El diploma

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Sugiere el budismo -y estoy de acuerdo- que todos los seres merecen ser felices. Que es necesario que comprendamos esta máxima para enriquecer nuestra vida. Pero yo soy de los que sostienen que algunas personas merecen (o merecieron) ser más felices que otras. Por ejemplo, Thomas Bernhard. Pues es impagable la satisfacción que su escritura me produce.

Por norma, he finalizado cada uno de los libros de la Trilogía del odio, leyendo una novela suya. Y con Puercos no iba a ser la excepción. De tanto en tanto voy ojeando pasajes de Extinción y me invade tal satisfacción, tal alegría, que sólo puedo agradecer y agradecer. Desearle la felicidad allí donde esté. Porque Bernhard no era sólo un descomunal novelista y un enorme poeta. Era un salvaje humorista. Un aniquilador de tristezas.

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En fin. Hay cientos de pasajes de Extinción que consiguen hacerme sonreír, pero pocos como este en concreto que dejo a continuación:

“Los hombres, según parece, se esfuerzan sólo mientras esperan estúpidos diplomas con los que triunfar en público; en cuanto tienen suficientes de esos estúpidos diplomas, se abandonan. En su mayoría sólo viven para conseguir diplomas y títulos, por ninguna otra razón y, una vez que, a su juicio, han logrado un número suficiente de diplomas y de títulos, se dejan caer sobre el blando lecho de esos diplomas y títulos. No tienen, al parecer, ningún otro fin en la vida. No tienen, según parece, ningún interés por tener una vida propia e independiente, sólo por esos diplomas y títulos, bajo los que la Humanidad corre desde hace ya siglos el riesgo de ahogarse. No persiguen en absoluto la independencia y la autonomía, ni su propio desarrollo natural, sino sólo esos diplomas y títulos, y serían capaces de morir en cualquier momento por esos diplomas y títulos, si se los entregaran y dieran sin condiciones, ésa es la verdad desnuda y deprimente. Aprecian tan poco la vida en sí que sólo ven los diplomas y títulos, nada más. Cuelgan esos diplomas y títulos en las paredes de sus pisos, en los pisos de los maestros carniceros y de los filósofos, de los pinches de cocina y de los abogados y jueces cuelgan los diplomas y títulos, y miran fijamente esos diplomas y títulos durante toda su vida con ojos ansiosos, que se les han quedado así de mirar continuamente con ansia esos diplomas y títulos. En el fondo, nunca dicen de sí mismos: soy este hombre o aquél, sino soy este título o aquél, soy este diploma o aquél. Y no se tratan con este hombre o aquél, sino sólo con este diploma o aquél y con este título o aquél. Por eso podemos decir sin más que, en la Humanidad, no son los hombres los que se relacionan entre sí, sino sólo los diplomas y títulos, los hombres son en la Humanidad, dicho sea toscamente, indiferentes, sólo son importantes los títulos y diplomas. Desde hace siglos no vemos hombres, sino sólo títulos y diplomas. No es al señor Huber a quien se encuentra en el café, sino al título de doctor Huber, no se va a comer con el señor Maier, sino con el ingeniero titulado del mismo nombre. Al parecer, sólo han alcanzado su objetivo cuando no son ya un hombre sino un ingeniero diplomado, cuando no son ya, como creen, sólo la señora Müller, sino la señora del Consejero del Tribunal. Y tampoco reciben en sus oficinas a una señorita, sino a un excelente diploma.

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Esa manía de los títulos y diplomas está difundida sin duda en toda Europa, pero ha alcanzado indudablemente en Alemania y, sobre todo, en Austria un grado tan monstruoso y grotesco que resulta agobiante. Hace poco le dije a Gambetti que los austríacos y los alemanes no valoran a los hombres sino sólo los títulos y diplomas, en efecto, llegan incluso a creer que no surge el hombre hasta el momento en que ha obtenido un título o recibido un diploma, antes no es hombre. Gambetti encontró esa afirmación mía demasiado crasa, la llamó exagerada, pero en el curso de nuestras lecciones le probaré aún que en absoluto exagero y que eso no ocurre sólo en Austria, como vuelvo a pensar precisamente, sino en toda Europa y, con el tiempo, con aterradora rapidez, ocurrirá también en el mundo entero. Pero esa manía de diplomas y títulos no es, naturalmente, una invención de este siglo, los hombres los han perseguido siempre. Como se valoraban a sí mismos demasiado poco, un día, hace ya siglos, se presentaron como diplomas y títulos para poder existir a sus propios ojos. Mi tío Georg decía muy a menudo: siempre que voy a Austria, creo, cuando me siento en el tren, que sólo van sentados títulos de catedrático y de doctor en el compartimento, no hombres, que sólo van por las calles hordas de diplomas, no jóvenes, sólo consejeros áulicos, no ancianos. Lo mismo que mi padre su diploma de estudios de la Escuela de la Madera, también mi hermano, su hijo Johannes, había colgado de la pared su diploma de estudios de la Escuela Forestal de Gmunden, sobre su escritorio y con un grueso marco, como si fuera un retablo. Consideraban la terminación de esos estudios suyos, sin duda necesarios pero sin embargo completamente ridículos, como la culminación de su vida. Y mis hermanas cloqueaban a cada instante la palabra bachillerato, sin que nadie les hubiera preguntado nada. El mundo entero padece la enfermedad de los diplomas y títulos, que imposibilita toda vida natural”. Shalam

اِسْأَلْ مُجَرِّباً وَلاَ تَسْأَلْ طَبِيباًَ

Nadie es realmente digno de envidia. De ahí la estupidez del envidioso.

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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