarse con el paso del tiempo. Shalam

 وعاد بِخُفّيْ حُنيْن

 El caballo conoce por la brida al que lo conduce

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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