El circo y la ópera

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Todos los jóvenes que se han soñado escritores han deseado ser en algún momento Julio Cortázar. Los textos del escritor argentino fueron durante décadas lo más parecido a un rito de pasaje para las nuevas generaciones de amantes de la literatura. Tal vez porque, de algún modo, fue un artista romántico. Un hombre libre con una relación mágica e instintiva con el lenguaje que no parecía el típico autor serio y pagado de sí mismo sino alguien cercano. Una mezcla entre un chamán y un músico. Más un viejo y entrañable amigo que un nombre consagrado. Alguien muy alejado de la Academia y de los círculos de poder que se había hecho respetar exclusivamente por su talento y por tanto, era foco de admiración de miles de personas que leían sus relatos con asombro y reverencia. Fascinados por la naturalidad con la que logró transformar los dogmas surrealistas en una fiesta y abrir grietas en el nihilismo contemporáneo. De hecho, su literatura es, en gran medida, un circo. Un concierto de Bebop. Una oda libertaria a la extrañeza y a lo invisible para todos los públicos capaz de popularizar, sintetizar y extender gran parte de los logros de las vanguardias artísticas del siglo XX.

Cortázar escribía con escombros y sombras. Como si el arte se hubiera iniciado con Picasso y Charlie Parker o no hubiera salido nunca de las cavernas. Sin términos medios. En realidad, es uno de los grandes escritores de textos fantasmagóricos del siglo XX. Su literatura era una mezcla sensual, movediza e insólita entre la novela gótica y los textos surrealistas. No necesitaba situar a sus personajes en castillos ni en desfiladeros y abismos para provocar la sensación de agobio. Vislumbraba espíritus en las calles, tranvías y kioscos, en medio del trasiego cotidiano, con enorme naturalidad. Como si su máquina de escribir fuera un güija y su mente una varita mágica.

El tiempo tal vez ha sido un poco cruel con Rayuela. Una novela que era antes que nada un desafío. Una inmensa apuesta lúdica que escondía en su interior una amplia reflexión sobre la naturaleza del artista y del exilio que abrió muchos caminos y se situó en el centro de las propuestas estéticas de su época a la que su vertiente experimental ha acabado perjudicando un tanto.

Cortázar no fue el mejor novelista. 62 modelo para armar y el Libro de Manuel lo demuestran. Textos llenos de buenas ideas a los que no obstante, les falta consistencia. Pero, desde luego, como breve ensayista fue realmente agudo. Y como cuentista, asombroso e inimitable. Absolutamente genial.

Cortázar era mucho más que un escritor fantástico. Gran parte de sus relatos, por ejemplo, parecían haber brotado del encuentro entre Lautreamont y La pantera rosa.  Eran un inusual y cómico cruce entre el arte callejero y el arte de salón. Entre el piano de Thelonious Monk, un graffiti, una sinfonía de Stravinsky y un lienzo de Marc Chagall. En cierto modo, sí, logró convertir el humor en un género serio y transformar la cultura en una fiesta. Una portada de disco incendiaria en la que los personajes retratados tomaban vida, salían del marco del cuadro y se ponían a hablar con toda naturalidad con escritor, espectadores y seres humanos procedentes de otros tiempos y lugares.

En realidad, fue un escritor-mago. Hacía espiritismo con las palabras. Descubría mundos insólitos no antes de escribir o en base a un plan previo sino conforme urdía sus historias. Cortázar no buscaba. Encontraba. Era en cierto sentido, un pintor abstracto que, en contra de su voluntad, siempre perfilaba un retrato muy definido del monstruo que enfrentaba. En gran medida, era un vampiro. Se alimentaba del arte. Succionaba la sangre de los artistas muertos que reverenciaba y de los espíritus que encontraba en su camino para construir cuentos que eran exorcismos. Invocaciones. Un retrato de los “otros mundos” que evitaba caer en los peligros y tópicos de los relatos de terror pero que no obstante, penetraba y se deslizaba ampliamente por los territorios proscritos del “más allá” y del “más acá” y dialogaba de tú a tú con todo tipo de “presencias”.

Julio Cortázar fue tal vez junto a Buñuel, el autor que más y mejor popularizó las enseñanzas surrealistas. El que con más agudeza supo vislumbrar hacia dónde apuntaban André Breton y sus secuaces. Su vida fue un torbellino creativo. Un concierto de Erik Satie interpretado a unas cuantas revoluciones más de lo normal. Porque fue un hombre que no se conformó tan sólo con escribir o degustar el arte sino que quiso ser arte. Experimentar lo que es ser relato, novela, lienzo o canción. Algo que pagó al final de sus días cuando el peso de los años y la árida realidad consumista se impuso a sus ilusiones juveniles y desencantado, se dejó ir como una remota melodía infantil. Pero en cualquier caso, experimentó con total plenitud su existencia. Convirtió París en su estudio creativo. Un Tarot de Marsella ambulante. Y Argentina, en una influencia y recuerdo que dotó de furia y excentricidad una literatura viva y rabiosa como pocas, parecida a un peligroso e incisivo juego de azar. La exacta imagen de una cola de gato moviéndose en medio de un espejo lleno de agua negra. Shalam

مَنْ جَعَلَ بُؤْسًا كَأَذَى

Tan estúpido como aquel que compara una adversidad con una enfermedad

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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