El efecto Piglia

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Hay algo que me resulta ciertamente fascinante de Ricardo Piglia. Siempre me interesa más lo que va a decir que lo que dice. Dicho de otro modo, tengo la impresión que lo que escribe me interesa porque lleva su firma y si estuviera firmado por otro, no le daría tanta importancia. Sin embargo, he de reconocer que me resulta adictivo. Creo que porque es un escritor pedante. Tan pedante como puede serlo un argentino de clase alta bien formado en la Universidad. Pero, al contrario que algunos de sus compatriotas, sabe lo pedante que es y se contiene. Es decir, suministra con cautela las dosis de erudición y enaltecimiento de su cultura. Lo que provoca un extraño vaivén en su escritura que la hace enormemente atractiva. Quién sabe incluso si el “efecto Piglia” radica precisamente en darle al lector dos o tres adjetivos menos de los que espera. Escribir ensayos y novelas en los que siempre falta “algo”. Trazar un discurso mucho más moderado de lo que el exceso de verborrea habitual, hacía prever.

Juan José Saer construye párrafos parecidos a nubes lingüísticas. Textos en los que se siente el sudor y esfuerzo de su hacedor. Saer retrata el vacío de la existencia acumulando materiales. Dando una importancia excesiva a los pequeños gestos. A cualquier conversación y movimiento. Piglia, por el contrario, es mucho más neutro. Utiliza el lenguaje como una máquina. No es romántico. Es casi un científico ilustrado. Su misión es dar equilibrio a la narración. Piglia siempre parece esconder algo de lo que sabe. Da la impresión de tener muchos más conocimientos de los que muestra. Algo que me hace leerlo siempre con interés. No tanto para saber lo que dice sino con la esperanza de averiguar qué es lo que no nos quiere decir. Shalam

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

Un hombre es feliz es quien no tiene tiempo de pensar en sus cosas

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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